El sabor a salitre y carne quemada de su visión seguía impregnado en la garganta de Kaelin, una costra amarga que no podía escupir. No era solo un sueño; era una agonía compartida a través de las corrientes invisibles de la magia elemental que la conectaba con cada molécula de agua del planeta.
No podía esperar al amanecer. Cada segundo que pasaba, el océano se volvía un poco más letal para los tritones, y el eco de sus gritos submarinos retumbaba en sus sienes como el sonido de una campana de bronce golpeada por la muerte. Sentía el hervor del mar en su propia sangre, una fiebre que amenazaba con evaporar su cordura.
Se puso en pie, con las piernas aún temblorosas por el remanente de la visión y se limpio las lágrimas del rostro.
El frío de la habitación de piedra no lograba apagar el incendio que corría por sus venas, no se molestó en buscar la seda blanca que la marcaba como una prisionera de lujo; en su lugar, buscó en el fondo del arcón algo con lo que pudiera cubrirse: unos pantalones de cuero ajustados y una camisa fina de lino que se pegaba a su piel todavía húmeda por la ducha fría. Su núcleo vibraba, un pulso rítmico bajo sus costillas que le señalaba el camino hacia las entrañas de la Ciudadela, donde la Segunda Estrella latía como un corazón herido en la oscuridad.
Salió de la habitación con el sigilo de una depredadora que ha olvidado lo que es la luz. La ceguera nasal de los guardias lobos era su mejor aliada; mientras no hiciera ruido, era apenas una ráfaga de viento entre los pasillos.
Sin embargo, sabía que con sus compañeros era distinto. El vínculo de pareja, aunque incipiente y negado, era una brújula biológica que los mantenía conectados en una frecuencia que el resto del mundo no podía escuchar.
Podía sentir el rastro de Júpiter como una presión pesada en su nuca, y el de Sebastián como un cosquilleo eléctrico en la base de su columna.
Bajó las escaleras de caracol, evitando las antorchas, el aire se volvía más denso a medida que descendía hacia las catacumbas, cargado de un olor a moho, hierro antiguo y el magnetismo estático de la estrella cautiva.
Pero antes de llegar al último peldaño, una voz arrastrada y peligrosamente seductora emergió de un nicho en la pared.
—¿Buscando un bocadillo de medianoche, loba? ¿O es que las imágenes que nos metiste en la cabeza no te dejan dormir sola?
Kaelin se giró de golpe, con el corazón martilleando contra sus costillas.
Sebastián estaba apoyado contra una columna de granito, con los brazos cruzados sobre su pecho desnudo.
No llevaba camisa, y el agua de su propia ducha todavía brillaba sobre el relieve de sus cicatrices y sus salvajes e intrincados tatuajes, bellos a la vista, que recorrían sus hombros y la línea del cuello—marcas de guerra que contaban historias de una violencia que ella apenas empezaba a comprender—.
Sus ojos de Lobo de Sangre no eran rojos , sino de un ámbar oscuro que parecía devorar la escasa luz del pasillo.
—Sebastián —susurró ella, intentando recuperar el aliento—. Solo vine… me he perdido, solamente intento volver.
El Lobo de Sangre se separó de la columna con la elegancia de un animal que ha encontrado su presa favorita. Se acercó a ella con pasos lentos, acortando la distancia hasta que Kaelin pudo oler de nuevo ese aroma a sándalo y sangre fresca que la volvía loca, un perfume que hablaba de bosques antiguos y masacres olvidadas.
—Eres una mentirosa terrible —le dijo.
Justo cuando Kaelin iba a replicar, él soltó algo que la descolocó—: ¿Siempre hueles así?...
Invadió su espacio personal hasta que sus pechos casi se rozaban, Kaelin podía sentir el calor irradiando del cuerpo del lobo, una invitación silenciosa al caos.
—A ozono, a cielo antes de la descarga de un rayo y a algo... que no es de este mundo, como si el tiempo no pudiera atraparte.
Sebastián bajó la cabeza, su nariz rozando la línea de la mandíbula de Kaelin, inhalando con una profundidad que la hizo estremecer. La humedad de su propia ropa parecía volverse un conductor eléctrico entre ambos.
—Dime, pequeña estrella... ¿Cómo huelo yo para ti? —preguntó él, su voz era una vibración baja que ella sentía en los huesos, disfrutaba del descaro de su propia naturaleza—. ¿Huelo a la muerte que tanto temes, o huelo a la única verdad que tu cuerpo está dispuesta a aceptar?, esa que me mostraste con tanta claridad...
Kaelin cerró los ojos, luchando contra el impulso de enterrar el rostro en su cuello y morder esa piel tatuada hasta marcarlo de vuelta, respiraba pesado y torpemente, ella lo quería cerca, más cerca,.muy cerca la humedad de su cuerpo le exigía esa cercanía.
—Hueles a peligro, Sebastián. Hueles… diferente —su voz se quebró, su cuerpo reaccionaba a la cercanía del lobo de una forma que la avergonzaba.
—¿Por qué no hueles a otro lobo? —insistió Sebastián, sus ojos escrutando cada rincón de su anatomía, deteniéndose en la transparencia de su camisa húmeda, en las variaciones de su voz que le provocaban una sonrisa ladeada, la dureza de su mismo cuerpo era señal de que disfrutaba verla así, sentirla cerca y descubrir todo de ella.
Kaelin desvió la pregunta, sintiendo que el aire se agotaba: —¿Por qué tu rastro es tan diferente al de Júpiter, si son gemelos?, intentó cambiar de tema.
—Porque soy el error de la naturaleza, Kaelin. El Lobo de Sangre es el recordatorio de lo que sucede cuando los dioses pierden el control —respondió él, su mirada volviéndose inquisitiva—. Sebastián quería saber más, y no le permitió la salida, — pero hablemos de tus errores, pequeña Estrella; Si Daemon te reclamó... todos vimos tu marca en su cuello, claro, antes de que se la arrancaras de un mordisco...Asombroso sin duda— Sebastián sonrió de lado, una expresión que oscilaba entre el orgullo sádico y la burla. — contesta a mi pregunta— ¿Por qué no te marco a ti?...