—Camina —ordenó Styx cuando comenzaron lo que sería el último trecho para llegar a la primera mitad recorrida—. No pienses que cargaré tu flaco trasero porque te duelen los pies. Sierra siguió detrás de él, como siempre. —Si no camino, lo harás. Styx cortó una hoja gigante que abracaba todo el camino. —Eso no sucederá, princesa —dijo cortándola por la mitad con la daga—. Caminarás hasta que los pies te sangren. Sierra miró el arco colgado en su espalda, y respiró profundo. Aún tenía la respuesta de Styx en la cabeza cuando le dijo que no la amaba. Para Styx, el amor no era proteger un sueño, ni pedirle perdón por llevarla con él al Congo. El amor no le daba cabida al rencor ni a las dudas, y su cuerpo estaba lleno de dudas, así como su corazón de rencor. Quería no sentirlo, se lo di

