Nadie me cree

911 Words
Cuando desperté, el mundo a mi alrededor se sentía borroso y pesado. Mi cabeza palpitaba con un dolor insoportable, y un mareo persistente me impedía pensar con claridad. Intenté moverme, pero un dolor punzante en mi entrepierna me hizo soltar un gemido ahogado. Fue entonces cuando lo noté… Estaba desnuda. El pánico se apoderó de mí de inmediato. Mi respiración se volvió errática, y las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas sin control. No… no puede ser… Me abracé el cuerpo con los brazos, temblando, sintiéndome sucia, rota. —¿Por qué me pasó esto a mí…? —sollozé en la oscuridad—. ¿Por qué…? La habitación estaba en penumbras, apenas iluminada por la tenue luz que se filtraba a través de las cortinas de un hotel desconocido. Desesperada, traté de incorporarme. Cada movimiento me costaba un mundo, pero tenía que salir de ahí. Busqué mi ropa con manos temblorosas y me di cuenta de que… Mis ropas estaban tiradas en el suelo, arrugadas y desordenadas. La blusa tenía un botón arrancado, y mi ropa interior… no estaba. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Me sentí aún más vulnerable, más expuesta. Las lágrimas nublaban mi vista mientras me apresuraba a vestirme con manos torpes, sintiendo que cada prenda que me ponía era un intento inútil de cubrir la suciedad que ahora sentía sobre mi piel. Cuando terminé de vestirme como pude, me apoyé contra la pared y cerré los ojos con fuerza, tratando de calmar los sollozos que sacudían mi pecho. Respira, Aurora… respira… Pero no podía. Mi cuerpo no dejaba de temblar. Me sentía atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar. Miré alrededor. La habitación era lujosa, con una gran cama desordenada y sábanas revueltas que me hacían sentir aún más asqueada. El asco me revolvió el estómago. Tenía que salir de ahí. Con pasos tambaleantes, me acerqué a la puerta. Mi corazón latía con fuerza contra mi pecho mientras giraba la perilla con manos sudorosas. La puerta no estaba cerrada con llave. Al abrirla, un pasillo silencioso y tenuemente iluminado apareció ante mí. Con el miedo oprimiéndome el pecho, salí del cuarto y caminé por el pasillo, tratando de parecer lo más normal posible, aunque por dentro estaba rota. Cuando llegué al vestíbulo, el recepcionista ni siquiera me miró. Bajé la cabeza y apresuré el paso hasta salir del hotel. El aire frío de la noche me golpeó el rostro, pero no me hizo sentir mejor. Mis piernas seguían temblando y mi corazón latía descontrolado. Cuando llegué a casa, aún temblando y con los ojos hinchados de tanto llorar, encontré a mi padre esperándome en la sala. Mauro Sullivan, con su porte imponente y su expresión severa, me observó con furia contenida. Apenas puse un pie dentro, sin darme tiempo siquiera a explicarme, me cruzó la cara con una bofetada que me dejó aturdida. —¡Papá! —sollocé, llevándome una mano a la mejilla, que ardía por el golpe. —¿Dónde mierda estuviste toda la noche, Aurora? —bramó, con los ojos encendidos de rabia—. No creas que por ser la prometida de Rodrigo Montesinos puedes hacer lo que te venga en gana. Mi corazón se estrujó ante sus palabras. Apenas podía sostenerme en pie, el dolor físico era nada comparado con la angustia que me consumía por dentro. —Papá… —murmuré entre sollozos—. Me violaron… El silencio cayó como una losa. Traté de respirar, pero el llanto me ahogaba. —Fui a un bar con Violeta… bebí… ella se fue… me sentí mal… —las palabras salían entrecortadas, mientras mis lágrimas no cesaban—. Un hombre abusó de mí… Esperé, esperé cualquier gesto de compasión, de comprensión… pero la expresión de mi padre no cambió. Se pasó una mano por el rostro, resoplando con frustración, y lo siguiente que dijo me hizo sentir aún más destrozada. —¡No puede ser, Aurora! —gruñó, mirándome con desprecio—. ¿Qué dirá la familia Montesinos? ¡Ya no eres pura! No querrán que te cases con Rodrigo… Mi mundo se desmoronó aún más. No le importaba lo que me habían hecho. No le importaba que yo estuviera rota, sucia, destrozada. Solo le preocupaban los negocios, las apariencias. En ese momento, mi madre, Julia, apareció en la sala. Su rostro reflejaba preocupación y angustia cuando me vio en ese estado. —¡Por Dios, Aurora! —exclamó antes de correr a abrazarme. El contacto de sus brazos rodeándome fue lo único que me hizo sentir un poco de alivio. Me aferré a ella con desesperación, llorando en su pecho. —¿Cómo pueden importarte tus negocios, Mauro? —le recriminó con furia—. ¡Nuestra hija ha sido ultrajada, y lo único que te preocupa es lo que dirán los Montesinos! —¡No lo denunciarás, Aurora! —ordenó mi padre con firmeza—. Nadie puede saberlo. Me separé de mi madre y lo miré con incredulidad. —¿Qué…? —¿Acaso quieres arruinar tu compromiso? —sus ojos brillaban con dureza—. ¡Si esto se sabe, perderemos todo! La opresión en mi pecho se hizo insoportable. No podía creerlo. Mi propio padre… ¿pretendía silenciarme? Mi madre negó con la cabeza, horrorizada. —Aurora, mi amor… haremos justicia —me prometió, acariciando mi cabello con dulzura. Pero yo ya no sabía en quién confiar. Nada volvería a ser igual.
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