Capítulo 4

1922 Words
Capítulo 4Despierto con un tremendo dolor de cabeza que me hace recostarme otra vez entre mis sábanas de terciopelo marrones masajeando mis sienes. Preparo mi bañera con todo tipo de esencias aromáticas, me sumerjo en esta intentando calmar ese dolor agobiante, creo que tendré que ir por unas pastillas, pero ¿cómo mierda llegué aquí? Me relajo mientras escucho clásicos en inglés y de pronto todos los recuerdos comienzan a llegar a mi mente, el bar, todos los tragos, mi padre, Alex… ¿Alex? Abro los ojos como platos, qué vergüenza que Alex me haya visto de esa forma y de paso me haya visto vomitar y desmayarme, ¡diablos! Yo soy malo para emborracharme y lo sé, no sé por qué siempre lo hago. Salgo de la bañera y me visto lo más rápido que puedo al ver la hora en mi reloj, primera vez en mi vida que llegaré tarde, no vuelvo a tomar de esa forma, bajo lo más rápido que puedo los escalones y conduzco hasta la oficina, me miro en el espejo retrovisor del auto y al menos me miro bien, a pesar de no haber dormido nada y haber caído inconsciente. Llego a la oficina y ya Alex está ahí, tan bella con una falda negra que se le ajusta más que bien a su cuerpo, aunque la chaqueta que lleva no me deja tener una gran vista, me mira; voy a pretender que no recuerdo lo de ayer, siento vergüenza por primera vez en mi vida de hablar con alguien. Mi vida continúa, me voy de viaje, conozco chicas, tengo aventuras, mi madre llama una y otra vez y me rehúso a contestar, sé qué es lo que quiere hablar y yo no quiero hablar sobre eso, mentirle a mi padre es una cosa, pero ya mentirle a mi madre es cosa seria. Al cabo de un par de semanas sus llamadas son más incesantes. Me veo obligado a hablar sobre ello cuando llama de otro número y no teniendo idea de quién es se me ocurre contestar. —Buenas tardes —digo al descolgar. —¡Oliver, por Dios! ¿Por qué no contestas mis llamadas? ¿Qué rayos pasa contigo? —la voz de mi madre molesta me saca de mi paz interior. —Mamá. ¿Por qué llamas de otro número? —¿Por qué? ¿Todavía preguntas por qué? —agradezco no estar frente a ella en estos momentos—. No me contestas las llamadas, Oliver. —Porque ya sé que querrás hablar sobre la noticia que te ha dado mi padre —me recuesto de forma relajada sobre el espaldar de mi silla giratoria, ni modo, ya no tengo de otra. —¡Por supuesto, Oliver! ¿Cómo es que te casaste y tu madre, la persona que te dio la vida, no lo sabía? —Porque papá lo único que hace es juzgar. —¡Pero yo no! —Mamá… —Quiero conocerla —demanda, ahora más enfurecida, nunca he escuchado a mi madre hablándome de esta forma, esto no está bien. —Oliver… —ahora la voz ronca de mi padre se escucha en la otra línea. —¿Papá? —frunzo el ceño, ahora tengo que escuchar los regaños de él. —¿Por qué no quieres que la conozcamos? —Ya te lo dije… —Escucha, Oliver —hace una pausa—, si la razón es porque es él y no ella, no tengo de otra más que aceptarlo, pero al menos quiero conocerlo. —¿Qué? —bien, eso sí me molestó—. Papá, ¿es en serio lo que acabas de decir? —¿Es David? —¿¡qué!? Suspiro. —Escúchame bien, papá, mañana los espero, se las presentaré y escucha bien, padre, no es David, es una mujer y muy bella. Dicho esto, cuelgo la llamada. ¿Cómo es posible que piensen que soy gay? Si las mujeres son las creaturas más bellas del universo. Pero ahora, ¿a quién diablos busco para esta mentira? Yo ni siquiera tengo amigas, comienzo a marcar el número corto de la oficina de David. —Oliver… —David, ¿puedes venir? —Por supuesto. Dos minutos después David entra a mi oficina, sostiene unos papeles en la mano y entra con el ceño fruncido, veo fijamente hacia una planta en una pequeña maceta que está en la esquina de mi oficina, David observa hacia donde yo estoy viendo. —¿Qué hay de malo con esa planta? —pregunta, a tono de sarcasmo. —Necesito una esposa, David —ahora voltea a verme, pero yo no quito la mirada de la planta. —Oliver, pero esa planta no es una buena opción, aunque se mire bien sexi en esa maceta blanca —ríe, de inmediato lo miro a los ojos con toda la seriedad posible y todo rastro de risa se borra de su rostro—. Bien —dice, finalmente, serio sentándose en el sillón de enfrente—, es por tu padre, ¿cierto? Te dije que no te dejaría en paz. —Cree que soy gay. Eso hace a David estallar en carcajadas. —Y cree que tú eres mi pareja —David me mira indignado y ahora sus labios son solo una raya recta. —¿Qué? —sus ojos hazel destellan un brillo de enojo que reconozco—. ¿Cómo puede siquiera pensar que yo soy gay? Yo soy un hombre muy macho, además, salía con su nuera. —Pero él nunca supo eso, David. Y no creo que Henry le diga que su esposa salía contigo —comienzo a acariciar mi mentón con mi codo puesto sobre el brazo de la silla giratoria. —¿Y qué diablos tienes en mente? Tal vez deberías buscar una chica y casarte en serio —no puedo evitar reír. —Por Dios. ¿Yo