CAPÍTULO 2: EL PRECIO DEL HIELO Y LA PLATA

1263 Words
El asedio a la fortaleza de la Manada Ónix de Hierro no fue una batalla; fue una carnicería ejecutada con la precisión de un verdugo. Mientras el solsticio de invierno empezaba a nublar los sentidos de los lobos comunes, Sebastián y Júpiter Craine avanzaban como dioses de la destrucción sobre la nieve ensangrentada. La leyenda de los gemelos no era una exageración de taberna. Sebastián, en su forma de Lobo de Sangre, era una pesadilla carmesí que se movía con una velocidad que desafiaba la vista. No necesitaba morder; su sola presencia parecía hacer que la sangre de sus enemigos hirviera dentro de sus venas antes de que sus garras les abrieran el pecho. Era un linaje casi extinto, una anomalía genética que infundía un terror primario: un solo Lobo de Sangre podía aniquilar a una manada entera si se dejaba llevar por la sed. A su lado, Júpiter, el Lobo Huargo, era la definición de la fuerza bruta. Su tamaño duplicaba al de cualquier alfa convencional. Con su pelaje gris oscuro y ojos que brillaban como carbones encendidos, Júpiter no peleaba, él demolía. Cada golpe de sus patas delanteras quebraba costillas; cada vez que sus mandíbulas se cerraban sobre el cráneo de un defensor del Ónix de Hierro, el sonido del hueso pulverizándose resonaba por encima de los gritos de guerra. Era una fuerza sobrehumana capaz de aplastar a un lobo en plenitud de luna llena como si fuera una rama seca. Juntos, eran el fin de los tiempos, juntos eran la perdición de sus enemigos. —¡Daemon! —el rugido de Júpiter hizo vibrar las murallas de la fortaleza—. ¡Sal y muévete como el cobarde que eres! ¡He venido a cobrar la deuda de Lyra! Dentro de la Ciudadela de Hielo, el pánico se propagaba. Los lobos de Daemon, debilitados por la maldición invernal que les robaba el olfato, no podían anticipar por dónde vendrían los ataques. Solo sentían el hedor a muerte y el frío antinatural que emanaba de Sebastián y de Júpiter. Daemon Vane, oculto en el salón del trono, apretaba los puños. Su marca de compañero, la que le pertenecía a Kaelin pero que él portaba como un escudo robado, palpitó en su cuello. Él nunca la había marcado a ella. Nunca se había unido carnalmente a Kaelin, temiendo que el poder de la estrella que ella albergaba en su alma se filtrara en él de forma agónica. Daemon era un parásito que quería el prestigio de tener a una Loba Elemental —seres casi extintos, cazados durante siglos por su conexión con las estrellas de la diosa Selene— sin pagar el precio del dolor que conlleva amarla. —Señor, han roto la puerta sur —anunció Krixus, el Beta de Daemon, con el rostro pálido—. El Lobo de Sangre... ha masacrado a la guardia de élite en segundos. —¡Preparen a los hombres! —ordenó Daemon, aunque sus ojos delataban su miedo—. ¡Usen la plata! ¡Si vienen por su "tesoro", les daré cenizas! Mientras arriba el mundo se desmoronaba, en lo más profundo de las mazmorras, Kaelin escuchó el primer estruendo. El suelo vibró bajo sus pies descalzos. "Algo está pasando, Galatéa" susurró internamente. Su loba interior, la majestuosa loba blanca de patas plateadas, se puso en guardia dentro de su mente. Los ojos púrpuras de Galatéa brillaron con una intensidad que Kaelin no había sentido en meses. No era el miedo lo que sentía Kaelin, era una extraña electricidad en el aire. El ambiente apocalíptico de la celda, cargado con el olor a óxido y plata, fue interrumpido por un aroma nuevo que empezó a filtrarse por las grietas de la puerta de hierro. Un aroma que su instinto elemental reconoció antes que su mente: ozono, tormenta y una ferocidad que le hizo erizar la piel. La puerta de la mazmorra voló por los aires, arrancada de sus bisagras por un impacto colosal. Júpiter entró primero, rodeado de una estela de vapor caliente que emanaba de su cuerpo transformado parcialmente. Sus manos aún eran garras, y su rostro estaba salpicado de la sangre de los guardias de Daemon. Sebastián lo seguía de cerca, con una sonrisa gélida que prometía sufrimientos peores que la muerte. Ambos se detuvieron en seco. Esperaban encontrar a la "Luna" de Daemon en una habitación de lujo, rodeada de sirvientes, ocultando el secreto de su poder. Esperaban encontrar a la mujer que Daemon amaba para usarla como moneda de cambio para su tortura. En su lugar, encontraron a una mujer alta y delgada, con el cabello n***o como el ala de un cuervo cayendo hasta su cadera, atada de pies y manos a la pared de piedra. Las cadenas de plata siseaban contra sus muñecas, y el alambre de púas se enroscaba en su cuerpo como una enredadera de espinas metálicas. Júpiter sintió un latigazo de algo que no pudo identificar. No era lástima —él no tenía espacio para eso—, era una furia ciega al ver que el hombre que había matado a su Lyra por "venganza" trataba a su propia compañera de esa forma. —¿Esta es la gran Luna del Ónix de Hierro? —la voz de Sebastián sonó como una lija sobre metal. Se acercó a Kaelin, observando la marca púrpura que atravesaba su mejilla derecha. No era una cicatriz, era una firma divina—. Mira esto, Júpiter. Es una elemental. Daemon no la atesora... la está drenando seguramente. Kaelin levantó la vista. Sus ojos azules se encontraron con los grises de los gemelos. No había súplica en ellos, solo una calma sobrenatural, una frialdad que los descolocó. A pesar de estar encadenada y sangrando, ella los miraba como si ellos fueran los prisioneros. —Sáquenla de aquí —gruñó Júpiter, su lobo huargo rascando la superficie de su control—. No le quiten las cadenas. Si Daemon la quiere, se la devolveremos en la arena. Pero no será un rescate. Será su ejecución pública. Júpiter estaba convencido de que ella era parte del juego de Daemon. Su mente, nublada por el duelo y la rabia, no podía ver más allá del apellido Vane. Quería que Daemon viera a su hembra humillada antes de morir. Sebastián se acercó para desenganchar las cadenas de la pared, pero al rozar accidentalmente la piel de Kaelin, una descarga de energía violeta saltó entre ellos. Sebastián retrocedió, sus ojos de Lobo de Sangre brillando con sorpresa. —Es peligrosa —advirtió Sebastián, recomponiéndose—. Incluso encadenada con plata, su energía es... inestable. —Dámela —dijo Júpiter, cargando a Kaelin sin delicadeza sobre su hombro. El contacto con el alambre de púas de la joven manchó su propia piel, pero él no se inmutó—. Llevémosla al Coliseo de la Ciudadela. Mañana, frente a toda la manada, Daemon verá cómo su tesoro se convierte en su perdición. Kaelin no luchó. No dijo una palabra. Mientras Júpiter la sacaba de la celda, ella cerró los ojos. Por un segundo, el aroma de los gemelos —ese olor a madera quemada y lluvia ácida— la envolvió de tal forma que su corazón dio un vuelco involuntario. Pero ella enterró esa sensación bajo una capa de hielo. Eran enemigos. Eran los carniceros que habían venido a terminar el trabajo de Daemon. No sabía que ellos eran su destino. No sabía que en menos de veinticuatro horas, ella misma se encargaría de darles la mayor sorpresa de sus vidas en la arena de combate.
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