Capítulo 3-1

2248 Words
Capítulo 3Miro a David y la miro a ella, no puedo creer que haya contratado a alguien solo porque le ha gustado otra vez. Ella estrecha su mano hacia mí. —Un placer, señor Anderson —una voz muy dulce sale de sus rosados y carnosos labios. Yo no estrecho la mano con mis empleados y ella no será la excepción, me pongo a caminar sin importar si me sigue o no, doy mis órdenes, ya David lo sabe y comienza a avanzar tras de mí. Ella también me sigue luego de que David le dice algo que no logro escuchar. Sí, tal vez fui rudo, pero así tengo que ser, de otro modo mis empleados no me tomarían en serio. —Necesito los papeles arreglados hoy, contacta al tipo encargado del diseño de la nueva portada, necesito verlo hoy, llama al señor Clarkson para cancelar la reunión de mediodía, dile a Kevin que prepare la sesión fotográfica y tráeme un café —espero haya captado, yo no tengo paciencia. Una vez que llego a mi oficina, tomo la manecilla y la giro para entrar. —Lo siento, señor Anderson. ¿Me podría repetir lo último que dijo? —no puede ser, me volteo para verla directamente a los ojos, levanto una ceja, yo no soporto este tipo de situaciones. —¿Es en serio? Yo no repito dos veces, si no tienes todo eso para hoy mejor no regreses mañana —digo esto sin titubear, no me importa no caer bien, las cosas para mí son claras y precisas. Giro sobre mis talones y entro a mi oficina, David va tras de mí y cierra la puerta de mi oficina a sus espaldas. —David —pongo mi maletín en mi escritorio para voltearme a hablar con él—, espero que esta no sea una de tus conquistas, una cosa es la que elijas tú para tu secretaria y otra es la que elijas para mí. David me mira con sus pequeños ojos claros y frunce el espacio entre su entrecejo, se sienta en el sillón blanco frente a mi escritorio. —No, Oliver, es cierto que la chica está bonita, pero no es mi estilo, me recuerda a mi hermana solo que con los ojos verdes —saco el informe de Londres de mi maletín y se lo entrego a David—; fue la única que en toda mi vida ayudándote en esto me ha dado una respuesta inteligente. Me siento en mi silla giratoria al rodear el escritorio y miro a David fijamente una vez que estoy cómodo. —¿Qué respuesta? —Cuando pregunté por qué la deberíamos elegir a ella, mientras todas las demás habían contestado sus logros y sus detalles narcisistas, ella solo me dijo que no conocía al resto de chicas, así que no podía contestar el porqué la deberíamos contratar a ella y no al resto —David suelta una risa—, me dejó pensando todo el día. ¿Cómo es posible que yo nunca pensé en algo así? Y es tan razonable. Además, está loca, es la cucharada de azúcar que tú necesitas para endulzar ese carácter amargo que te cargas. —Bueno, tu misión era encontrarme una secretaria no una cucharada de azúcar, David —él sonríe y se pone de pie acomodando su saco. —Bueno, lo hecho, hecho está. Ahora, si me disculpas, tengo que ver que Andi haga las cosas como digo. —Te lo recuerdo, Schmitt, no quiero ese tipo de comportamiento en mi empresa —lo miro a los ojos, con la expresión más seria que pueda tener. —Por supuesto, jefe —hace una seña de militares con su mano derecha, dicho esto se retira. Saco mi computador, necesito revisar mi correo. Alguien golpea la puerta, «adelante» —digo, mientras comienzo a teclear mi contraseña. El fotógrafo de la revista entra por la puerta color beige de madera fina. —Dime, McGarthy —digo, viéndolo entrar por la puerta, con una enorme cámara colgando de su cuello. —Solo quiero comentarle que la modelo que se había contratado no se presentó. —¿Qué? ¡Demonios! Por favor, ve a la oficina de David y coméntale eso, él es el encargado de esos contratos y, por favor, prepara la sesión fotográfica a más tardar hoy. ¿De acuerdo? —Entendido, señor Anderson —otra persona toca la puerta. —Adelante. Alexandra entra a la oficina, trae mi taza de