El aire en la base de la fortaleza de Sereton no olía a magia; olía a supervivencia desesperada. El grupo se hallaba agazapado en el límite del perímetro de seguridad, donde el suelo dejaba de ser roca natural para convertirse en una amalgama de cemento y sensores de presión. Sobre ellos, el Escudo de Nox zumbaba con una frecuencia que hacía que los dientes de los lobos vibraran. Elowen, con el rostro perlado de sudor, extendió sus manos, intentando tejer un círculo de ocultamiento que los envolviera a todos. Sin embargo, en cuanto sus dedos trazaron la primera runa de luz, una chispa azulada saltó del escudo y deshizo el hechizo con un chasquido eléctrico. El Rey Blanco retrocedió, sus manos temblando. —El escudo... absorbe la frecuencia de mi magia —jadeó Elowen—. Es como intentar ence

