Seis meses después . . . El sudor salpicaba su rostro. El dolor era incomparable, y sus piernas presionaban por cerrarse para que el dolor cesara. Sierra refregó la cabeza contra la camilla y rechistó los dientes. El sudor bajaba entre sus senos, llenaba su rostro y nuca. El dolor no solo se enfocaba en su pelvis y espalda, sino en sus piernas, estómago, cabeza, muslos. Le dolía todo, hasta el apellido de casada. —¡Puja! —pidió el doctor. El sudor bajaba por su rostro y su pecho saltaba desesperado. Quería pujar, necesitaba pujar, pero el dolor era mayor cuando lo hacía. Era como intentar sacar un camión de su v****a. El bebé presionaba hacia abajo, pero estaba adolorida. Tenía tanto dolor, estaba tan temblorosa, que cuando apretó la mano de Styx, sus ojos se encontraron y Sierra

