CAPÍTULO 18: EL ALIENTO DEL PLATA

1188 Words
El aire en la frontera de las Tierras Volcánicas ya no era aire; era una masa sólida de ceniza y calor que quemaba los pulmones con cada inhalación. El suelo, una costra de obsidiana y azufre, vibraba con el pulso de la tierra herida, un latido profundo que se sentía en las plantas de los pies como el rugido de una bestia despertando. Kaelin, todavía atrapada en el delirio sensorial de la Estrella de Fuego, se aferraba al cuello de Júpiter mientras él la cargaba. Sus dedos trazaban líneas imaginarias sobre la mandíbula del Alfa, y sus susurros cargados de deseo seguían siendo una tortura para los gemelos. —Tienen la piel tan caliente... —murmuraba ella, pasando la punta de su lengua por el lóbulo de la oreja de Júpiter—. Huele a madera quemada y a lluvia. Me gusta cómo se sienten cuando están enojados... el vínculo vibra como una cuerda de violín. De repente, una sombra inmensa eclipsó el sol carmesí. Un rugido que hizo temblar los huesos de todos los presentes descendió desde las nubes de ceniza. Un Dragón de Escamas de Obsidiana, de una envergadura colosal, aterrizó frente a ellos, levantando una nube de polvo volcánico que obligó a Júpiter y Sebastián a retroceder, protegiendo a Kaelin con sus propios cuerpos. El batir de sus alas desplazó el aire con la fuerza de un huracán, sofocando temporalmente el olor a azufre con un aroma a metal fundido. —¡Atrás, bestia! —rugió Sebastián, desenvainando su daga mientras Asura gruñía en su pecho, exigiendo permiso para saltar sobre el cuello del coloso. El dragón los observó con ojos que parecían soles fundidos, pupilas verticales que analizaban el alma de los intrusos. Tras un momento de tensión insoportable, la criatura empezó a encogerse. Las escamas se retrajeron con un sonido metálico, el fuego se disipó y, en medio del humo, surgió una figura humana. Era un hombre de una belleza insultante, con el cabello largo y liso como la plata líquida y una complexión física que haría dudar a cualquier guerrero. Estaba desnudo de torso para arriba, mostrando una musculatura tonificada y perfecta, marcada por runas de fuego que brillaban suavemente, como brasas bajo la ceniza. —Bienvenidos al Reino del Calor Eterno —dijo el hombre, su voz sonando como el ronroneo de un volcán en reposo. Sus ojos, preciosos y profundos, se clavaron de inmediato en Kaelin—. Soy Dracon, el Guardián de las Puertas y tú, pequeña loba, tienes un fuego en tu interior que me llama desde que cruzaste el valle. Dracon se acercó con una elegancia elegante, ignorando los gruñidos de advertencia de los gemelos. Se detuvo frente a Kaelin y, antes de que Júpiter pudiera apartarlo, tomó la mano de ella y depositó un beso lento y deliberado en sus nudillos, mirándola fijamente a los ojos. —Nunca he visto una Mujer Alfa tan exquisita —susurró Dracon, con una sonrisa coqueta que dejaba ver unos dientes perfectos—. Tu belleza hace que incluso el magma de mi hogar parezca frío. Sebastián soltó una carcajada amarga, llena de una frustración que ya no podía contener. Se pasó una mano por el cabello, mirando hacia el cielo como si buscara paciencia divina. —¿En serio? —exclamó Sebastián, con la voz cargada de exasperación—. ¿Primero el pez y ahora la lagartija? ¿Es que no hay un solo rincón en este mundo donde no aparezca un tipo "hermoso" con ganas de olisquear a nuestra mujer? Dracon ladeó la cabeza, su expresión pasando de la seducción a una curiosidad genuina. Miró a Caspian, el Rey Tritón, que observaba la escena con una ceja levantada. —¿Lagartija? —preguntó Dracon a Caspian con un tono extrañado—. ¿Qué es una lagartija? Caspian se encogió de hombros, soltando un suspiro de resignación mientras ajustaba su capa. —No lo sé —respondió el tritón con desgana—. A mí me dicen pez, creo que los lobos son un poco lentos de mente. La posesividad les nubla el juicio y empiezan a ponernos nombres de animales pequeños; Es un mecanismo de defensa, supongo. Dracon soltó una risa melodiosa, volviendo su atención a Kaelin, quien en su confusión le devolvía la sonrisa. —Cabello de plata... —murmuró ella, extendiendo una mano para acariciar los mechones plateados del guardián—. Es tan suave. Júpiter, ¿viste? Es como la luna atrapada en un hombre. Es tan lindo. Júpiter apretó la mandíbula con tanta fuerza que sus músculos se marcaron como cuerdas de acero. La posesividad lo estaba asfixiando. La agotadora tarea de mantener a raya a cada rey que se cruzaba en su camino estaba empezando a mermar su paciencia. Valerius, que se mantenía en la retaguardia observando cómo el cielo empezaba a oscurecerse con una energía púrpura antinatural, intervino con una seriedad que rompió el momento de coqueteo. —Basta de exhibiciones, dragón. El Hechicero Obscuro nos pisa los talones. Kaelin, escúchame bien: debes consumir la tercera estrella de inmediato. El sigilo que Elowen detectó se está desvaneciendo gracias al calor de Dracon, pero no durará. El Rey Hechicero es un hombre rencoroso y obsesivo, si no te haces dueña del fuego ahora, él usará el vínculo del robo para arrastrarte a su reino. —Dudo que un anciano pueda pasar por estás puertas— con orgullo Dracon exclamó. No es un anciano decrépito, Dracon. Es un Rey joven, fuerte y con una belleza que solo es superada por la podredumbre de su alma. —Kaelin, escucho a Valerius, y un dejo de tristeza apareció en su semblante— Mientras tanto, en el Reino de las Brujas, el Rey Hechicero golpeó su trono de obsidiana. Se puso en pie, revelando una figura imponente. Su rostro era una obra maestra de facciones afiladas y ojos que eran pozos de oscuridad. Su belleza era gélida, letal, la clase de atractivo que atrae a las polillas a la llama. —Se ha ido —siseó el Hechicero, sintiendo el vacío donde antes estaba su sigilo—. Me has robado dos veces, Kaelin Blackvane. Primero mi estrella, y ahora mi rastro. No importa..., deja que los lobos te protejan, deja que el dragón te adore. Cuanto más poder acumules, más dulce será el momento en que te convierta en mi reina de ceniza. Te quiero viva, pero te quiero rota, pagarás, te juro que pagarás. De vuelta en las Tierras Volcánicas, Dracon miró a Valerius y luego a la Mujer Alfa. Su expresión coqueta desapareció, reemplazada por una determinación feroz. —El vampiro tiene razón. El fuego busca a su dueña, Kaelin, si sobrevives a la Tercera Estrella, te guiaré hacia el corazón del volcán. Pero prepárate... porque después de hoy, ya nada volverá a ser frío en tu vida. Júpiter abrazó a Kaelin con más fuerza, su mirada desafiando a Dracon, a Valerius y al destino mismo. —Ella sobrevivirá —sentenció Júpiter—. Porque nosotros somos sus pilares y compañeros y nadie, ni un hechicero ni un dragón, va a arrebatárnosla.
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