El camino hacia el santuario interno de las Tierras Volcánicas era una herida abierta en la corteza del mundo. Dracon nos guiaba por grietas que exhalaban vapor a presiones letales, un laberinto de piedra pómez y obsidiana donde el aire vibraba con un zumbido constante, como si el magma bajo nuestros pies estuviera entonando un cántico de guerra.
Para Kaelin, el peligro exterior era inexistente; ella habitaba un universo de dolor y visiones erráticas. Su piel emitía un resplandor anaranjado intermitente, y cada vez que sus labios se entreabrían, pequeñas chispas de luz dorada escapaban de sus pulmones.
Llegamos a una plataforma natural, un saliente que colgaba sobre un abismo de lava líquida. Elowen y Caspian se adelantaron con el dragón, cuyos ojos amatista brillaban con una mezcla de respeto y anticipación.
Valerius se quedó atrás, apoyado contra una columna de basalto, observando con su habitual cinismo, aunque sus dedos jugueteaban nerviosos con el puño de su espada.
Júpiter y Sebastián se detuvieron en el centro de la plataforma. Kaelin seguía inconsciente, su cabeza colgando con una fragilidad que rompía el alma de sus protectores.
Los gemelos intercambiaron una mirada cargada de una solemnidad que no necesitaba palabras. La determinación de ambos estaba siendo puesta a prueba por el fuego, pero lo que ocurrió a continuación no fue un plan estratégico, sino una respuesta del alma.
Júpiter la sostuvo con firmeza, colocándose frente a ella, mientras Sebastián se posicionó a su espalda, envolviéndola con sus brazos masivos para mantenerla erguida.
Eran un sándwich de músculos, protección y desesperación. En ese contacto de piel contra piel, el calor de Kaelin empezó a transferirse a ellos, una quemadura dulce que reclamaba su atención.
De repente, Kaelin abrió los ojos;
No eran los ojos de la Alfa guerrera, sino los de una mujer que se asomaba al abismo de su propia extinción.
Sus pupilas estaban dilatadas, bañadas en un oro fundido que parecía líquido. Miró a Júpiter, tan cerca que podía sentir el latido de su corazón, y luego giró levemente la cabeza para sentir la presencia de Sebastián tras ella. Una lágrima solitaria, cargada de una temperatura antinatural, recorrió su mejilla encendida.
—Los quiero... —susurró ella, una confesión nacida del inconsciente, de la parte más pura de su ser que sabía que estaba a punto de fragmentarse—. No me dejen... caer en el fuego, no permitan que me vaya antes de terminar con mi destino.
Esa confesión, ese ruego de amor en medio de su agonía, fue lo que terminó de quebrar la resistencia de los gemelos.
La idea de "esperar el momento adecuado" o "analizar las consecuencias" se evaporó como el agua sobre la lava; Ya no eran dos Alfas racionales; eran sus lobos, Fenrir y Asura, reclamando a su luna antes de que el sol la calcinara.
—Nunca —gruñó Júpiter, su voz rompiéndose por la emoción.
—Eres nuestra, Kaelin; En esta vida y en el infierno que venga —sentenció Sebastián desde atrás, hundiendo su rostro en el hueco de su cuello.
Sin previo aviso, movidos por una sincronía perfecta que solo el vínculo de gemelos podía otorgar, ambos, como si el llamado del vínculo clamara por ser completado, extendiendo sus labios a ese pequeño espacio de la marca de compañeros.
Júpiter enterró sus colmillos en el lado izquierdo de su cuello, mientras Sebastián hacía lo mismo en el lado derecho. Al mismo tiempo, el instinto de Kaelin reaccionó al dolor y a la invasión; sus propios colmillos de Alfa se extendieron y, en un movimiento espasmódico de pura adrenalina, mordió el hombro de Júpiter mientras sus uñas se clavaban en los brazos de Sebastián, reclamando su sangre también.
El shock fue instantáneo; Kaelin se arqueó, sus ojos abriéndose de par en par mientras una descarga de adrenalina masiva recorría su columna vertebral.
Ya no estaba inconsciente; estaba más despierta de lo que jamás había estado; El dolor inicial del marcaje se transformó en algo mucho más oscuro y potente.
La excitación estalló entre los tres como una granada; Fue una oleada de lujuria cruda, un deseo animal que les nubló el juicio.
Sentir la sangre del otro, el sabor del poder mezclado con la esencia vital, creó un cortocircuito sensorial.
Júpiter sintió la fuerza de Kaelin fluyendo hacia él, mientras Sebastián sentía cómo su propia estabilidad se convertía en el soporte de ella.
Era amor, era necesidad, era una posesividad que les quemaba las entrañas, y aunque no lograban comprender la magnitud de lo que acababan de sellar, sabían que sus almas ya no estaban separadas.
Todos fueron testigos del sacrilegio y la gloria. Elowen dio un paso atrás, ocultando su asombro tras una máscara de solemnidad elfa. Caspian apretó su tridente, sintiendo cómo el vínculo del trio se afianzaba con una presión que desplazaba incluso la magia del lugar.
Valerius y el dragón Dracon observaron en silencio cómo el aura de los tres se fusionaba en un pilar de luz tricolor: azul profundo, rojo carmesí y un oro cegador.
—Se han encadenado —susurró Valerius, su voz llena de un respeto involuntario—.
Ya no hay forma de separarlos sin destruir el mundo.
En el momento exacto en que el vínculo se cerró, la tierra misma respondió al pacto. Una grieta violenta se formó en el suelo de obsidiana a los pies del trío, abriéndose con un crujido que opacó el rugido del volcán y de las profundidades de la grieta, envuelta en una presión de vapor incandescente, surgió una roca que brillaba con la intensidad de un rubí vivo.
Era la Tercera Estrella...
No cayó, sino que flotó con una elegancia magnética, atraída por la nueva frecuencia que emanaba del cuerpo de Kaelin y sus dos pilares. La piedra de fuego, vibrando con una energía que hacía que el aire alrededor chispeara, se dirigió directamente hacia las manos de Kaelin, quien la recibió con una firmeza que hace diez minutos hubiera sido imposible.
La estrella descansó en sus palmas, bañando los rostros de Júpiter y Sebastián en un resplandor carmesí. La lujuria en sus ojos todavía estaba allí, mezclada con la devoción del marcaje, mientras observaban cómo su mujer se convertía en la portadora del fuego.
—El ritual ha comenzado —dijo Dracon, su voz resonando con una autoridad ancestral—. Pero ahora, ella no camina sola hacia el incendio. Ustedes son el combustible y ella es la llama.
Kaelin miró a sus dos compañeros, sus marcas de colmillos brillando en sus cuellos con una luz plateada que nunca se apagaría.
Sintió el deseo de ellos, sintió su fuerza, y por primera vez desde que empezó este viaje apocalíptico, no sintió miedo.
Sentía hambre, hambre de poder, hambre de justicia y, sobre todo, un hambre voraz por los dos hombres que acababan de entregarle sus vidas y su destino.