Styx se lanzó en picada cuando la vio resbalarse. En ese momento el odio no lo detuvo. Su corazón galopaba con fuerza en su pecho y su cabeza impactó el agua. La cascada era alta. La pendiente medía el doble o el triple de la altura de Styx, y no dudó un segundo en arrojarse para buscarla. No dudó un segundo en zambullirse en el agua helada, de llegar al fondo y empujarse con sus pies sobre las rocas para salir, y comenzar a llamar su nombre. El vapor helado de la fuerza de la caída de la cascada, hizo que Styx se quitara el cabello de los ojos y comenzara a buscarla. Movió sus piernas, sus brazos, sus ojos. El vapor era espeso, y no podía ver nada. —¡Sierra! —gritó salpicando agua—. ¡Grita! Di algo. Styx nadó para salir del vapor, y no veía más que agua arremolinándose bajo él, vapor y

