La atmósfera en la recámara de la torre era tan densa que el aire parecía haber sido sustituido por estática pura.
Júpiter y Sebastián, con los rostros salpicados de la sangre de su propia contienda, respiraban de forma rítmica, intentando desesperadamente que sus lobos no tomaran el control total.
La habitación vibraba con una frecuencia que solo ellos tres podían sentir.
—Dorian, lárgate —ordenó Júpiter sin desviar la mirada de Kaelin. Su voz no era una petición, era una vibración sísmica que advertía del desastre inminente.
El Gama, reconociendo el peligro letal que emanaba de los gemelos, asintió con rapidez y retrocedió hacia la puerta.
Al cerrarse, el silencio que quedó no fue de paz, sino de acecho. Júpiter dio un paso adelante, haciendo que el suelo de piedra crujiera bajo sus botas de combate. Su mirada gris estaba nublada por el rastro de jazmín y ozono que solo él y su hermano podían detectar debido a su vínculo.
—¿De qué demonios hablas? —gruñó Júpiter, acortando la distancia—. ¿Qué es eso de que te estamos matando? ¿Qué es esa "estrella" a la que te refieres?...
Kaelin se puso de pie con lentitud. Su cuerpo se sentía pesado, líquido, encendido por un fuego interno que la invitaba a rendirse, pero su mente se aferraba a la verdad como si toda su vida dependiera de ello.
Los miró a ambos; eran dos guerreros perfectos, dos alfas que desprendían un calor animal que la invitaba a olvidar quién era ella y por qué estaba ahí.
Pero el deber pesaba más que el deseo.
—Son un par de imbéciles —escupió ella, y aunque sus palabras eran insultos, su voz sonaba como una caricia húmeda, profunda—.
Lo que le robaron a Daemon no fue una joya de poder, ni un trofeo de guerra. Fue una estrella, el núcleo de un reino entero y al sacarla de su lugar, condenaron a este mundo a la mudez sensorial en la que están atrapados.
Júpiter soltó una carcajada amarga, pero se detuvo cuando Kaelin se acercó a él.
Su aroma se intensificó hasta volverse una droga física que golpeó los sentidos del Alfa.
—Y hay algo que tu orgullo no te deja ver, Júpiter —continuó ella, bajando el tono, clavando su mirada en la de él—. Esa estrella es la verdadera razón por la que Lyra está muerta. Daemon no la mató por odio hacia ti; la mató porque el desequilibrio que crearon al robar esa luz hizo que su protección fallara.
Ustedes causaron su muerte en el momento en que cerraron los dedos sobre ese botín.
El rugido que escapó de la garganta de Júpiter no fue humano, fue un sonido de puro dolor y demencia.
En un parpadeo, la distancia desapareció. Júpiter la alcanzó, sus manos grandes y ásperas cerrándose alrededor del cuello de Kaelin con una crueldad nacida de la rabia y la desesperación.
No apretó para asfixiarla, pero la presión era dominante, posesiva, una declaración de soberanía absoluta en medio del caos.
Kaelin no luchó al contrario, un gemido de placer profundo y oscuro escapó de sus labios cuando sintió la fuerza bruta del Alfa sobre su piel, sus sentidos elementales absorbían la furia de Júpiter como si fuera combustible, su estado de celo intensificaba una a una las sensaciones de sus compañeros.
—¡Suéltala, Júpiter! —Sebastián intervino, agarrando el hombro de su hermano y tirando de él con una fuerza brutal. El Lobo de Sangre estaba temblando; él también sentía el deseo, pero su mente intentaba mantener un hilo de lógica—. ¡La vas a lastimar antes de que nos explique qué significa todo esto!
Júpiter la soltó, retrocediendo como si se hubiera quemado. Sus ojos grises estaban inyectados en sangre, perdidos entre el impulso de destrozarla y el de devorarla.
En ese instante, la puerta se abrió de nuevo. Era el Beta de la manada, jadeando, manteniendo la vista fija en el suelo para evitar el conflicto directo con los alfas.
—Señor... tenemos visitas en las fronteras; Elfos al oeste, liderados por el Rey Blanco; Vampiros al este, bajo el estandarte de Valerius. No vienen en formación de ataque, son grupos pequeños y piden una audiencia inmediata.
Dicen que saben exactamente qué es lo que tenemos en la Ciudadela.
La noticia fue un golpe de realidad que los obligó a recuperar un autocontrol precario.
Júpiter y Sebastián se miraron, la ceguera nasal seguía afectando al resto del mundo, pero ellos dos eran los únicos que cargaban con el secreto del aroma de Kaelin.
Kaelin estaba sentada en un estrado bajo, flanqueada por Júpiter y Sebastián, a través del vínculo de pareja que empezaba a forjarse de manera instintiva, los gemelos no solo olían su celo; estaban siendo invadidos por sus pensamientos.
La mente de Kaelin, espoleada por la fiebre elemental, se había convertido en un proyector de imágenes pecaminosas que golpeaban a los hermanos como descargas eléctricas.
Júpiter apretó los dientes, sintiendo cómo el cuero de su trono crujía bajo sus dedos. En su mente, de repente, no estaba en la sala, veía la imagen nítida de Kaelin de espaldas contra la mesa de piedra de la torre, con su túnica blanca desgarrada y sus manos grandes de él sujetándole las muñecas contra la superficie fría, podía oír el jadeo quebrado de ella en su cabeza, sentir el roce de su propia barba contra el hombro pálido de la loba y el calor sofocante de su cuerpo reclamando ser poseído con una violencia que lo dejaba sin aliento.
