El despertar de Kaelin no fue el estallido de gloria que las profecías de los antiguos linajes auguraban. Fue, en cambio, una caída libre hacia un abismo de vacío absoluto. Cuando sus párpados se abrieron, pesados como el plomo, lo primero que percibió fue el techo metálico del ala de resguardo de Sereton, bañado por un resplandor violeta que emanaba de su propia piel; Intentó hablar, llamar a Sebastián, preguntar si el mundo seguía en pie tras el colapso de la cúpula, pero su propia voz no llegó a sus oídos. Abrió la boca, el pánico ascendiendo por su garganta como una marea helada, y solo entonces comprendió la magnitud de su sacrificio. El mundo se había quedado mudo. No era solo que no escuchara el zumbido de la tecnología de Nox o la respiración agitada de los Alfas a su lado; era

