El viaje hacia las Tierras Volcánicas se convirtió rápidamente en un descenso al delirio. A medida que dejaban atrás los límites de Sangre de Ónice, el paisaje comenzó a transformarse en una extensión de roca negra y aire pesado que vibraba con una electricidad estática casi insoportable.
Sin embargo, el verdadero incendio no estaba en el horizonte, sino en el centro del grupo.
Kaelin ya no caminaba con la firmeza de la Mujer Alfa que había desafiado a Valerius. Su paso era errático, sus mejillas lucían un carmín febril y sus ojos, antes claros como el cielo de invierno, ahora estaban nublados por un vapor dorado.
La Estrella de Fuego, al detectar la proximidad de su elemento natural, había empezado a latir en sincronía con el pulso de Kaelin, fundiendo la magia con su propia libido de loba. Para ella, la realidad se había desdibujado; las sombras de los árboles parecían caricias y el susurro del viento era una invitación constante a la entrega.
—Tengo tanto calor... —murmuró Kaelin, llevándose una mano al escote de su túnica de seda. Con dedos torpes y ansiosos, tiró de la tela hasta que los bordes de sus senos quedaron expuestos al aire frío de la tarde.
Sus suspiros eran pesados, cargados de una necesidad que no encontraba fondo.
Júpiter, que caminaba a su derecha, sintió que su propia sangre hervía.
Intentó mantener la mirada fija en el camino, pero el olor de Kaelin —una mezcla embriagadora de jazmín quemado, sudor dulce y deseo puro— estaba destrozando las defensas de Fenrir.
—Kaelin, mantén la ropa en su lugar —dijo Júpiter con la voz rasgada, aunque su mano, al intentar ayudarla a cubrirse, terminó rozando la piel ardiente de su hombro. El contacto fue como una descarga eléctrica que le recorrió la columna vertebral.
Kaelin soltó una risita suave, una nota musical que Júpiter nunca le había escuchado. Se giró hacia él, tambaleándose, y hundió sus dedos en el cabello oscuro y rebelde del Alfa.
Sus ojos estaban fijos en sus labios con una intensidad que rozaba lo sagrado.
—¿Por qué eres tan serio, Júpiter? —susurró ella, pegando su cuerpo al suyo.
Sus pechos subían y bajaban con fuerza contra el pecho del guerrero—. En mi sueño, no usabas tantas palabras. En mi sueño, me tenías contra la pared y no me dejabas respirar.
Me encanta cuando te pones así de posesivo... eres tan guapo cuando crees que el mundo te pertenece, pero más cuando me miras como si yo fuera tu único mundo.
Sebastián, al otro lado, soltó un gruñido que fue puro instinto de posesión. La vio acariciar a su hermano y sintió una punzada de envidia que casi le nubla el juicio, pero entonces Kaelin extendió su otra mano hacia él, atrapándolo por la nuca con una fuerza sorprendente.
—Tú también estabas allí, Sebastián —continuó ella, confundiendo la realidad con las visiones que la estrella proyectaba en su mente—.
Los dos estaban conmigo. No puedo elegir, ¿sabes? Me gusta la forma en que tus ojos ámbar parecen quemarme antes de que tus manos me toquen. Eres tan hermoso, Sebastián... tienes esa sonrisa de pecado que me hace querer olvidarlo todo. ¿Por qué se detienen ahora?
—Kaelin, no sabes lo que dices. Estás bajo el efecto de la estrella o este maldito calor—advirtió Sebastián, aunque sus manos ya se habían posado en la cintura de ella, apretando la carne con una firmeza que delataba su propia falta de control.
—Sé exactamente lo que siento —replicó ella, y antes de que alguno pudiera reaccionar, Kaelin capturó los labios de Júpiter en un beso hambriento.
