Veinte años atrás. Tultitlán, México. . . . —De prisa, Malec —dijo su madre al tirar con violencia de su brazo para que se apresurara a caminar—. Llegaremos tarde. Sus converse se arrastraron por el asfalto caliente hasta la puerta de la iglesia. Había una enorme figura de veintidós metros de alto, con una túnica negra y una guadaña en la mano. Veintidós metros de protección a una calavera que adoraban cada domingo sin falta. Entrar fue muy difícil. La cantidad de personas que se agolpaban en esa entrada, luchando por tener una silla, era tanta que el calor golpeaba como un bate de béisbol. El sudor corría por sus cuellos y frente, y su madre lo empujó entre las personas para alcanzar uno de los últimos asientos antes de que el sacerdote subiera. El hombre era joven, con una túnic

