Diez años atrás.
En ese momento solo podía sentir la adrenalina correr por todo mi cuerpo, este era el efecto que producía en mí el arte de la estrategia y la planeación, entonces cuando se detonó el primer disparo supe que era hora de atacar, así que, saqué mi arma, apunté y disparé.
—Felicidades novata.
Felicitó el comandante Darcy cuando le di al blanco en mi último entrenamiento.
—Gracias señor. —Me sentía orgullosa, después de todo me había esforzado durante todo este tiempo para ser la mejor agente del FBI. A partir de mañana sería la agente Brookes.
—Recuerda muy bien esto Brookes —habló el comandante. —En este oficio no importan nuestros ideales o sentimientos, nuestro deber es siempre hacer lo correcto ¿entiendes?
«Nuestro deber es siempre hacer lo correcto.»
Me repetí a mí misma convirtiendo esa frase en mi lema.
Creí conocer bien el significado de las palabras del comandante Darcy, después de todo formábamos parte del FBI, siempre actuar para hacer el bien y buscar justicia para aquellos que lo necesitaban, pero nunca creí encontrarme en el peor de los dilemas cuando el deber y el corazón se cruzaron en el mismo camino.
[...]
Habían pasado solo unos cuantos meses después de mi nombramiento como agente de la estación de policía en dónde la vida emocionante solo quedó en el entrenamiento. Esos días habían sido un maldito infierno debido al aburrimiento; ver a los agentes enfrentarse a los criminales y resolver casos me producían envidia mientras yo literalmente pasaba todo el día junto a la fotocopiadora y la máquina de café ¿cómo iba a desarrollar todo mi potencial a este paso? La mayor parte del tiempo era asistente de los demás agentes quienes a penas notaban mi presencia, tal parecía que haber sido la mejor de la academia no fue de mucha ayuda.
—¡Maldita sea! —Escuché gritar a Collins -nuestro jefe - en cuanto llegó. —¿Cómo que no hay refuerzos? ¡Ese malnacido hijo de puta está en la ciudad! No podemos dejar que se escape.
Con cautela me acerqué a la oficina de Collins para escuchar con atención. Desconocía quien era el centro de la charla, pero por el humor del jefe sabía que debía tratarse de alguien importante.
—¿Dónde fue visto? —Preguntó una vez que se calmó.
—En un bar de mala muerte cerca del centro de la ciudad, tengo entendido que se verá de nuevo con uno de sus socios. La reunión ocurrirá esta noche —habló él. Inmediatamente reconocí su voz; se trataba del detective Logan Tucker. Él era famoso en el departamento de policía por su mente estratégica y audacia; jamás habíamos hablado, pero conocía toda su trayectoria. —Señor si me lo permite, llevaré conmigo a los nuevos oficiales.
—¿Estás loco Tucker? Son unos mocosos novatos que harán mierda su ropa interior cuando se den cuenta que esto no como su entrenamiento —me sentí ofendida, Collins nos subestimaba y en lo que a mi concierne yo considero que estoy preparada para enfrentar lo que sea. —Después de todo estamos hablando del líder de la mafia árabe.
Mis ojos se abrieron ligeramente al enterarme del enojo del jefe. Estaban buscando a un pez gordo, no tenía conocimiento de quién se trataba exactamente, pero por lo que había escuchado ese hombre encabezaba la lista los más buscados.
—Los agentes Carter y Forbes se encuentran en una misión, no podemos dejar que él escape —hubo un lago silencio, tal parece que Collins no estaba muy convencido. —Confíe en mí señor, llevaré a los mejores oficiales.
—Lo dejo en tus manos Tucker. —Habló finalmente Collins. —No me falles.
Cuando escuché pasos cerca de la puerta traté de huir; sin embargo, todos los archivos que iba a fotocopiar cayeron al suelo revelando mi presencia.
«Tan imprudente como siempre Athena.»
—Agente Brookes. —Habló el detective Tucker.
—¡Si señor!
—Prepárese —ordenó. —Salimos en veinte minutos. —Aun no podía salir de mi asombro. Por fin iba a trabajar en un caso.
[...]
Eran cerca de las nueve dela noche y ambos nos encontrábamos dentro del auto esperando el momento adecuado para entrar. Había por lo menos cinco oficiales en cubierto rodeando el lugar, solo esperábamos que el líder de la magia árabe llegara para poner en marcha nuestro operativo.
—¿Está nerviosa? —Preguntó de repente el detective Tucker mientras encendía un cigarrillo.
