El silencio que siguió a la caída del Gigante fue pesado, cargado con el olor a ozono y tierra recién removida. Kaelin, cuya alma había sido el campo de batalla de dos estrellas, finalmente sucumbió.
Sus ojos se cerraron mientras sus rodillas cedían, pero no llegó a tocar el suelo. Júpiter la atrapó en el aire con una suavidad que contrastaba con sus manos callosas de guerrero.
—Duerme, pequeña luz —susurró Júpiter, acomodando la cabeza de la loba contra su pecho.
El grupo avanzó hasta encontrar un claro protegido por formaciones rocosas, un terreno neutro antes de entrar de lleno en la jurisdicción urbana de Valerius.
Dorian y Elowen se encargaron de establecer un perímetro, mientras Júpiter depositaba a Kaelin sobre un lecho de pieles cerca de la fogata.
Sebastián observaba en silencio, con una mano en su hombro herido, pero sus ojos ámbar no se apartaban de la figura de la Mujer Alfa, su compañera.
La noche cayó con una frialdad cortante, pero el calor que emanaba de Kaelin era antinatural.
A medida que el sueño profundo se apoderaba de ella, la barrera de su mente —debilitada por el agotamiento— empezó a ceder.
Kaelin comenzó a soñar; No eran sueños de guerra ni de estrellas, eran visiones nacidas de la necesidad biológica y del vínculo que la encadenaba a los gemelos.
En su mente, el frío del valle desaparecía, reemplazado por el calor sofocante de la arena de combate, pero esta vez no había armas. Sentía las manos de Júpiter recorriendo su espalda, reclamando su piel con una urgencia que la hacía arquearse, mientras los labios de Sebastián encontraban la curva de su cuello, despertando un incendio que Galatéa aullaba por saciar.
Eran imágenes vívidas, cargadas con el aroma a bosque y sangre de sus compañeros, una danza carnal donde ella se entregaba por completo a sus dos Alfas a la vez.
En el mundo real, Júpiter se despertó de golpe.
Su respiración era errática y su cuerpo estaba en un estado de alerta que no tenía nada que ver con el peligro externo.
Sus pantalones se sentían insoportablemente ajustados y su piel ardía como si estuviera frente a una forja. El sueño de Kaelin se había infiltrado en él con la fuerza de una posesión.
Había sentido sus manos, había escuchado su gemido en su propio oído; Se incorporó con brusquedad, pasando una mano por su rostro empapado en sudor frío, tratando de recuperar el control sobre Fenrir, que rascaba por salir y reclamar lo que acababa de ver en el plano astral.
Miró hacia la fogata y encontró a Sebastián sentado allí, afilando una daga con una parsimonia irritante. Sebastián levantó la vista y soltó una carcajada ronca, una que denotaba que estaba exactamente en la misma situación.
—¿Tampoco pudiste dormir más, hermano? —preguntó Sebastián, con una chispa de malicia en sus ojos brillantes.
Júpiter soltó un gruñido bajo, sentándose frente a él mientras intentaba ignorar la dureza de su propio cuerpo.
—Es el vínculo —dijo Júpiter con voz ronca—. Está proyectando.
—Está proyectando lo que realmente desea —corrigió Sebastián, dejando la daga a un lado—. He sentido cada roce, Júpiter. He sentido cómo nos llamaba en la oscuridad de su mente. No es solo un celo biológico, es ella. Su espíritu nos está reclamando.
—Habías visto eso antes, ya sabes en tu vínculo con ... Lyra...— preguntó Sebastián con un dejo de incomodidad.
—Jamás...— Supongo que ella puede por ser una Elemental, o por las estrellas, en realidad no lo sé .
Júpiter suspiró, observando cómo las llamas jugaban con las sombras en el rostro de su hermano.
La complicidad entre ambos, siempre tensa por su naturaleza posesiva, se sentía diferente esa noche. Compartir la carga del dolor de Kaelin les había mostrado que no eran rivales, sino las dos mitades de un mismo escudo, como uno solo.
—Es insoportable —admitió Júpiter, mirando a Kaelin dormir—. Tenerla tan cerca, saber que en su cabeza nos está poseyendo de esa manera, y tener que quedarnos aquí, como perros guardianes, esperando a que el mundo termine de romperse.
—Es el castigo de Selene, supongo —añadió Sebastián, su tono volviéndose inusualmente serio—. El destino nos regaló a la mujer más poderosa de la creación, pero nos puso la condición de ser sus pilares. Si la tomamos ahora, con la inestabilidad de las estrellas en su interior, podríamos consumirla, o ella a nosotros.
Ambos guardaron silencio, unidos por esa nueva protección posesiva que ya no buscaba solo el placer, sino la preservación de Kaelin.
La miraban como se mira a un tesoro sagrado: con hambre, pero con un respeto que rayaba en la tortura lenta.
