Mientras Elías caminaba hacia la salida, escuchó las risas de sus compañeros a sus espaldas. Se subió a la patrulla y dejó el vaso en el soporte. El oficial Thorne era un hombre de rutinas, y Emma estaba rompiendo cada una de ellas. Ella era el caos, el ruido y el color en una vida que él había diseñado para ser muda y gris.
Encendió el motor y salió a las calles oscuras de Fontana. Pero mientras patrullaba, se descubrió a sí mismo mirando el asiento del pasajero, donde solía estar Sara, y por un segundo, no fue el uniforme de su prometida lo que imaginó, sino el aroma a melocotón y la risa absurda de la chica del 3B.
“—Si alguna vez ya no estoy, prométeme que vas a volver a enamorarte de nuevo.
—¿Estas loca?, jamás amaré a nadie como a ti.
—Elías.
Elías miró a Sara. —¿Tu te enamorarías de otro si yo ya no estuviera?.
—Por supuesto, ¿Qué es una vida sin amor?.
—Voy a venir desde el mas allá a jalarte los pies.
La risa de Sara lo hizo sonreír.”
Elías sabía a que se refería Sara, y en ese entonces quiso decir algo como, me encantaría que fueras feliz, pero no quería sonar dramático ni nada de eso.
—No te fijes en ella —se repitió a sí mismo en la oscuridad del coche—. Solo es una mujer.
Y por primera vez en mucho tiempo, Elías no tenía la culpa golpeándole la mente, mas bien, ahora su mente estaba en otro rumbo.
Esa mañana regresó a casa con el eco de las bromas de Miller y Sánchez todavía martilleando en su cabeza. Miró el vaso térmico en el portavasos y sintió una punzada de algo que se negaba a llamar afecto. Era gratitud, quizás. Una gratitud forzada y molesta.
Al entrar en el edificio, notó que el ambiente era distinto.
Cuando llegó al tercer piso, vio todas esas plantas adornando la entrada de Emma, ella en verdad se estaba esforzando, y para sus sorpresa, no se veía tan mal.
Negó para si mismo y fue directo a su departamento, se quitó las botas y desabotonó la camisa de su uniforme, era temprano y el calor empezaba a sentirse.
Dejó todas sus cosas sobre un mueble y fue dejando su ropa tirada en el suelo hasta llegar a la ducha, se bañó con agua fría, dejando que sus músculos se relajaran un poco, sentía la tensión en todo el cuerpo, desde hacía dos años no había tenido una pareja, ni estado con nadie.
El recuerdo de la vecina se filtraba entre el sonido del agua y el latido persistente en sus sienes. No era solo su sonrisa. Era la forma en que sus ojos no lo miraron con lástima. Se tensó al notar cómo su cuerpo respondía a una simple memoria. Dos años de disciplina no habían borrado su naturaleza; solo la habían mantenido en silencio.
Apoyó ambas manos contra la pared, dejando que el agua recorriera su espalda, intentando convencerse de que aquello era una reacción pasajera. Pero en el fondo sabía que no era solo deseo. Era culpa. Era traición a un recuerdo que todavía le dolía pronunciar en voz alta. Y sin embargo… por primera vez en mucho tiempo, la idea de volver a sentir no le parecía una amenaza.
Respiró con fuerza mientras una de sus manos bajaba por ese abdomen perfectamente marcado en cada músculo.
Cerró los ojos, negándose ante la idea que le atravesó la mente, pero sin darse cuenta, su mano llegó hasta esa erección que estaba tan firme y dura que empezaba a doler.
El tacto se sintió bien, pero la culpa vino casi enseguida, en su mente estaba el recuerdo de su prometida opacado por la risa de esa chica.
Se detuvo de golpe y cerró la llave, salió de la ducha y se tumbó en su cama, mirando el techo fijamente, mientras su piel escurría.
“¿Qué pasa conmigo?”, giró un poco la cabeza y miró la foto de Sara, ella sonreía mientras lo miraba fijamente.
—Lo siento— dijo antes de cerrar los ojos.
Un par de horas mas tarde, un golpe seco lo despertó.
Abrió los ojos en la oscuridad de su habitación, alerta al instante. Años de servicio le habían enseñado a reaccionar antes de pensar. Se incorporó lentamente y miró la hora, iban a dar las 3 de la tarde, se sorprendió así mismo, nunca había dormido tanto, desde…desde hacía tiempo, se estiró con calma y fue a ponerse un pans y una camisa.
Otro ruido mas se escuchó, no era un ruido exagerado, era apenas audible.
Frunció el ceño y caminó hacia la sala, aún descalzo, pasando una mano por su cabello desordenado.
Desde su sala todo se podía escuchar mejor, había una música tenue y risas ligeras, todo venía del departamento de Emma.
¿Ahora que estaba haciendo?.
“Pasado mañana es mi cumpleaños”, Elías lo recordó, su cumpleaños, se sobó la frente y escuchó risas en el pasillo, lo mas apropiado era salir y felicitarla, después de todo, ella no era tan mala como él quería hacerla ver.
Salió al pasillo y de repente, un chico de unos veintitantos años salió del departamento de Emma. Tenía el cabello revuelto y una sonrisa de absoluta satisfacción grabada en la cara, Elías apretó el puño por puro instinto policial. El tipo sacó un cigarrillo y un encendedor, llevándoselo a los labios con parsimonia.
—No se puede fumar en el pasillo —soltó Elías. Su voz fue como un latigazo de autoridad que hizo al chico sobresaltarse.
La mirada de acero de Elías, hizo que aquel joven se pusiera pálido. Guardó el cigarrillo en el bolsillo de su chaqueta de inmediato y se enderezó.
—Lo siento. No volverá a pasar, no sabía —balbuceó, retrocediendo un paso.
En ese momento, Emma apareció en el marco de la puerta. Llevaba un vestido ligero y el rostro encendido por la emoción. Al ver a Elías, su sonrisa se ensanchó aún más, iluminando el pasillo de una forma que a él le resultó cegadora después de doce horas en la oscuridad de las calles y de su departamento.
—¡Elías!, lo siento tanto, ¿Estamos haciendo mucho ruido?—preguntó ella, ignorando la tensión—. Mis amigos y yo hicimos una pequeña reunión por mi cumpleaños. Te lo dije el otro día, ¿Quieres entrar?, aunque sea unos minutos. Hay pastel de chocolate y…
—No tengo tiempo ni energía, Emma —la cortó él, con una frialdad que buscaba marcar una distancia de seguridad—. Mantén el ruido bajo. Hay gente en este edificio que sí trabaja.
La sonrisa de Emma no se desvaneció, simplemente se borró de golpe, como si alguien hubiera apagado una luz de emergencia. Sus hombros cayeron ligeramente y el brillo de sus ojos se apagó, dejando ver por un instante a una mujer que solo buscaba un poco de calidez y había encontrado un bloque de hielo.
El chico del cigarrillo, aprovechando el silencio incómodo, tomó a Emma suavemente de la mano.
—Vamos, Em. Acompáñame a la calle mientras fumo uno. Aquí parece que no se puede—dijo él, lanzándole una mirada desafiante a Elías.
Emma no se negó. Ni siquiera miró a Elías mientras se dejaba guiar por el pasillo. —¿Ese es tu vecino?, no parece agradable, dijiste que era buen tipo.
—Am…solo esta cansado.