CAPÍTULO 5: LA LECTURA DE LA PIEL

1524 Words
Kaelin observó a Júpiter salir de la habitación, su silueta recortada contra el marco de la puerta antes de que la pesada madera se cerrara con un estruendo sordo. Se quedó sola, pero el silencio era una mentira absoluta. Para ella, el aire seguía gritando. A diferencia de los lobos de la Ciudadela, Kaelin no habitaba en el vacío sensorial de la Temporada de la Ceguera. Sus sentidos elementales, ligados al pulso de la tierra y al brillo de las estrellas, permanecían intactos, volviéndose incluso más agudos ante la ausencia de distracciones. Ella podía percibir el rastro de Júpiter estancado en la estancia como una neblina pesada: un aroma a madera de cedro quemada, lluvia ácida y, bajo todo eso, el olor rancio y amargo de un duelo que se negaba a morir. Era una agonía tan demencial que la golpeaba físicamente, haciéndola sentir náuseas. —Están rotos, Galatéa—, pensó, sintiendo cómo su loba interior se removía con una mezcla de ansiedad, dolor y hambre. —Si... pero son totalmente nuestros—, respondió la voz de Galatéa, vibrando con un tono de plata antigua. —Huélelos... Son el hambre y la tormenta, son el final y el principio... deliciosos. No puedes huir de lo que el universo ha diseñado para ser nuestro equilibrio—. Kaelin apretó los puños. En efecto eran perfectos, y eso era lo más peligroso. Júpiter era una montaña de músculos y voluntad, mientras que Sebastián era un filo de obsidiana, elegante y letal. Sus aromas eran una droga que despertaba en ella una necesidad biológica de pertenencia, una que luchaba por aplastar con cada gramo de su voluntad. Ella sabía que en algún lugar de esta fortaleza, los gemelos custodiaban la Segunda Estrella. La habían tomado como un botín de guerra de las manos de Daemon, ignorando que ese fragmento de luz era el corazón de un ecosistema y, al mismo tiempo, la razón por la cual su antigua pareja había muerto. Eran ladrones que creían ser conquistadores. Mientras tanto, en las profundidades de la Ciudadela, en una cámara acorazada protegida por runas de contención, un objeto palpitaba con una luz rítmica. La primera, la Estrella del Bosque, una gema orgánica que vibraba en una frecuencia que solo los elementales podían comprender, latía al unísono en su interior reclamando la segunda. Los gemelos la guardaban bajo llave, sin saber que su mera presencia estaba alterando el equilibrio de los reinos. A miles de kilómetros, en el Bosque Antiguo Blanco, el efecto de la primera inmediato. El cielo, que había sido una pálida gasa gris por años, se rasgó para dejar pasar un azul vibrante. Las hojas de los árboles de plata, marchitas por siglos de drenaje energético, comenzaron a brillar con una savia luminiscente. El Rey Elowen, soberano de la estirpe élfica, se puso en pie en su trono de raíces vivas. Sus ojos esmeralda, que habían visto eones de decadencia, se llenaron de un brillo renovado. Sintió una pulsación de energía pura recorriendo la red de raíces del mundo. —Ha ocurrido —susurró Elowen, y su voz fue un eco que hizo temblar el palacio de cristal—. Una loba elemental ha reclamado su conexión. El mundo ha recuperado un soplo de vida porque ella ha absorbido una fracción de la luz. —¿Está a salvo, Majestad? —preguntó su comandante de la guardia, un elfo de armadura de mithrilar. —Está viva, pero está rodeada de lobos que no tienen idea del tesoro que custodian. Son carniceros jugando con el corazón de la creación. Designen una comisión de élite. No iremos a negociar. Iremos a proteger la luz. Si esos alfas no se apartan, el bosque mismo reclamará sus cabezas. Pero la luz siempre proyecta sombras, y en el Reino Sombrío, la noticia fue recibida con una sed diferente. El Príncipe Valerius observaba el horizonte desde su balcón de obsidiana. Valerius, un vampiro de sangre pura cuya belleza era tan afilada como su crueldad, sintió el cambio en el aire. Para él, el retorno de la magia elemental no era esperanza, era una oportunidad. —Daemon Vane ha caído —anunció un sirviente, postrado en las sombras. Valerius soltó una carcajada melódica y gélida. —Daemon era un parásito sin visión. Me robó la Segunda Estrella y pensó que podría esconderla para siempre. Ahora los gemelos Craine la tienen. Creen que han ganado un trofeo, pero solo han comprado un boleto al infierno. Preparen el asedio. Quiero a esa loba elemental