café, estupendo, necesito mucho café esta mañana. Ella lo pone sobre mi escritorio, Kevin se despide y retira. —Ya le dije a Kevin que preparara la sesión fotográfica, una cosa menos que tienes que hacer —le digo, sin verla a los ojos. Tomo un sorbo de mi café. ¡No puede ser! Tiro el café al suelo, ahora he manchado la perfecta alfombra que pisan mis pies, maldigo. —¿Qué diablos es esto? —pregunto, ahora sí veo su rostro, puedo observar cómo su rostro se empalidece y agacha la mirada. No puedo ponerme molesto ante ese rostro. ¡Demonios! Maldito David. —Una chica pelirroja que estaba en la cafetería me dijo que ese era su favorito —su voz dulce casi tirita, esto es otra obra de Andi. Esa chica no está despedida porque David me ruega que no lo haga. —¿La asistente de David? —suelto un suspiro—. Dejaré pasar esto solo porque eres nueva, por favor, dile a David que venga, espero que hagas el resto de tus tareas bien sin ser influida por alguien —digo lo último entre pausas, golpeo suavemente mi escritorio con mis uñas mientras la miro salir por aquella puerta, es imposible no verla, ese pantalón se le ajusta tan bien. ¿Por qué David me ha hecho esto? David llega corriendo a mi oficina luego de unos minutos, tengo mucho trabajo, así que ni siquiera levanto la mirada hacia él cuando llega, además, es el único que no toca al entrar. —Bien, ¿qué ha hecho? —pregunta al pasar por la puerta cerrándola a sus espaldas. —¿Qué ha hecho Andi, preguntarás? —continúo tecleando en mi computador—. Escucha, no es la primera vez que hace algo a unas de mis secretarias y ya me estoy cansando, esto no es la preparatoria, ni un lugar para ponerse a jugar a ser aquella rubia atractiva de la película que nos obligaron a ver aquellas dos modelitos. —¿La de la chica que se mudó de África? —Exacto —levanto la mirada para encontrarme con sus pequeños ojos y está esbozando una sonrisa viendo hacia un punto de mi oficina. —Aún recuerdo a esas chicas, a ambas —dice, volviendo su mirada a mí. Sonrío, yo también las recuerdo. —Quiero que le hagas un memorándum a Andi que me vas a traer para firmarlo… yo… mismo… —enarco una ceja. —Oliver, estoy seguro de que debe tener una explicación —aquí vamos otra vez. —No, haz las cosas como te digo, David. Dicho esto, salgo de la oficina y me encamino hacia una reunión con un socio importante mientras dejo en el escritorio de Alex todas las cosas que tiene hoy por hacer. —Estas cosas tienen que ser terminadas hoy, ¿entendido? —la miro a los ojos con expresión neutral, pero es que me es casi imposible con esos bellos ojos. Continúo todas mis tareas del día, Alex se retira aproximadamente a las 7 p.m., al menos entiende que si las cosas no están terminadas no puede irse, tiene una cualidad, no hay que decirle. --- Me despierto como de costumbre y salgo a correr, al regresar a casa el olor a comida invade mi hogar, ni siquiera voy a ducharme y voy directo a la cocina. —Buenos días, Rosa —exclamo, suspirando por el olor a tocino que invade mi casa. —Buenos días, Oliver —contesta, mientras me sirve un plato de esa exquisita comida. —¿Y qué tal el trabajo? —El maldito de David me consiguió una nueva secretaria y, ¿adivina qué? —tomo un pan que reposa en una pequeña canasta en la encimera—.Es rubia, alta, delgada, tiene unos enormes y lindos ojos verdes. Estoy seguro de que David anda buscando con quien cambiar su aventura de estos momentos, aunque él diga que no. Ella me mira y sonríe. —¿Cómo se llama? —pregunta, mientras tomo lugar en el comedor. —Alexandra Carlin —hasta su nombre me parece bonito. —Bueno, debería prohibirle mezclarse con su secretaria, si no otra vez volverá a pasar lo mismo que con aquellas otras chicas —he perdido más secretarias por David que por mi carácter, a todas las termina invitando a salir y luego se pelean con Andi en la oficina. Me voy de viaje por un par de semanas, amo ir de viaje porque conozco