Dos años y medio atrás Styx cabeceó y abrió los ojos de golpe. Slava despegó los labios y alzó una ceja en un gesto de que no se creía tan aburrida. —¿Te aburro con mis historias? —preguntó ella. Styx jadeó y apretó la almohada con su mejilla. Jadeó de nuevo cuando suspiró, y ella metió su mano bajo su mejilla. —No —dijo Styx—. Estoy cansado. Es todo. Ella tocó su muela con la lengua y apenas sonrió. —Nunca me sentí menos importante que ahora. Styx frunció el entrecejo y deslizó la punta del dedo por el hueco de su cuello, ascendiendo por su hombro, y deslizándose por su espalda, en la hendidura de su cintura, llegando a la cadera desnuda. Slava lo salvó en más de una ocasión. Fue quien lo encontró vagando por las calles de Moscú, perdido, hambriento, desolado. Estaba cubierto d

