Styx sacó a Sierra del agua y ambos se pararon sobre la tierra. El agua destilaba de sus cuerpos. Goteaba, resbalaba, era lamida de sus labios. Styx mordió los labios de Sierra y lamió para quitar el dolor, y ella se alzó más en puntillas con cada apretón en su culo. Styx se apoderó de su trasero, de su piel, de su boca. La tenía a punto de ebullición, y con la adrenalina, emoción, deseo y fervor avivándose entre ambos, Sierra se sostuvo del cuello de Styx mientras él marcaba sus palmas en sus nalgas y la alzaba hasta que sus pantorrillas eran dos cuerdas de guitarra a punto de romperse. —Styx —jadeó ella al pasar sus labios y su nariz por los carnosos de Styx—. Sé que me has complacido, y no me quejo, pero quiero devolverte el favor. Quiero ser la que te complace ahora. Styx mordió su l

