El rubí estelar latía entre las manos de Kaelin con la fuerza de un corazón joven, el calor ya no era una agresión; era un reconocimiento. Sin embargo, antes de que el ritual de absorción comenzara formalmente, el aire en la plataforma volcánica estaba cargado de algo mucho más denso que el azufre. El marcaje había dejado a los tres en un estado de hipersensibilidad, Júpiter y Sebastián no se habían apartado ni un centímetro, y la marca en el cuello de ambos, todavía fresca y goteando una esencia plateada que brillaba con una luz rítmica que seguía el pulso de Kaelin. Kaelin, ya totalmente despierta y con los sentidos agudizados por el flujo de adrenalina y sangre, intentó recuperar una postura de autoridad. Miró a los gemelos, dándose cuenta de la marca de propiedad que ahora lucían co