encadenada a mi trono y la estrella en mi corona. La sangre de un elemental es el único elixir que me falta probar, ojalá ella sea la respuesta a esta maldita sed que no se agota jamás. De vuelta en la torre, la puerta se abrió de nuevo. Esta vez no hubo la pesadez de Júpiter, sino una entrada silenciosa, casi líquida. Sebastián entró en la habitación. A diferencia de su hermano, que mantenía una distancia de respeto y sospecha, Sebastián se movió con una curiosidad casi infantil pero peligrosa. No había tenido la oportunidad de que el destino le favoreciera con una Compañera, no conocía los matices de la unión, y su naturaleza de Lobo de Sangre lo empujaba a buscar estímulos físicos ante la falta de olfato. Kaelin se mantuvo en el borde de la cama, rígida. El aroma de Sebastián la golpeó de lleno: sándalo, sangre fresca y una chispa de malicia eléctrica. Era un olor que la invitaba a rendirse, pero el trasfondo de dolor que emanaba de él era tan denso que la hacía querer llorar. Sebastián se acercó hasta quedar a centímetros de ella. Su mirada recorría cada detalle de su rostro como si intentara memorizarla a través de los ojos, ya que su nariz le fallaba. —Ojalá pudiera volver a oler —susurró Sebastián, y su voz no tenía la arrogancia de antes, sino una frustración genuina—. Ojalá no estuviera a ciegas aquí contigo. Siento que me estoy perdiendo la mitad de lo que eres. Él no entendía la etiqueta del espacio personal. Como lobo de sangre, el tacto era su enlace a la realidad. Extendió una mano y, con una lentitud que rozaba lo tortuoso, acarició el brazo de Kaelin, buscando el calor de su piel. No se daba cuenta de que cada milímetro de contacto era una invasión para ella, una sobrecarga de sensaciones que Kaelin intentaba contener tras sus labios sellados. De repente, Kaelin soltó un jadeo entrecortado. Fue un sonido involuntario, una mezcla de sorpresa y una respuesta física que no pudo reprimir. Sebastián se detuvo en seco, con los ojos muy abiertos. No sabía interpretar ese sonido; no sabía si ella estaba asustada, si le dolía o si, por el contrario, estaba sintiendo la misma atracción volcánica que él. —¿Qué fue eso? —preguntó él, su voz apenas un susurro. Kaelin decidió que era suficiente. Si ellos querían tocarla, sentirían lo que ella sentía. Decidió mostrarle a Sebastián lo mismo que le había mostrado a Júpiter: el peso de su agonía. Agarró la mano de Sebastián con fuerza, cerrando el circuito de energía. Esperaba que él retrocediera como lo había hecho Júpiter, abrumado por la visión de las estrellas colapsando y el dolor del mundo herido. Pero Sebastián no era Júpiter. Su sangre, acostumbrada a la violencia, al sufrimiento y al caos, absorbió el impacto. Sebastián no soltó su mano. Se quedó allí, de pie, con los ojos fijos en los de ella. Su mandíbula se tensó y una gota de sudor rodó por su sien mientras la energía de Kaelin recorría sus venas, pero no se movió. Se quedó en un silencio sepulcral, aguantando la tormenta elemental con una resistencia que desconcertó a Kaelin por completo. —Es esto... —dijo Sebastián con esfuerzo, su voz rasposa—. Es esto lo que llevas dentro. No es solo poder. Es un incendio, destrucción, dolor... Kaelin lo soltó, asustada por la falta de reacción de él. Había intentado alejarlo mostrándole su oscuridad, pero él la había abrazado sin parpadear. La invadió un miedo nuevo: no sabía si era por la seguridad de ellos o por la suya propia, pero necesitaba que se alejaran. El olor a dolor que emanaba de Sebastián, mezclado con su inesperada fortaleza, la estaba arrastrando hacia un abismo del que no podría salir. —Vete —dijo ella, y aunque era una sola palabra, llevaba el peso de una orden divina. Sebastián la observó por un largo momento. Por primera vez, el Lobo de Sangre parecía confundido. Se frotó la mano que todavía hormigueaba y, sin decir una sola palabra más, salió de la estancia. Kaelin se abrazó a sí misma, temblando. Cada vez que interactuaba con ellos, la estrella en su interior brillaba más fuerte, enviando vida a los elfos pero consumiendo su propia estabilidad. Si los gemelos no confesaban pronto la verdad sobre la estrella robada, si no entendían que su presencia allí era la causa de la muerte de Lyra y del fin de su mundo, ella terminaría por consumirse antes de que terminar su tarea.
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