Fue un beso que supo a fuego y a una necesidad largamente reprimida. Kaelin se aferró a él como si Júpiter fuera el único punto de anclaje en un universo que se desmoronaba. Sus dedos se enterraron en su nuca, tirando de él con desesperación. Júpiter se tensó, luchando por un segundo contra la cordura, pero cuando la lengua de Kaelin buscó la suya con esa confianza descarada, el primer beso de ambos, en la realidad, el muro de contención se rompió.
Sus brazos la rodearon, levantándola del suelo para pegarla más a él, mientras Sebastián, incapaz de quedarse como un simple espectador, comenzó a besar el cuello de Kaelin, dejando marcas de propiedad que ella recibía con gemidos de puro placer.
—Son tan perfectos —jadeó Kaelin entre besos, mirando a ambos con una adoración que les desgarraba el alma—. Júpiter, con esa mandíbula de acero y esa mirada que parece que va a devorarme... y tú, Sebastián, con esa luz en los ojos que me promete que el caos será divertido. Los quiero a los dos y los quiero ahora.
Elowen, que marchaba unos metros por delante junto a Caspian, se detuvo en seco. El elfo no necesitaba girarse para saber qué estaba ocurriendo; el aire mismo vibraba con la energía s****l del trío, una frecuencia tan alta que empezaba a distorsionar la magia de ocultación que él mismo había tejido.
Pero algo más le preocupaba. Sus dedos rozaron el aire, trazando una runa de detección que empezó a brillar con un color verde enfermo y palpitante.
—¡Detenganse ahora ! —ordenó Elowen, su voz cortando el ambiente como un látigo de hielo—. ¡Júpiter, Sebastián, suéltenla ahora mismo!
Los gemelos se separaron a regañadientes, sus ojos todavía inyectados en un ámbar salvaje y sus pechos subiendo y bajando por el esfuerzo de contener a sus lobos interiores. Kaelin, con los labios hinchados, las mejillas encendidas y el cabello desordenado, se apoyó en el pecho de Júpiter, mirándolos a todos con una sonrisa de absoluta embriaguez.
—No hay tiempo para juegos de apareamiento —sentenció Elowen, acercándose a Kaelin con una seriedad que heló el ambiente—. El Rey Hechicero no solo te está buscando, Kaelin. Detecto algo inusual, y estoy seguro que ha dejado un sigilo oculto en la energía de la Primera Estrella.
Se está alimentando de tu calor para rastrearnos, cada vez que pierdes el control, cada vez que tu pulso se acelera por el deseo y tu sangre clama por ellos, le estás enviando una señal de humo en la oscuridad. Eres un faro para su oscuridad.
Caspian miró a Kaelin, y por primera vez, su mirada no era de lascivia, sino de una preocupación profunda y real. El Rey Tritón entendía de pasiones, pero también entendía de depredadores antiguos.
—El elfo tiene razón, el rastro es cada vez más fuerte. Si no llegamos a las Tierras Volcánicas pronto, donde el calor natural de los Dragones y los Vulcanos pueda camuflar tu energía estelar y estabilizarla, el Hechicero nos encontrará antes de que veas el primer volcán y créeme, no querrás estar en sus manos cuando él decida reclamar su "propiedad".
Júpiter apretó la mandíbula, mirando a Kaelin. Ella ahora le pasaba la lengua por la palma de la mano de forma juguetona, trazando sus cicatrices con la punta de su lengua caliente, ignorando por completo la advertencia mortal de Elowen.
Kaelin no estaba allí; estaba atrapada en un paraíso sensorial donde solo existía el tacto, el sabor de la piel y el calor abrasador de sus hombres.
—Tenemos que cargarla —dijo Júpiter, su voz recuperando la autoridad del Alfa—. Si la dejamos caminar, se perderá en sus propias visiones y no avanzaremos ni un kilómetro.
Sebastián asintió, aunque sus ojos no dejaban de recorrer el cuerpo de Kaelin con un hambre voraz.
—Yo la llevo primero. Pero no esperes que me mantenga indiferente si ella sigue haciendo lo que está haciendo, no somos de piedra, Elowen. Mi lobo está a punto de romper la correa por ella.