Sebastián soltó un suspiro trunco, cerrando los ojos por un segundo mientras el mundo exterior desaparecía.
En su propia mente, la fantasía de Kaelin era distinta, más sinuosa. Se veía a sí mismo y a Júpiter rodeándola, una coreografía de manos y bocas que no dejaban un solo centímetro de su piel sin reclamar; veía a Kaelin debajo de ambos, con la espalda arqueada y los ojos en blanco, perdida en un paroxismo de placer mientras ellos se turnaban para adorar su cuerpo.
Podía sentir, casi físicamente, la sensación de la lengua de ella recorriendo su cuello y el peso de las piernas de la loba rodeando su cintura, apretándolo con una desesperación que le hacía arder la sangre.
Los gemelos estaban sudando, el sudor corría por sus sienes mientras intentaban mantener la mirada fija en los embajadores, pero la "locura" que Kaelin estaba proyectando era devastadora.
Cada vez que ella se movía en el estrado, el roce de su propia seda contra sus muslos generaba un eco en la mente de los gemelos: el sonido de la piel chocando contra la piel, el jadeo húmedo de un beso profundo y el aroma de la entrega total.
Kaelin los observaba de reojo, consciente del poder que estaba ejerciendo, su imaginación volaba hacia la imagen de Júpiter dominándola con su fuerza bruta mientras Sebastián, con esa delicadeza cruel, le susurraba promesas al oído.
Se visualizaba a sí misma devorada por ambos, fundiéndose en una masa de calor y gemidos donde ya no existían los reinos, ni las estrellas, ni las guerras.
Solo ellos tres...
Júpiter tuvo que clavar sus garras de lobo en los brazos de madera del trono, perforándolos, el aroma de Kaelin se volvió tan denso, tan cargado de una intención s****l pura y explícita, que el aire en la sala se volvió difícil de respirar.
Cada jadeo silencioso de la loba era un grito de guerra para los instintos de los Alfas.
Elowen y Valerius, como líderes de sus razas, distinguían el rastro de la loba, y aunque no compartían el vínculo mental, la tensión s****l era tan evidente que el Príncipe Vampiro se humedeció los labios con una lascivia que casi hace que Sebastián saltara sobre él para arrancarle la garganta.
—Es una pieza demasiado valiosa para estar en manos de unos lobos que solo saben de sangre y ceniza —dijo Valerius, su voz como terciopelo rozando una herida, sus ojos fijos en el pecho de Kaelin, que subía y bajaba con una rapidez delatadora.
Júpiter soltó un gruñido bajo que hizo que las antorchas de la sala vacilaran, su visión nublada por la imagen mental de Kaelin pidiendo más, suplicando por el peso de sus cuerpos sobre el de ella.
Sebastián se inclinó hacia adelante, su mirada roja fija en el vampiro, mientras su mano derecha temblaba por el deseo de alcanzar a Kaelin y confirmar que la suavidad que imaginaba era real.
—Un paso más, Valerius, y te aseguro que tu eternidad terminará mucho antes de lo que planeas.
Elowen, notando que el ambiente estaba a punto de colapsar en una explosión de instinto y deseo, se puso de pie.
Se acercó a Kaelin con movimientos fluidos y, ante la mirada asesina de los gemelos, dejó una pequeña bolsa de seda sobre sus rodillas.
—Traigo una tregua, Loba Elemental y para ustedes, Alfas, una forma de recuperar el juicio —dijo el Rey Elfo—.
Son semillas de un Árbol Antiguo, disiparán el aroma de tu celo y calmarán tu núcleo por un tiempo.
Confío en que les permitirán pensar sin que la sangre les nuble la vista.
Kaelin abrió la bolsa, dentro había semillas doradas que brillaban como pequeñas brasas.
—Tienen un precio —advirtió Elowen—.
— Lo que estas semillas retengan hoy, volverá con el triple de fuerza en el siguiente celo para entonces, no habrá muros ni ejércitos que puedan contener lo que el destino ha unido— susurró señalando a los tres.
Kaelin miró a Júpiter y a Sebastián, ambos estaban sudando, sus pechos subiendo y bajando con dificultad mientras luchaban contra el impulso de reclamarla ahí mismo; Sin decir palabra, Kaelin tomó una de las semillas y la tragó.
El efecto fue violento y refrescante, una ola de frío recorrió la sala.
El aroma de jazmín y ozono desapareció en un segundo, dejando a los gemelos en un vacío sensorial que los hizo tambalearse.
La excitación que los unía se apagó bruscamente, dejando tras de sí un rastro de vergüenza y una tensión política aún más afilada.
Júpiter se puso de pie, su rostro volviéndose una máscara de hierro una vez más.
—La audiencia terminó; Escolten a los invitados a sus estancias, mañana hablaremos de la estrella.
Kaelin se quedó sentada, sintiendo el frío de las semillas en su interior. Sabía que Elowen le había dado tiempo, pero también sabía que el próximo encuentro sería una deflagración total.
Había visto el hambre en los ojos de los gemelos, y por primera vez, no tuvo miedo de ellos. Tuvo miedo de cuánto deseaba ella misma que ese próximo celo llegara para que el vínculo se completara, sin saber aún que ese sería el principio de su fin.