Capítulo 28: La Partición del Alma

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El grito de Kaelin no fue un sonido, fue una onda de choque que astilló los cristales de las alas de las hadas cercanas. En ese instante de agonía insoportable, donde la elección entre Júpiter y Sebastián significaba arrancar una mitad de su propio corazón, la cuarta estrella —el Alma— reaccionó a la paradoja. La realidad se rasgó con un sonido metálico y una luz cegadora, blanca y dorada, envolvió el claro. Ante los ojos desencajados de la Reina Titania y el asombro mudo de los Reyes encadenados, el cuerpo de Kaelin no se rompió; se multiplicó. De la luminiscencia emergió una figura colosal: Galatéa. Por primera vez, la loba elemental no era una presencia en la mente de Kaelin, sino una entidad de carne, hueso y luz estelar. Era una loba de proporciones divinas, con un pelaje blanco

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