—Hagan lo que deban, pero muévanse —respondió el elfo, volviendo a la vanguardia con una urgencia renovada que rayaba en la desesperación.
Sebastián cargó a Kaelin en su espalda, pero ella no se quedó tranquila. Sus manos empezaron a deslizarse bajo la ropa del lobo de sangre, acariciando los músculos tensos de su pecho y abdomen, mientras sus besos se repartían entre su oreja y su hombro.
—Eres tan fuerte, Sebastián —susurró ella contra su oído, enviando escalofríos por todo el cuerpo del guerrero—. Me encanta sentir cómo tus músculos se mueven bajo mi tacto. Tienes un cuerpo hecho para el combate, pero también para el placer... me vuelve loca pensar en lo que estas manos pueden hacerme cuando dejes de resistirte.
Sebastián cerraba los ojos, soltando jadeos que intentaba disfrazar de fatiga, mientras Júpiter caminaba a su lado, sintiendo la envidia y el deseo quemándolo por dentro como ácido, ese beso real significó mucho más de lo que pudiera pensar.
De vez en cuando, Júpiter le tomaba la mano a Kaelin para intentar calmarla, pero ella solo tiraba de él, obligándolo a inclinarse para besarla con una pasión que lo dejaba sin aliento.
—Y tú, mi Alfa silencioso —le decía Kaelin a Júpiter, acariciando su rostro mientras Sebastián la cargaba—, me gusta esa oscuridad que guardas en tus ojos. Eres tan guapo cuando intentas ser noble, pero sé que por dentro eres una tormenta. Me gusta cómo me sostienes, como si fuera lo más valioso y lo más prohibido a la vez, ojalá no estuvieras triste todo el tiempo, porque duele mucho.
Era una procesión de pecadores bajo el cielo que empezaba a teñirse de rojo. Los gemelos aprovechaban cada momento en que Elowen no miraba para reclamar pequeños territorios de la piel de Kaelin, besándola con una posesividad que rozaba lo prohibido.
Se turnaban para cargarla, sintiendo el peso de su cuerpo caliente contra el suyo, una tortura que aceptaban con una mezcla de agonía y éxtasis.
Kaelin seguía con su letanía de elogios, describiendo cada detalle que amaba de ellos: la curva de sus hombros, el tono de sus voces cuando gruñían su nombre, la seguridad que sentía cuando estaba entre ambos. En su mente, ellos eran sus reyes, sus amantes y sus salvadores, y no entendía por qué el mundo exterior seguía intentando interferir en su idilio de fuego.
—No se detengan... —susurraba ella, con los ojos entrecerrados—. Digan que soy suya, digan que no me dejarán ir.
—Eres nuestra, Kaelin —murmuró Júpiter al oído de ella, rompiendo su propia regla de distanciamiento—. Siempre lo has sido, siempre lo serás.
El horizonte empezaba a vibrar con el calor real de las Tierras Volcánicas. Las cumbres de los volcanes se perfilaban en la distancia como gigantes dormidos, prometiendo salvación y, al mismo tiempo, un calor que terminaría de consumir lo poco que quedaba de la cordura de la Alfa.
El camino hacia el Reino de los Dragones estaba abierto, pero el precio de llegar sería la entrega total al instinto que los tres habían intentado frenar.
A medida que el sol se ocultaba, el sigilo en la espalda de Kaelin brilló con una intensidad verde esmeralda que ninguno de ellos notó. El Rey Hechicero ya no solo los seguía; estaba saboreando cada una de las emociones de Kaelin, alimentándose de su deseo para fortalecer el puente que lo llevaría directamente hacia ella.
La tormenta de fuego estaba por desatarse, y en el centro de ella, Kaelin Astrea Solaris Blackvane seguía perdida en los brazos de sus lobos, amándolos con la intensidad de una estrella que está a punto de explotar.