La capital de los vampiros, Sangre de Ónice, no era una ciudad construida para ser habitada, sino para ser contemplada con miedo. Sus cimientos se hundían en una tierra saturada por siglos de ofrendas, y sus torres de obsidiana se alzaban hacia el cielo púrpura como colmillos negros que intentaban desgarrar el velo de la noche.
El aire mismo pesaba; estaba saturado con el aroma embriagador del incienso de jazmín nocturno, mirra y el inconfundible rastro metálico de la sangre fresca que corría por las fuentes de mármol de las plazas.
Aquí, el tiempo parecía detenido en una era de opulencia cruel, donde la muerte era solo una decoración más para los salones de la aristocracia eterna.
Gracias a los velos de ilusión de Elowen, el grupo había logrado cruzar las puertas de la ciudad sin ser detectado como una amenaza directa. El Rey Blanco había tejido un hechizo de transmutación visual que ocultaba el aura de los lobos bajo una pátina de frialdad cadavérica.
Kaelin vestía un atuendo de seda negra que parecía confeccionado con sombras líquidas. La tela se adhería a su cuerpo con una fidelidad escandalosa, revelando la silueta de la Mujer Alfa que ahora portaba dos universos en su interior.
Una máscara de plata fina ocultaba la mitad superior de su rostro, pero no podía esconder el brillo azul eléctrico que emanaba de sus pupilas ni la pulsación de sus venas estelares bajo la piel de su cuello.
A su espalda, Júpiter y Sebastián se movían como depredadores en un jardín de cristal. Vestidos con jubones de terciopelo oscuro y capas que ocultaban sus masivas complexiones, portaban máscaras de lobos dorados con expresiones de ferocidad congelada.
Sus presencias emanaban una amenaza tan densa que incluso los vampiros más antiguos se apartaban instintivamente a su paso, sintiendo que bajo esa fachada de seda latía una violencia que podría reducir la ciudad a escombros.
—Valerius no tiene la estrella —susurró Elowen, su voz apenas un hilo mientras se ocultaba tras una máscara de cristal—. Sus espías están operando en un estado de histeria contenida. Creen que la Tercera Estrella se ha manifestado en el territorio de las brujas, pero están disparando a ciegas.
—Entonces escucharemos —dijo Júpiter. Su voz profunda vibraba con una tensión que Kaelin sentía como una cuerda a punto de romperse a través del vínculo—.
Pero si uno de estos parásitos pone una mano sobre ella, o si su mirada se queda demasiado tiempo en su piel, Sangre de Ónice arderá antes de que salga la luna.
El salón de baile era un remolino de excesos. Cientos de invitados giraban bajo lámparas de araña hechas de huesos pulidos y diamantes de sangre.
En el centro, sobre un trono de marfil n***o, Valerius presidía el evento. Su mirada, aburrida y cargada de un cinismo milenario, recorrió la multitud hasta que se detuvo en la figura de la mujer enmascarada que acababa de entrar.
Valerius no necesitaba ver su rostro para saber quién era; su instinto de parásito reconoció el pulso de la luz pura que ella portaba y un tirón magnético que no comprendía del todo.
Sin decir una palabra, Valerius descendió de su estrado con la elegancia de una pantera herida. Se abrió paso entre sus invitados hasta quedar frente a Kaelin.
—¿Me concedes este baile, hermosa desconocida...? —la voz de Valerius era seda mezclada con veneno.
Kaelin sintió un tirón violento en su pecho. Júpiter y Sebastián se habían tensado a tal nivel que sus corazones latían al unísono. Pero Kaelin, con una frialdad que sorprendió incluso a Elowen, puso su mano sobre el brazo del vampiro.
—Solo una pieza —respondió ella.
El baile fue una exhibición de sensualidad descarada. Valerius la tomó por la cintura con una firmeza que rozaba el insulto, pegando el cuerpo de Kaelin al suyo mientras se movían al ritmo de una música fúnebre y lenta.
Las manos del vampiro bajaron peligrosamente por la seda de su espalda, mientras su aliento rozaba la oreja de Kaelin.
—Hueles a tormenta y a bosques que ya no existen —susurró Valerius—. ¿Quién eres en realidad? ¿Y qué haces en mi ciudad con dos lobos que huelen a celos y a una protección que asfixia?
A pocos metros, Sebastián estaba a un segundo de perder el control. Sus garras se habían extendido bajo los guantes de seda. —Voy a matarlo —siseó—. Voy a arrancarle los dedos uno por uno.
Júpiter, sin embargo, se mantenía como una estatua, aunque sus ojos brillaban con un ámbar salvaje. —Espera —ordenó—. Ella tiene el control; Lo está cazando.