casado? ¿Es en serio, David? Además, la necesito para mañana. —¿Mañana? ¿Qué pasa contigo Oliver? —Me molesté. —Bueno, yo tengo algunas amigas actrices, creo que no tenemos de otra. —Lo sé, pero esto no es algo que le puedo confiar a cualquiera que lo pueda vender a los medios por unos cuantos dólares. Necesito alguien en quien confiar. No conozco ninguna mujer que me pueda ayudar con esto. —¿Qué tal tu secretaria? —pregunta, mirándome con intriga. —¿Alexandra? No lo creo. —Te llevó a tu casa el otro día y no te tomó una foto para sobornarte luego, ni para vendérsela a los medios —me quedo distraído pensando que Alex podría ser buena opción—. ¿Recuerdas aquel día que salí con aquella chica? Me emborraché y me sobornó por tres meses con ese maldito video mío bailando en aquella tanga roja. Río a carcajadas. Aún recuerdo eso, la tipa me envió el video esperando que yo despidiera a David porque él no le dio diez mil dólares por el video. —Piénsalo, Alex es la única opción, además, no vamos a negar que está guapa —sigo pensando en Alex… Ella puede ser mi salvación—. Y te odia, lo que hace las cosas más fáciles —añade David con entusiasmo lo que llama mi atención. —¿Por qué dices que me odia? —Porque todas tus secretarias te odian, Oliver. Seamos sinceros —no puedo evitar reír, amo ser odiado. —Dile que venga, por favor —digo, abriendo mi laptop para comenzar a teclear. —Bien, cualquier cosa me llamas —asiento con mi cabeza. Me pongo de pie y me quito el saco gris reposándolo sobre la parte trasera de mi silla giratoria dejando mi chaleco del mismo color muy bien ajustado a mi torso al descubierto, me siento nuevamente y acomodo mi corbata gris con tonalidades marrones, mientras pienso de qué forma le pediré esto a mi secretaria, diablos. Comienzo a consultar en Google «¿Cómo decirle a mi secretaria que se case conmigo?» y lo único que me aparece son videos de romanticismos que golpean mi vista. ¿Cómo hay hombres capaces de hacer todas estas cosas por una mujer? Osos de peluche, pétalos de rosas, niego con mi cabeza. Golpean la puerta, estoy seguro de que es ella, «adelante»—hablo, mientras continúo consultando en Google cosas sobre propuestas de matrimonios. Ella entra, acomodando su saco n***o, con una libreta en las manos, su pantalón blanco contornea sus piernas a la perfección, al entrar por esa puerta el dulce aroma de su fragancia invade mi oficina. —El señor Schmitt me dijo que quería verme. —Así es, por favor, toma asiento —ella se dirige al sillón frente a mi escritorio y deja caer su libreta de apuntes; se inclina sin percatarse de que me está ofreciendo una gran vista, luego sus lentes caen de su bolsillo y suspira, sé que está maldiciendo miles de veces en sus adentros. Se sienta, finalmente, y acomoda su cabello detrás de sus orejas mientras se cruza de piernas. —Recuerdo lo del día del bar, gracias por llevarme a casa, pero sabes, nunca he dejado que nadie conduzca mi Porsche —digo sin titubear, regreso la mirada a mi computadora y comienzo a borrar lo que había tecleado. —Ah, bueno —su voz comienza prácticamente a tiritar—, no había ningún taxi cerca y no podía llevarlo en brazos a buscar uno —la observo, si es que puede decir miles de palabras en segundos—. ¿Es esa la razón por la que va a despedirme? —¿despedirla? ¿Qué?—. Solo hice algo que cualquier persona haría que mirara a otro en ese estado, de no ser así, usted tal vez estaría en las noticias en estos momentos; eso no es un argumento válido para despedirme, siempre hay que ayudar al prójimo —demasiadas palabras para mí. —¡Alexandra! —exclamo, al ver que no se detiene. —O... ¿Qué tal si lo hubiesen violado unos vagabundos? —me mira con sorpresa. ¿Qué ha dicho? Frunzo mi entrecejo y me acomodo mejor para verla frente a frente, no sé si reír o molestarme en estos casos. —Entonces... ¿Crees que debo agradecerte? —enarco una ceja—. Y no te voy a despedir. ¿De dónde sacas eso? —Es el trauma de redactar tantas cartas de despedido —habla, lleva su mirada a la planta en mi oficina, voy a admitir que me acaba de sacar una sonrisa. —Solo necesito hablar algo serio contigo —continúo—. ¿Puedo confiar en ti? ¿Cierto? Sé que por su mente comienzan a pasar miles de cosas por la forma desconcertada que me mira, me gustaría preguntarle, pero no tengo tiempo. —¿Alex? —pregunto, al no tener ninguna respuesta por su parte. —Lo siento —dice, aclarando su garganta—. Dígame, señor Anderson. ¿En qué le puedo ayudar? —Sinceramente, eres una de las pocas personas en quien confiaría algo —comienzo a teclear en mi computador cualquier cosa para sonar natural, aunque no tengo ni puta idea de cómo le preguntaré esto. La miro a los ojos, y ella también, esa mirada me gusta, lo que es peor; hay un silencio incómodo. Quizás esta es la primera y última vez que le pregunte esto a alguien. —¿Serías mi esposa?
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