— Buenos días dormilón, o quizá debería decir BUENAS TARDES — le dijo una voz cantarina cerca de su oído mientras abría los ojos. La cabeza le dolía como si le hubieran dado un mazazo. Abrió los ojos lentamente y allí la vio, reluciente, sonriendo e inclinada sobre él. Tenía un pequeño camisón de seda y olor a limpio. — ¿Qué hora es? — le preguntó confundido. — Me parece que es hora de que te levantes — dijo ella y tocó con su índice la punta de su nariz de forma graciosa. — Me duele mucho la cabeza — murmuró él y se tocó la frente con las manos. Gia se levantó de un salto y fue por medicinas, luego volvió y le dio unas píldoras con un vaso de agua. Peyton alzó una de sus cejas interrogante y ella suspiró. — Hombre desconfiado, no son veneno...las dejó el médico, que por c

