CAPÍTULO 13: EL TRIBUTO DE LA UNIDAD

1825 Words
El chillido de la Furia cortó el aire como un cristal roto, un sonido tan agudo que pareció vibrar directamente en la médula ósea de los presentes. Aquel no era un ataque desordenado; era una ejecución coordinada. La primera oleada de criaturas descendió en un ángulo imposible desde los riscos, una masa de plumas negras, garras de bronce y ojos inyectados en un odio milenario. Pero antes de que la primera de ellas pudiera siquiera rozar el aura plateada de la loba, un muro de músculo, cicatrices y furia ciega se interpuso. Sebastián, con Asura rugiendo en sus venas, interceptó a la bestia en pleno vuelo. No usó armas; usó sus manos desnudas, transformadas parcialmente en garras de lobo de sangre. El impacto fue seco y visceral. Sebastián hundió sus dedos en el pecho de la Furia, arrancando un grito de agonía mientras ambos rodaban por el suelo pedregoso en una danza de violencia cruda. —¡Kaelin, ahora! —rugió Júpiter, desenvainando su espada de acero n***o. Su lobo interior, Fenrir, estaba erizado, sus sentidos de Alfa Huargo, feroz, fatal, detectando el siseo de las sombras que se cerraban sobre ellos—. ¡No dejes que te rodeen! Kaelin Astrea Solaris Blackvane cerró los ojos y conectó con el núcleo de poder que latía bajo sus costillas. La Segunda Estrella de Agua respondió al instante, enviando una descarga de energía gélida que hizo que el aire a su alrededor se condensara en una neblina azulada. Sin embargo, el esfuerzo de contener tal magnitud de energía elemental empezó a agrietar su resistencia física. Un pequeño hilo de sangre brillante, como mercurio líquido, escurrió por su labio inferior. —¡Aura de las Profundidades! —exclamó Kaelin, extendiendo sus manos. Una onda expansiva de energía zafiro barrió el campo de batalla, pero la presión fue excesiva. Kaelin sintió que sus pulmones se colapsaban bajo el peso de un océano invisible. En ese mismo instante, a varios metros de distancia, Júpiter se dobló por la mitad con un quejido ahogado. Sintió un peso insoportable aplastando su caja torácica, exactamente igual a lo que Kaelin estaba experimentando. Sebastián, que acababa de decapitar a otra Furia, jadeó mientras sus propios pulmones ardían como si hubiera tragado fuego líquido. —¡Es demasiada carga para ella sola! —gritó Elowen, el Rey Blanco, dando un paso al frente. Ya no podía permitirse ser el observador pasivo y analítico, era como si su naturaleza clamara por intervenir; Sus manos se movieron con una elegancia letal mientras tensaba su arco de madera de ébano con platas de oro y fuego—. ¡Caspian, ayuda a los pilares o el circuito se romperá antes de que la estrella se asiente! Caspian, el Rey Tritón, soltó una carcajada que sonó como el rugido de una marea rompiendo contra las rocas. Al salir del agua, su belleza era intimidante, pero en la batalla, su presencia era aterradora. Blandió su tridente de coral n***o, y el agua que cubría el suelo del valle —un rastro de la inundación de la Ciudadela— respondió a su mando, como si cada gota de la atmósfera obedeciera con el sonido de su respiración. —¡Déjame mostrarte cómo baila el océano, hermosa Loba Elemental! —gritó Caspian. Con un movimiento circular de su tridente, Caspian creó un anillo de agua giratoria alrededor de Kaelin, Júpiter y Sebastián. No era solo defensa; el agua de Caspian actuaba como un conductor hidrodinámico, que al tocar el agua del Rey Tritón, la energía excedente de la estrella que estaba matando a Kaelin encontró un nuevo camino. Caspian gruñó, sus músculos tensándose bajo su armadura de escamas mientras absorbía parte de la vibración elemental, ayudando a los gemelos a estabilizar el flujo. —¡Sujétenla bien, lobos! —advirtió Caspian, con los ojos brillando en un turquesa eléctrico—. ¡Porque voy a abrirles camino! Mientras Caspian controlaba la marea defensiva, Elowen se convirtió en un borrón de luz blanca. Sus flechas no eran proyectiles físicos, sino fragmentos de luz solar purificada que silbaban a través del aire, atravesando las alas de las Furias con una precisión quirúrgica. Elowen se movía entre las sombras de Valerius como un espectro de justicia a una velocidad sobrenatural y asombrosa. —¡Valerius, tu oscuridad es un insulto a la creación! —sentenció Elowen, lanzando tres flechas simultáneas que estallaron en el aire, creando destellos cegadores que quemaban la retina de las Furias. Elowen llegó al lado de Kaelin y, mientras disparaba, colocó una mano en el hombro de la loba. Una corriente de calma élfica, una magia de estructura y orden, fluyó hacia ella, la sincronía de cada uno de ellos era magnífica. —No intentes dominarla, Kaelin —le susurró Elowen al oído, su voz clara en medio del estruendo—. Conviértete en el cauce, deja que Fenrir y Asura carguen con el peso de la piedra, mientras Caspian y yo mantenemos el flujo. Kaelin asintió, su mirada encontrándose con la de Júpiter; El Alfa Huargo estaba de rodillas, con las manos enterradas en la tierra, sus venas resaltando como cuerdas bajo su piel. Fenrir estaba recibiendo la presión física de la estrella, el dolor de los huesos de Kaelin rompiéndose y soldándose en segundos. Júpiter miró a Kaelin y, a pesar de la agonía, una sonrisa feroz cruzó