Tarver estuvo encadenado a la misma silla que tiró al piso. Fue un segundo lo que le tomó ser parte de los prisioneros de Styx, mientras Sierra se reponía del toqueteo y se colocaba ropa nueva. Styx rodeó el cuerpo de Tarver con las mismas cadenas con las que encadenó a Sierra, y lo siguiente que hizo fue apretar las mejillas de Sierra y preguntarle si estaba bien. Ella no lloraba. Estaba en shock. Estaba perdida en sus propios pensamientos, en el dolor de los golpes, y cuando Styx miró lo que Tarver le hizo, pateó el pecho de Tarver y la silla se llevó su piso contra el piso. El ardor le recorrió todo el pecho hasta la cabeza, y apretó las mejillas de Sierra. —Dime que estás bien —pidió—. Dímelo, Sierra. Ella cerró los ojos y asintió con la cabeza. —Estoy bien. Styx deslizó el pulgar

