El despacho privado de Nox no era un lugar de mando, sino un mausoleo de tecnología obsoleta. El aire estaba viciado, cargado con el olor agrio del ozono, el metal recalentado y una desesperación tan espesa que se podía saborear en la parte posterior de la garganta. Kaelin, con los párpados hinchados y la mirada endurecida por un fuego gélido, observaba el mapa holográfico de Sereton que parpadeaba sobre la mesa. La luz azulada de la proyección bañaba los rostros de Sebastián y Júpiter, dándoles un aspecto espectral, casi de otro mundo. —Si la cúpula cae, Sereton dejará de ser una ciudad para convertirse en una fortaleza de asedio —sentenció Sebastián. Sus manos, grabadas con cicatrices de mil batallas, se apoyaron con fuerza sobre la mesa de metal. La estructura gimió bajo su peso—. Mi