Cuando los primeros rayos de un sol pálido filtraron la neblina, Kaelin abrió los ojos. Se incorporó lentamente, estirando sus músculos adoloridos, con una enorme sonrisa, pero al ver a Júpiter y Sebastián observándola desde la fogata, un recuerdo borroso de sus sueños la golpeó con la fuerza de un rayo.
El rubor ascendió por su cuello hasta teñir sus mejillas de un rojo intenso.
Intentó evitar sus miradas, acomodándose la túnica con dedos temblorosos.
—Buenos días —susurró, con la voz todavía quebrada por el sueño.
Júpiter se puso en pie y se acercó a ella, su presencia era imponente y Kaelin sintió que su corazón martilleaba contra sus costillas. Él no dijo nada, simplemente se inclinó y rozó su mejilla con el dorso de su mano.
—Dormiste profundamente, Alfa Solaris, que sonrisa... —dijo Júpiter, con una nota baja en su voz que hizo que Kaelin recordara exactamente lo que él estaba haciendo en su sueño—. Parecía que estabas en un lugar... muy cálido.
Sebastián se acercó por el otro lado, con esa coquetería descarada que siempre lo caracterizaba.
—Tus lobos estamos un poco cansados, Kaelin; Tuvimos una noche muy... agitada, aunque no nos moviéramos de la fogata, observándola de arriba a abajo de forma nada sutil, absolutamente descarada.
Kaelin los miró, dándose cuenta con horror de que ellos lo sabían; La infiltración no había sido unidireccional.
La vergüenza la hizo bajar la cabeza, pero Sebastián le tomó el mentón, obligándola a mirarlo.
—No te disculpes por desearnos —murmuró Sebastián—. Galatéa tiene buen gusto. Pero ten cuidado, pequeña loba... la resistencia de un hombre tiene límites, y los nuestros están siendo probados por el fuego, y si continúas haciendo eso, la línea de va a romper... susurró muy cerca de su cuello
Caspian, que había estado descansando un poco más alejado, se acercó al grupo con su elegancia habitual. A pesar de haber presenciado la conexión de los gemelos, su naturaleza no le permitía quedarse atrás.
—Vaya, el aire está tan cargado aquí que casi puedo beberlo —dijo el Rey Tritón, ofreciéndole a Kaelin un odre con agua fresca y una sonrisa encantadora que buscaba suavizar la tensión—. Estás radiante esta mañana, Kaelin.
Portar dos estrellas te sienta bien, aunque tus guardianes parezcan haber pasado la noche peleando con demonios invisibles.
Júpiter lanzó una mirada de advertencia a Caspian, pero el tritón solo se encogió de hombros, manteniendo esa aura de seducción natural que era parte de su linaje.
Mientras el grupo comenzaba a recoger el campamento para la marcha final hacia la capital, a cientos de kilómetros de allí, en un reino donde los árboles crecían al revés y el aire olía a azufre y especias antiguas, un par de ojos dorados se abrían en la oscuridad.
El Rey Hechicero, soberano del Reino de las Brujas, observaba un sigilo tallado en una mesa de obsidiana. El sigilo representaba la Primera Estrella, la esencia de los bosques que Elowen creía haber recuperado.
Pero para el Hechicero, esa estrella no era un regalo de redención; era una pieza de un rompecabezas que él había estado armando durante siglos.
—Así que la loba Blackvane está cada vez más cerca—susurró el Rey Hechicero, su voz como el roce de pergamino seco y sensual—. Cree que puede domar la luz del bosque con su sangre de plata.
Extendió una mano larga y delicada sobre el sigilo, y una llama verde oscuro brotó de la piedra.
—Déjala que recoja la tercera —continuó el Hechicero con una sonrisa gélida—.
Déjala que cargue con todo el peso de Selene; Cuanto más brille ella, más fácil será encontrarla... y más glorioso será el momento de reclamar lo que es mío por derecho de sangre y sombra.
El Rey Hechicero no tenía prisa. Sabía que Valerius era solo un peón, un vampiro hambriento que servía como distracción. Él estaba siguiendo el rastro de la luz, esperando el momento en que Kaelin estuviera lo suficientemente agotada por sus "compañeros" y por las estrellas como para no poder defenderse.
De vuelta en el claro, Kaelin sintió un escalofrío repentino que no tenía nada que ver con el clima. Miró hacia las montañas del norte, sintiendo por un instante que alguien, en algún lugar, estaba tirando de los hilos de su destino.
—¿Kaelin? —preguntó Júpiter, notando su palidez.
—Algo viene —dijo ella, mirando a sus compañeros—. Algo que no es Valerius.
Pero primero... debemos terminar con el traidor.
El grupo reanudó la marcha; La capital de los vampiros, con sus torres de obsidiana y sus calles bañadas en sangre, se alzaba ante ellos. La tregua había terminado.
La verdadera guerra por la soberanía del mundo estaba a punto de estallar.