—Para nada —respondí. —He esperado toda mi vida para este momento. —Él me ofreció el cigarrillo y le di una calada provocando que el humo se atorara en mi garganta. Era la primera vez que fumaba.
—El truco es sacar el humo —Tucker quitó el cigarrillo de mis dedos y le dio otra calada. —Es demasiado joven para ser una oficial ¿unos dieciocho?
—Veintitrés —aclaré. —No hay edad para servir a la justicia.
—No la hay —repitió. —Sin embargo, debes saber que esto no es como el entrenamiento. Esto es la vida real y ninguno de esos bastardos tendrá piedad ¿entendiste?
—Fui la mejor de la academia. —No me gustaba alardear, pero había entrenado duro para llegar hasta donde estoy ahora.
—La arrogancia puede ser más una debilidad que un arma. Ten ese en mente y siempre mantén los ojos abiertos. —Estaba a punto de objetar cuando Tucker me ordenó bajar la cabeza.
Justo en la entrada de ese bar un BMW n***o aparcó justo al frente y de este descendió una figura masculina junto a tres hombres más, seguramente matones. No pude ver bien sus facciones debido a que estaba de espaldas, solo podía ver qué vestía un costoso traje color azul marino.
—Eljal ha llegado. —Habló el agente Brown desde la radio. Él era el agente encubierto dentro del bar.
—Todos a sus puestos —ordenó mi compañero. Fue en ese momento que un nudo se formó en mi estómago —toma —él me pasó un arma. —Es momento que muestres tus habilidades estudiante estrella. —Tomé el arma entre mis manos.
Había llegado el momento.
[...]
Habían pasado cerca de cinco minutos que para mí habían sido una eternidad. Mis emociones estaban a flor de piel, solo era cuestión de minutos para que el caos se desatara. Tucker me había puesto al tanto de la misión; buscábamos a Nader Eljal, era líder de la mafia árabe además de manejar negocios clandestinos en todo el país, era uno de los mayores traficantes.
Según su expediente Eljal había heredado el mando de la mafia a corta edad y a sus treinta y tres años ya era uno de los mafiosos más temidos de todo el país. Él había emigrado del medio oriente hace unos años y había convertido de Nueva York su ciudad al ser accionista mayoritario en la industria hotelera. Era dueño de una extensa cadena hotelera y de restaurantes, claro está para disfrazar el lavado de dinero que recibía por la venta de sustancias ilícitas.
Después de todo estábamos en Nueva York, una ciudad que proporcionaba a los clientes más potenciales al hacer fiestas desenfrenadas cada noche. Los mejores consumidores de droga y por lo tanto clientes predilectos de la mafia. Solo quedaba decir que Eljal sabía escoger a sus clientes. Sin embargo, a pesar de su fama no habíamos podido atraparlo.
—Esta noche Eljal se reuniría con Frederick Sacks —explicó mi compañero —el tipo le debía más de quinientos mil dólares a Eljal ya sabes dónde terminará sino paga —la respuesta era clara, sino pagaba el hombre estaría muerto. —Adelante agente Brown ¿qué es lo que está pasando?
—Eljal está hablando con Sacks y está exigiendo su pago, parece furioso —habló el agente Brown. —Eljal exige cien mil dólares como indemnización por la perdida de mercancía y ahora sacó el arma.
—Mantente alerta, vamos a entrar —Tucker quitó el seguro del arma y asintió con la cabeza. —Es hora. —Ambos salimos del auto.
[...]
—¡Quietos FBI! —Gritó Tucker en cuanto entramos al bar.
Inmediatamente todos los agentes encubiertos tomaron su posición y comenzaron a disparar. Las balas llovían por todos lados mientras nos cubríamos detrás de las mesas. Los matones de Eljal se habían encargado de hacer una distracción para que él pudiera escapar, por supuesto no lo iba a permitir.
Salí de mi escondite y en medio de esa conmoción disparé logrando herir a uno de ellos en la pierna. Uno menos. Tucker disparó a Eljal y mientras seguía disparando me percaté de que él se escabullía por la cocina, así que, decidí seguirlo.
—¡Brookes! ¿Qué mierda haces? ¡Regresa enseguida! —A pesar de que Tucker era mi jefe hice caso omiso a sus órdenes y seguí a Eljal.
La cocina conducía a la parte trasera de un callejón oscuro y mal oliente, sin rastros de Eljal, era como si se hubiese desapareció o eso creía hasta que el cañón de un arma se posó sobre mi sien. Había sido tan estúpida para caer en una trampa.
—¿Me buscabas preciosa? —Su acento extranjero era evidente y cuando me di la vuelta.
Me topé con los ojos de quién sería mi tormento.