El aire en la frontera de las Tierras Volcánicas ya no era aire; era una masa sólida de ceniza y calor que quemaba los pulmones con cada inhalación. El suelo, una costra de obsidiana y azufre, vibraba con el pulso de la tierra herida, un latido profundo que se sentía en las plantas de los pies como el rugido de una bestia despertando. Kaelin, todavía atrapada en el delirio sensorial de la Estrella de Fuego, se aferraba al cuello de Júpiter mientras él la cargaba. Sus dedos trazaban líneas imaginarias sobre la mandíbula del Alfa, y sus susurros cargados de deseo seguían siendo una tortura para los gemelos. —Tienen la piel tan caliente... —murmuraba ella, pasando la punta de su lengua por el lóbulo de la oreja de Júpiter—. Huele a madera quemada y a lluvia. Me gusta cómo se sienten cuand