su rostro. Él era el muro, él era el soporte, el pilar en el que podía confiar. —¡Dame más, Galatéa! —rugió Júpiter, llamando a la loba interior de Kaelin—. ¡Puedo aguantar todo el peso del cielo si es necesario para que sigas en pie, mi preciosa compañera! Valerius, observando la intervención de los otros reyes desde su risco, siseó con asombro, fascinación y una furia descontrolada. Sus aliados, las Furias y los Gigantes que acechaban en la profundidad del valle, no estaban logrando romper el círculo. Con un gesto lleno de resentimiento y envidia, Valerius llamó a la Matriarca de las Furias, una criatura de tres cabezas y envergadura colosal. —¡Mátenlos a todos! —ordenó el vampiro—. ¡Especialmente al elfo, sin el el balance se termina! La Matriarca descendió como un meteorito oscuro. Elowen reaccionó de inmediato, creando un escudo de luz sólida, pero el impacto fue tan fuerte que lo lanzó hacia atrás. Caspian rugió y lanzó su tridente, que se transformó en un proyectil de agua a alta presión, atravesando una de las alas de la Matriarca, pero la bestia era demasiado resistente y terca, pretendía dar una batalla. Fue entonces cuando el vínculo entre el trío Alfa alcanzó su punto crítico; Kaelin, viendo a Elowen caer y a Caspian luchar por mantener el anillo de agua, extendió sus manos hacia Júpiter y Sebastián. —¡Cierren el círculo! —gritó ella. Sebastián dejó de desgarrar enemigos y corrió hacia ella, tomando su mano izquierda, Júpiter, poniéndose en pie con un esfuerzo sobrehumano, tomó la derecha. En el momento en que sus pieles se tocaron, la realidad pareció detenerse. No hubo gritos ni dolor agónico, hubo una explosión de silencio blanco. La energía de la estrella de agua fluyó a través de Kaelin hacia los gemelos, y de ellos regresó a ella, creando un circuito perfecto de poder y resistencia. El dolor seguía ahí, era una carnicería interna, pero ahora era una carga compartida, en balance; Júpiter sentía los latidos del corazón de Kaelin como si fueran los suyos; Sebastián sentía la sed de justicia de Galatéa ardiendo en Asura. —¡Tsunami de Almas! —la voz de Kaelin no era humana; era la voz de la marea misma. Una columna de agua purificada y poder estelar emergió del suelo, formando una cúpula que se expandió a una velocidad increíble. Las Furias que fueron alcanzadas por la onda expansiva no solo murieron; sus esencias fueron purgadas de toda vileza, disolviéndose en el aire como vapor. Caspian dirigió la energía con su tridente, asegurándose de que la inundación no afectara a sus aliados, mientras Elowen, recuperado, lanzaba una última salva de flechas que sellaron el destino de la Matriarca. Cuando la luz se desvaneció, el valle estaba sembrado de restos de bronce y plumas negras. Kaelin se desplomó, pero antes de tocar el suelo, los fuertes brazos de Júpiter la rodearon. Sebastián se dejó caer a su lado, jadeando, con la frente apoyada en el hombro de Kaelin. Caspian se acercó, apoyando su tridente en el suelo, sus manos temblaban ligeramente por el esfuerzo de canalizar tanta energía ajena. Miró al trío con un asombro que ya no podía ocultar tras su máscara de arrogancia. —Son un solo ser dividido en tres cuerpos —murmuró el Rey Tritón—. Nunca había visto una magia tan... absoluta, el balance perfecta sincronía. Elowen se acercó con paso elegante, aunque su túnica blanca estaba manchada de sangre oscura. Miró a Júpiter, quien sostenía a Kaelin con una ternura que contrastaba con su naturaleza violenta. —Lo han logrado —dijo Elowen suavemente—. Han sobrevivido a la segunda estrella, pero miren hacia adelante, ésto aún no termina. Desde la profundidad del valle, un rugido sordo hizo que las piedras de los riscos empezaran a desprenderse. Un pie del tamaño de una casa se estrelló contra el suelo a unos cientos de metros, creando una onda de choque que los hizo tambalear. La sombra de un Gigante de Tierra, imbuido con la magia oscura de las Furias, se proyectó sobre ellos. Su piel era de roca volcánica y sus ojos ardían con el fuego del centro de la tierra. Júpiter miró a Kaelin, limpiando la sangre de su frente con su pulgar. La culpa por la muerte de Lyra y su bebé volvió a azotar su mente por un instante —ese miedo a no poder proteger lo que amaba—, pero al ver la determinación en los ojos azules de la Alfa Solaris, el miedo se transformó en una promesa de acero. —Él no pasará por encima de nosotros —dijo Júpiter, su voz resonando con el poder de Fenrir—. No hoy, nadie te podrá lastimar. Sebastián se puso de pie, con una sonrisa sangrienta, mientras Asura reclamaba su lugar en la vanguardia. —Todavía tengo un poco de espacio para más dolor —dijo Sebastián, mirando al Gigante—. Y creo que a ese montón de rocas le vendría bien un poco de caos. Kaelin, apoyada en sus dos pilares, agotada, pero con una determinación de fuego, miró al Gigante y luego a sus aliados. Elowen preparó una flecha de luz pura; Caspian levantó su tridente, llamando a lo que quedaba de la humedad en el aire. Estaban rotos, exhaustos y marcados por el sacrificio, pero por primera vez en milenios, las razas estaban unidas tras la estirpe de la Luna Plateada. La batalla por la tercera estrella acababa de comenzar.
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