El sabor a salitre y carne quemada de su visión seguía impregnado en la garganta de Kaelin, una costra amarga que no podía escupir. No era solo un sueño; era una agonía compartida a través de las corrientes invisibles de la magia elemental que la conectaba con cada molécula de agua del planeta. No podía esperar al amanecer. Cada segundo que pasaba, el océano se volvía un poco más letal para los tritones, y el eco de sus gritos submarinos retumbaba en sus sienes como el sonido de una campana de bronce golpeada por la muerte. Sentía el hervor del mar en su propia sangre, una fiebre que amenazaba con evaporar su cordura. Se puso en pie, con las piernas aún temblorosas por el remanente de la visión y se limpio las lágrimas del rostro. El frío de la habitación de piedra no lograba apagar el

