El Hogar de las ninfas, que minutos antes parecía un paraíso de sanación eterna, se transformó en una olla de presión donde el aire mismo comenzó a vibrar con una frecuencia de pánico. Naia se detuvo en seco, con sus ojos azulados volviéndose grises como un mar antes de la tempestad. Sus manos, aún sumergidas en el agua que sostenía a Kaelin, temblaron, enviando ondas concéntricas que chocaban contra las paredes de la gruta. —Se acabó el tiempo —sentenció Naia, y su voz no fue un susurro, sino un mandato que resonó en las raíces del mundo—. El rastro de Dimitri ha cruzado la frontera del éter. La corrupción de Titania fue solo el primer paso; él viene por lo que queda de la portadora, y no lo hará con sutilezas. Está rastreando el rastro de la cuarta estrella como un sabueso que ha pr

