El chillido de la Furia cortó el aire como un cristal roto, un sonido tan agudo que pareció vibrar directamente en la médula ósea de los presentes. Aquel no era un ataque desordenado; era una ejecución coordinada. La primera oleada de criaturas descendió en un ángulo imposible desde los riscos, una masa de plumas negras, garras de bronce y ojos inyectados en un odio milenario. Pero antes de que la primera de ellas pudiera siquiera rozar el aura plateada de la loba, un muro de músculo, cicatrices y furia ciega se interpuso. Sebastián, con Asura rugiendo en sus venas, interceptó a la bestia en pleno vuelo. No usó armas; usó sus manos desnudas, transformadas parcialmente en garras de lobo de sangre. El impacto fue seco y visceral. Sebastián hundió sus dedos en el pecho de la Furia, arran

