CAPÍTULO 4: EL SILENCIO DE LAS ESTRELLAS ( parte 1)

1021 Words
El trayecto de regreso hacia la Ciudadela de los Susurros de Plata fue un descenso lento hacia una mudez absoluta. El aire, denso y cargado de una humedad eléctrica, se sentía distinto. Para cualquier humano, solo habría sido un cambio de clima, pero para los hombres lobo que ocupaban el convoy blindado, el mundo se estaba apagando. Había comenzado oficialmente la Temporada de la Ceguera Nasal. Júpiter Craine apretaba el volante del vehículo de asalto con una fuerza que hacía crujir el recubrimiento de fibra de carbono. Sus ojos grises, fijos en el camino que se perdía entre la neblina invernal, buscaban desesperadamente una señal, un rastro, cualquier aroma que le devolviera la cordura. Pero no había nada. El bosque no olía a pino ni a tierra mojada; los guerreros en el asiento trasero no olían a sudor ni a testosterona. El mundo era un lienzo en blanco, una privación sensorial que solía volver locos a los lobos más jóvenes. A su lado, Sebastián mantenía la mirada perdida en el paisaje. Su naturaleza de Lobo de Sangre lo hacía más sensible a este vacío. Para él, el olfato era la forma de rastrear el pulso de sus enemigos. Sin eso, se sentía como un depredador al que le hubieran arrancado los ojos. —Es ella —susurró Sebastián, sin mirar a su hermano—. Ella es la razón por la que el ambiente está tan cargado. Su energía elemental está reaccionando al inicio del invierno. Júpiter no respondió, pero sus ojos se desviaron un segundo hacia el espejo retrovisor. En el asiento de atrás, flanqueada por dos guardias de élite que mantenían las manos en sus rifles de pulsos, estaba Kaelin. Ella no había dicho una sola palabra desde que abandonaron las ruinas de la Manada Ónix de Hierro. Ni un grito, ni una súplica, ni una maldición. Estaba allí sentada, con la espalda recta y la mirada fija en algún punto invisible del horizonte. Sus muñecas, ahora libres de las cadenas de plata pero marcadas por quemaduras circulares de un rojo vivo, descansaban sobre sus rodillas. El contraste de su piel pálida contra el cuero oscuro del asiento era una provocación constante para los sentidos de los gemelos. Lo que más les perturbaba no era su silencio, sino la estática que emanaba de ella. Cada vez que el vehículo saltaba por un bache, el roce de su ropa o el movimiento de sus cadenas rotas parecía emitir un zumbido de baja frecuencia que les erizaba el vello de la nuca. Cuando el convoy cruzó los pesados portones de la Ciudadela, el ambiente era de una tensión insoportable. Los guerreros de la Manada Eclipse de Sangre se alinearon en el patio, pero no hubo celebraciones por la victoria. La pérdida del olfato los tenía a todos en un estado de alerta paranoica. Dorian, el Gama de la manada, se acercó al vehículo en cuanto se detuvo. Su rostro reflejaba la seriedad de quien sabe que tiene un volcán a punto de entrar en erupción en su propio patio. —Júpiter, Sebastián —saludó Dorian, asintiendo con la cabeza—. Los informes de los exploradores dicen que la ceguera nasal será total en menos de una hora. Tenemos que asegurar el perímetro antes de que los centinelas pierdan la capacidad de identificar amigos de enemigos. Júpiter bajó del vehículo, su figura imponente de Lobo Huargo proyectando una sombra larga sobre el pavimento. Se acercó a la puerta trasera y la abrió personalmente. —Baja —ordenó con una voz que era un rugido contenido. Kaelin lo miró. Fue una mirada lenta, que recorrió su rostro con una indiferencia que le dolió más que un golpe. Ella no se movió por miedo, sino por pura inercia. Cuando sus pies descalzos tocaron el suelo frío de la Ciudadela, un escalofrío recorrió la columna de todos los presentes. Sebastián apareció al otro lado de Kaelin, cerrándole el paso de forma instintiva. —Dorian dice que sus heridas necesitan atención inmediata —dijo Sebastián, extendiendo una mano para tomar el brazo de la joven—. La plata ha llegado al hueso en algunas zonas. En el momento en que los dedos de Sebastián rozaron la piel desnuda del antebrazo de Kaelin, ocurrió. Una chispa de color violeta intenso saltó entre ambos, acompañada de un chasquido eléctrico que resonó en el patio silencioso. Sebastián retiró la mano de un salto, sus ojos de Lobo de Sangre brillando con una mezcla de sorpresa y dolor. No era una descarga eléctrica común; era como si el alma de la loba hubiera mordido la suya. Kaelin ni siquiera parpadeó. Simplemente bajó la vista hacia el lugar donde él la había tocado, donde ahora quedaba una pequeña mancha de luz residual que se desvanecía lentamente. —No la toques —gruñó Júpiter, aunque él mismo sentía una compulsión irracional por hacerlo. Júpiter, queriendo demostrar que su control era superior, agarró a Kaelin por el hombro para empujarla hacia la entrada de la torre principal. Pero al contacto, el efecto fue doblemente violento. Júpiter sintió una vibración que le recorrió el brazo, una calidez abrasadora que chocó con su propia energía gélida. Era como tocar un cable de alta tensión envuelto en terciopelo. Su lobo interior aulló, no de dolor, sino de un reconocimiento salvaje que su mente humana se negaba a procesar. Kaelin seguía en silencio. Sus labios estaban sellados, una línea perfecta de desdén. Esa mudez era su fortaleza. Al no hablar, no les daba nada. Ni información, ni emociones, ni humanidad. Era una estatua de hielo y estrellas atrapada en el centro de un nido de lobos. La llevaron a la Torre del Este, una estructura de piedra negra y cristal reforzado que servía como santuario y prisión de máxima seguridad. Allí, las celdas no tenían barrotes, sino campos de fuerza de baja intensidad que interferían con la transformación de los lobos. Dorian entró en la habitación de Kaelin poco después de que los gemelos se retiraran para discutir su próximo movimiento. El Gama llevaba un maletín con instrumental médico y ungüentos que él mismo preparaba.
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