En medio del salón, Kaelin inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello. Pero cuando Valerius se inclinó, creyendo que iba a probar su esencia, Kaelin cerró los ojos y liberó el torrente.
Usando la energía combinada de sus estrellas, forzó a Valerius a ver.
“Mira tu legado, traidor”, proyectó ella.
De repente, el lujo del salón desapareció para el vampiro. Valerius se encontró solo en una visión apocalíptica.
Vio Sangre de Ónice envuelta en llamas negras que consumían la materia misma. Vio a su gente marchitarse como hojas secas antes de poder gritar.
—La tercera estrella no es de tierra ni de agua —la voz de Kaelin resonó en la mente de Valerius—. Es la Estrella de Fuego y si yo no la consumo, tu mundo será el primero en arder en el frío absoluto de la oscuridad; Sin el fuego, el hielo de la muerte eterna los reclamará a todos.
Valerius tropezó en medio de la pista, rompiendo el paso de baile; Sus manos temblaban mientras la visión se desvanecía. Miró a Kaelin con un terror genuino ya no veía a una mujer hermosa; veía el abismo obscuro y la desolación.
—Tú... —jadeó Valerius, su máscara cayendo al suelo.
En ese instante, Júpiter y Sebastián se movieron como sombras. Rodearon a Valerius antes de que sus guardias reaccionaran.
Caspian y Elowen cerraron el círculo, creando una barrera de poder que aisló al grupo del resto de los invitados.
—Se acabó el juego, Valerius —sentenció Júpiter, quitándose su máscara de lobo—. Ahora sabemos que no tienes la estrella y acabas de ver que si no nos ayudas, tu reino desaparecerá.
Valerius miró a su alrededor, vio a su gente, y se vió a su mismo atrapado, suspiró, intentando recuperar su arrogancia.
—Me portaré bien —prometió—. Dejaré de estorbar, mis investigadores han encontrado rastros de una energía masiva en el Desierto de las Cenizas, en el Reino de las Brujas, dicen que allí está la estrella que buscas.
Kaelin guardó silencio por un segundo y luego agachó la mirada, una sombra de culpa cruzando su rostro.
—No —dijo ella en voz baja—. No está allí.
Júpiter la miró con extrañeza. —¿Cómo lo sabes, Kaelin?
—Porque la estrella del Desierto de las Cenizas era la primera —confesó ella, levantando la vista hacia sus compañeros—.
Era la Estrella del Bosque, la que absorbí antes de que me encontraran; Yo... la robé de ese territorio. El Reino de las Brujas ya no tiene lo que buscamos.
Valerius palideció aún más, si es que eso era posible.
Sus ojos rojos se abrieron con una mezcla de respeto y espanto.
—¿Robaste la estrella del Rey Hechicero? —preguntó Valerius con la voz temblorosa—. Kaelin, ese hombre es un rey rencoroso; No olvida y no perdona.
Si cree que tienes su tesoro, no enviará ejércitos; te buscará él mismo a través de los sueños y la sangre, además que muy seguramente estás marcada por su odio.
El silencio que siguió fue denso. La revelación de Kaelin cambiaba el panorama. Ella no solo era la salvadora, era la ladrona que había despertado a un mal durmiente.
—Entonces, ¿hacia dónde vamos? —preguntó Sebastián, mirando el mapa mental de las energías que g*****a proyectaba.
Kaelin cerró los ojos, sintiendo el calor que empezaba a emanar de su propio pecho. Una temperatura que no pertenecía al agua ni a los bosques.
—Hacia el Sur —dijo Kaelin con firmeza—. Al territorio de los Dragones y los Vulcanos. Al Reino de los Djinns y el Fénix.
La Estrella de Fuego está donde el calor es ley. Allí es donde debemos ir antes de que el Rey Hechicero nos alcance.
Valerius se ajustó la túnica, mirando con recelo hacia las sombras.
—El camino a las Tierras Volcánicas es un suicidio —advirtió el vampiro—. Pero prefiero morir quemado por un dragón que borrado por la magia de ese hechicero. Caminaré con ustedes, pero sepan que estamos entrando en la boca de un volcán que no sabe lo que es la piedad.
El grupo abandonó el salón, dejando atrás el vals de los muertos. La alianza era frágil, pero el destino estaba marcado.
Mientras caminaban hacia las puertas de la ciudad, el aire empezó a cambiar, volviéndose seco y abrasador.
El hambre de la Estrella de Fuego había despertado en las venas de Kaelin, y por primera vez, Júpiter y Sebastián sintieron que el calor de ella empezaba a quemarles las manos.