Había olvidado lo que se sentía hacer algo tan simple como elegir fruta sin que alguien me observara de cerca.
El supermercado estaba casi vacío. Un par de mujeres recorrían los pasillos al igual que yo. Nada fuera de lo normal. Empujé la canasta despacio, verificando que los cupones en la pulsera de control que me dio el Estado siguieran activos. Lo estaban.
Eso, aunque pequeño, era una victoria.
Me permitía estar ahí. Moverme. Tomar decisiones mínimas sin pedir permiso. No era libertad, pero se parecía lo suficiente como para engañar al cuerpo.
Me incliné para tomar unas manzanas cuando algo golpeó suavemente el metal de la canasta.
—Olvidaste esto.
Me giré.
Ekaterina sostenía una lata de atún entre los dedos. La funcionaria del programa de vinculación. Su postura era recta, su expresión amable. Correcta. Demasiado correcta, como si cada gesto hubiera sido ensayado.
—Gracias —dije, tomándola—. No me di cuenta de que se había caído.
—Te vi desde el otro pasillo —respondió—. Pensé que querrías recuperarla.
Asentí. Evité pensar en el hecho de que hubiera notado algo tan pequeño. En lo fácil que parecía haberme seguido con la mirada.
—Supongo que me habría dado cuenta hasta llegar a la caja —comenté—. Y no creo que hubiera regresado por ella.
Su expresión se iluminó. No fue exagerado, pero sí inmediato. Como si esa frase hubiera abierto una puerta que ella estaba esperando cruzar. El poder hablar conmigo.
—Sarah, sobre la reunión de esta mañana con el clan Petrov…
—No te preocupes —la interrumpí—. Ya elegí otro clan. Todo está en regla.
Las palabras salieron rápidas. Demasiado.
—El Estado liberó mis cupones de comida —continué—. Me están dando más libertades. Mañana incluso saldré a cenar.
Hablé como quien lee un guion. Como si necesitara demostrar que estaba cumpliendo con las reglas del estado. Que no era un problema. Que no requería que me prestaran atención.
Ekaterina no respondió de inmediato.
Me observó.
No fue descarado, pero sí evaluador. Como si estuviera midiendo algo que yo no podía ver. Fue entonces cuando sentí la tensión en el pecho, un aviso sordo.
—Sarah… —dijo por fin.
Ese tono.
No era cercano.
No era amable.
Era como institucional.
—De verdad, estoy bien —añadí, dando un paso atrás—. Fue un gusto verte, pero tengo que regresar a mi unidad. Ya sabes tengo toque de queda…
Giré la canasta y avancé hacia las cajas.
Entonces las vi.
Dos guardias, de pie junto a la salida. Uniformadas. Inmóviles. No hablaban entre ellas. No miraban mercancía. Solo estaban ahí. Las mismas que la noche anterior habían sometido a Gwen en el pasillo de la torre.
El suelo pareció inclinarse.
Miré a un lado. Luego al otro. Los pasillos se sentían más estrechos. No había otra salida visible. El sonido del lector de códigos en la caja resonó demasiado fuerte, como si marcara el tiempo.
¿Por qué estaban ahí?
—Sarah.
La voz llegó desde atrás.
Ekaterina había salido del pasillo y caminaba hacia mí. Tenía las manos levantadas, en un gesto que pretendía ser tranquilizador, pero que solo confirmó que algo no estaba bien.
—No te asustes. Solo es importante que hablemos.
No te asustes.
Las palabras no ayudaron.
—¿Van a regresarme a mi país? —pregunté—. ¿Por eso están aquí?
La frase salió sola, sin permiso.
Y con ella, el recuerdo.
La última golpiza de mis padres.
Sus voces repitiendo que solo les era útil si me vendían.
—Sarah, no —dijo Ekaterina con rapidez—. Nadie intenta regresarte a tu país.
Di un paso atrás. Luego otro.
—Ya elegí —insistí—. Cumplí con todo. ¿Por qué quieren hacer esto ahora?
Las guardias se movieron.
No rápido.
Ni agresivo.
Solo cerrando el espacio que conectaba con la salida.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Solté la canasta y corrí.
Escuché a alguien decir mi nombre. Chocé con un carrito. Tropecé y fue entonces cuando sentí un par de manos sujetándome los brazos.
“No” grité.
No me resistí mucho.
Estaba débil. El viaje, el cambio de país, la tensión constante me tenía agotada. Pero el miedo era otra cosa ese ya me tenia harta.
—¡Esperen! —exclamó Ekaterina—. ¡No así! ¡No es necesario!
Me tenían inmovilizada contra el suelo. No con violencia, pero sin dudas. El recuerdo de Gwen la noche anterior se superpuso al mío. El corazón golpeándome las costillas, desordenado, desbocado. Sentí como le faltaba aire a mis pulmones.
—Sarah —dijo Ekaterina, ahora mucho más cerca—. Nadie va a deportarte. Te lo juro. Solo quería hablar contigo.
Me quedé quieta.
El suelo estaba frío.
Las manos que me sujetaban seguían ahí.
El miedo no se iba y eso me hacia sentir asco.
—Entonces… —dije con la voz rota— ¿por qué hacen esto?
Silencio.
Ekaterina miró a las guardias. Luego a mí. Algo en su expresión cambió. No fue culpa inmediata, pero sí comprensión tardía. Como si apenas entonces viera la escena completa.
—No intentábamos asustarte —dijo al fin—. Es protocolo. Cuando estoy trabajando, debo ir acompañada.
—Pues no lo lograron —murmuré. — Esto si que asusta.
Las guardias aflojaron el agarre. Me ayudaron a incorporarme, esta vez con cuidado. No dijeron nada. No se disculparon.
—Estás confundida —continuó Ekaterina—. Pero cuando corriste… ellas actuaron por protocolo.
Me abracé a mí misma. No respondí. No tenía sentido discutirlo.
—¿De verdad estás bien? —preguntó—. Podemos salir, tomarnos unos minutos.
Negué con la cabeza.
—No. Solo dime qué es lo que quieres hablar conmigo.
Logré que mi voz sonara tranquila, aunque por dentro no lo estaba en absoluto. En ese momento solo me importaba una cosa: que no me regresaran a casa. Y, por supuesto, que no intentaran vincularme con el clan Petrov.
Esos hombres ya habían dejado claro lo que eran.
Egocéntricos.
Convencidos de que el mundo existía para acomodarse a ellos.