Tiempo después me di cuenta que esa noche la sirena entró por la escotilla del internado que se dirigía hacia el mar y caminó por los pasillos solitarios. El internado era grande, tenía decenas de habitaciones a los lados de un inmenso y ancho pasillo. Cada habitación tenía unos dos camarotes, para cuatro chicas, aunque en la realidad había tan pocas sirenas que ocupaban la mitad del espacio. El pasillo finalizaba en una bifurcación, al lado derecho estaba la cocina y la oficina principal, del lado izquierdo estaban los salones de clase, el baño y en el fondo, la escotilla que dirigía al océano. Se había secado un poco antes de entrar, pero caminaba por el pasillo dejando un rastro de gotas de agua. Mientras rogaba que el agua salada no le tocara las piernas y le hicieran salir la cola,

