CAPÍTULO 20: EL DESPERTAR DE LA TRIADA

1142 Words
El rubí estelar latía entre las manos de Kaelin con la fuerza de un corazón joven, el calor ya no era una agresión; era un reconocimiento. Sin embargo, antes de que el ritual de absorción comenzara formalmente, el aire en la plataforma volcánica estaba cargado de algo mucho más denso que el azufre. El marcaje había dejado a los tres en un estado de hipersensibilidad, Júpiter y Sebastián no se habían apartado ni un centímetro, y la marca en el cuello de ambos, todavía fresca y goteando una esencia plateada que brillaba con una luz rítmica que seguía el pulso de Kaelin. Kaelin, ya totalmente despierta y con los sentidos agudizados por el flujo de adrenalina y sangre, intentó recuperar una postura de autoridad. Miró a los gemelos, dándose cuenta de la marca de propiedad que ahora lucían con orgullo salvaje. —Nosotros... esto... —empezó Kaelin, intentando poner orden en el caos de su mente, pero su voz falló cuando sintió a través del vínculo la oleada de deseo protector que emanaba de Júpiter. Júpiter no esperó a que ella terminara. Con una mano firme en su nuca, la atrajo hacia sí y le robó un beso profundo, posesivo, que sabía a ceniza y a una lealtad que quemaba más que la lava a sus pies. Kaelin soltó un jadeo de sorpresa que se fundió en un gemido cuando Sebastián, aprovechando el espacio, depositó otro beso igual de intenso en la comisura de sus labios, bajando después hacia su mandíbula. —¿Intentas discutir, Alfa? —susurró Sebastián contra su piel, su voz vibrando en el pecho de Kaelin—. Porque el vínculo dice que te encanta que finalmente hayamos dejado de ser "nobles". Kaelin se separó apenas unos centímetros, con el rostro encendido y la respiración agitada. Intentó lanzar una mirada de reproche a Elowen y Caspian, buscando recuperar algo de dignidad frente a los demás reyes. —¡Elowen! —exclamó ella—. ¡Diles algo! Estamos en medio de un volcán, a punto de salvar el mundo, y ellos están... ellos están... Elowen, que estaba trazando el círculo de protección final alrededor del altar de basalto, ni siquiera levantó la vista, aunque una sonrisa leve y divertida curvó sus labios de elfo. —No me pidas ayuda a mí, Kaelin —respondió Elowen con tono pragmático—. Tú empezaste esto. Durante todo el camino hacia aquí, no podías soltarlos, estabas pegada a ellos como si fueran tu único suministro de aire, tocándolos, besándolos y diciéndoles lo "guapos y atractivos" que eran cada cinco minutos. Si ahora ellos han decidido cobrar la factura por toda esa tortura sensorial que les hiciste pasar, me parece que es justicia poética. Caspian soltó una carcajada sonora, apoyándose en su tridente mientras observaba la escena con una mezcla de envidia y aprobación. —El elfo tiene razón, fuiste bastante... directa, pequeña loba. De hecho, creo que la "lagartija" y yo somos los que deberíamos quejarnos por haber sido testigos de tanta tensión s****l no resuelta. Ahora que están marcados, al menos la energía fluye en una sola dirección. Dracon, el dragón, asintió con la cabeza, sus ojos amatista brillando con malicia. —El fuego no sabe de protocolos, Kaelin; Has aceptado a tus soportes. Ahora, deja que el poder termine de forjarse. Júpiter le dedicó una mirada de victoria a Kaelin antes de volver a ponerse serio. Tomó sus manos, que aún sostenían la Estrella de Rubí, y las envolvió con las suyas. Sebastián se colocó detrás de ella, pegando su pecho a su espalda, creando una barrera de calor humano que estabilizaba la energía errática de la piedra. —Es hora —dijo Júpiter—. Consume el fuego, Kaelin, nosotros sostendremos el peso y el dolor que no puedas manejar. Kaelin asintió, cerrando los ojos. Ya no intentó luchar contra el contacto de sus hombres; al contrario, se apoyó en ellos, permitiendo que el vínculo de la triada filtrara el miedo. Elevó la Estrella de Rubí frente a su pecho; La roca empezó a girar, volviéndose líquida, transformándose en un torrente de fuego carmesí que no quemaba la carne, sino que se filtraba a través de sus poros directamente hacia su alma. El grito de Kaelin no fue solo de dolor, sino de poder puro. A medida que la Tercera Estrella se integraba, la transformación física fue inmediata. El cabello oscuro de Kaelin se tiñó con vetas de un rojo incandescente que parecían arder bajo su piel. Sus uñas se alargaron, volviéndose tan duras y negras como la obsidiana, y un par de alas de energía ígnea se desplegaron momentáneamente a su espalda antes de ser absorbidas. Pero ella no fue la única en cambiar. A través de la marca del cuello, el exceso de poder fluyó hacia Júpiter y Sebastián. Los gemelos rugieron cuando sus cuerpos se expandieron ligeramente, sus músculos volviéndose más densos y su piel adquiriendo una resistencia sobrenatural. A Júpiter le brotaron marcas rúnicas en los antebrazos que brillaban con el color del zafiro y el rubí, otorgándole la capacidad de endurecer su piel como la piedra volcánica. Sebastián, por su parte, sintió cómo su sangre se aceleraba; ahora podía invocar llamas directamente desde sus garras, convirtiéndose en el "lobo de sangre" definitivo, capaz de incinerar a sus enemigos con un solo roce. Cuando el resplandor cesó, el silencio en el volcán era absoluto. Kaelin abrió los ojos, que ahora eran de un dorado fundido con motas rojas. Se sentía completa. Las tres estrellas —Bosque, Agua y Fuego— finalmente habían dejado de luchar entre sí para formar una armonía perfecta bajo su mando. Se giró hacia los gemelos, quienes la miraban con una devoción que rozaba la adoración. Kaelin ya no era solo su pareja; era su soberana, su luz y su fuerza. —Ya no tengo calor —dijo Kaelin, su voz sonando con una resonancia que hizo vibrar las paredes del volcán—. Ahora, yo soy el calor. Valerius dio un paso adelante, su rostro pálido mostrando una sombra de temor. Por primera vez, el vampiro comprendió que no estaba frente a una simple loba con suerte, sino frente a la criatura que reescribiría las leyes de su mundo. —El Hechicero acaba de perder su ventaja —murmuró Valerius—. Pero tengan cuidado. Un hombre como él, cuando pierde el rastro, suele quemar el bosque entero para encontrar a su presa. Kaelin caminó hacia el borde de la plataforma, mirando hacia el horizonte donde las sombras del Reino de las Brujas empezaban a agitarse. A su lado, Júpiter y Sebastián se posicionaron como sus dos pilares inamovibles. —Que lo intente —sentenció Kaelin, extendiendo una mano de la cual brotó una llama blanca pura—. Esta vez, seremos nosotros quienes vayamos por él.
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