—¡Habla! —ordenó Styx al golpearlo de nuevo. Cassio tosió y escupió la sangre. Estaba atado en una silla, en el callejón que conducía a la salida del parque. Styx pensó que mientras más cerca de la mansión mejor, y noqueándolo, lo dejaron allí mientras iban a la fiesta. Estaba semi oscuro, con un par de bombillas encendidas, y mucha humedad por las lluvias. Era una especie de desagüe por el que se colaban con facilidad. Cassio despertó atado y amordazado. Por más que intentó liberarse, sus pies se mojaron y sintió frío. No estaba herido. Estaba tan fuertemente atado a la silla que por más que gritó y se movió, las amarras no se soltaron. Cassio no era creyente, pero rezó para que alguien lo encontrase. Para alguien al que le gustaba controlarlo todo, no encontrar una salida y desconocer

