El camino hacia el santuario interno de las Tierras Volcánicas era una herida abierta en la corteza del mundo. Dracon nos guiaba por grietas que exhalaban vapor a presiones letales, un laberinto de piedra pómez y obsidiana donde el aire vibraba con un zumbido constante, como si el magma bajo nuestros pies estuviera entonando un cántico de guerra. Para Kaelin, el peligro exterior era inexistente; ella habitaba un universo de dolor y visiones erráticas. Su piel emitía un resplandor anaranjado intermitente, y cada vez que sus labios se entreabrían, pequeñas chispas de luz dorada escapaban de sus pulmones. Llegamos a una plataforma natural, un saliente que colgaba sobre un abismo de lava líquida. Elowen y Caspian se adelantaron con el dragón, cuyos ojos amatista brillaban con una mezcla de