chicas de distintos lugares y como no somos siquiera amigos no tengo ninguna obligación de llamarlas luego, la mayoría salen con otras personas lo que me hace las cosas más fáciles porque no me buscarán después, aunque sí debo admitir que lo han hecho un par de veces, pero a decir verdad no me interesan. Duermo como un bebé en mi jet, aproximadamente a las 5 a.m., poco antes de que mi alarma suene, mi celular me despierta. Observo el aparato intentando acomodar mis ojos a la luz de la pantalla y ver quién diablos me llama a esta hora. Es mi padre, frunzo mi entrecejo. ¿Por qué mi padre me llamaría? —¿Hola? —digo al descolgar. —¡Hijo! ¿Cómo estás? —bien, si tú no me llamaras. —Bien, papá, ¿y tú? —¡maldición! ¿Ahora qué diablos va a reclamarme? —Bien, hijo, hoy estaré por Nueva York. ¿Te parece si desayunamos? Quiero hablar contigo. No. —De acuerdo, papá. A las 6 estaré en la empresa. —Bien, te esperaré ahí. Dicho esto, cuelga la llamada. Yo no tengo una excelente relación con mi padre, por lo cual sé que esto terminará en discusión. No puedo ni pensar claramente, no puedo ni terminar de realizar el informe de este viaje. Pienso y pienso, me ducho y me tomó más de veinte minutos por estar pensando estupideces, me miro al espejo mientras acomodo mi corbata celeste con tonalidades más oscuras. Pongo en mis hombros el saco azul oscuro mientras salgo del jet. Ni siquiera me doy cuenta cuando la limusina ya está frente a la empresa. He pensado todo el camino lo que posiblemente mi padre me restregará en la cara. Llego a mi oficina y ahí está. Observando la ciudad a través del ventanal, con una taza de café en sus manos, su cabello n***o con unos tonos grisáceos, sé que así se verá mi cabello a su edad. Voltea a verme al escuchar la puerta abrirse, siempre con su porte de mandatario, con un perfecto traje color beige, me observa con sus pequeños ojos castaños. —¿Cómo has estado, Oliver? —esboza una sonrisa y se acerca a darme un abrazo. —Muy bien, padre, ¿y tú? —correspondo a su abrazo y también le sonrío. —Veo que todo está en orden, Oliver. Es estupendo —le doy una débil sonrisa mientras salimos por la puerta de mi oficina. Todo el camino al restaurante es un completo silencio mientras él observa la ciudad por la ventana. —Llegamos, señores Anderson —asegura el chofer, quien se acerca a abrirnos la puerta del auto. Entramos al restaurante, mi padre ya tenía reservaciones. Como si ya tenía planeado desde antes venir aquí a hablar conmigo. Me siento frente a él en una pequeña mesa para dos personas que estaba reservada un poco apartada de otros que desayunaban en el lugar. —¿Y qué te ha traído por la ciudad, papá? —pregunto, mientras abro el menú. —Una reunión con unos amigos, Chris Sanders el dueño de la firma de abogados que trabajan con nosotros cumplía años ayer. Y eso fue todo lo que hablamos por un largo rato. El resto del desayuno es un completo silencio, hasta que finalizamos. —¿Oliver, cuando te piensas casar? —típica pregunta de él. —Papá, solo tengo veinticinco años —suspiro, ya estoy harto de esta jodida pregunta. —¿Y? Tu hermano tiene veintitrés y se casó el año pasado. —Lo sé, papá, estuve ahí. Ahora dime. ¿Él es feliz? —él me observa por varios minutos. —Sí, lo es —suelta, luego de varios segundos—. Siempre supe que Henry era el que mejor pensaba de ambos. Bien, eso fue un golpe bajo. —¿Solo porque no me caso no sé pensar, a pesar de que he hecho crecer esta empresa más de un cincuenta por ciento? —me cruzo de brazos, me indignan sus comentarios. —Eso no lo es todo, Oliver. He escuchado miles de rumores por ahí de ti con diferentes mujeres en cada reunión de socios —él pone la taza de café sobre la mesa—. ¿Es en serio? No sabes la vergüenza que me haces pasar. —¿Por qué crees cualquier rumor por ahí, padre? —pongo mis codos sobre la mesa y lo miro directamente.
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