Las caderas de Sierra golpeaban las de Styx, y sus palmas calientes raspaban su camisa hasta su cuello y de regreso sobre sus pectorales y abdominales. Sus lenguas encontraron un hogar cálido en la boca del otro, y sus cuerpos se incendiaban como una hoguera por los gemidos, por el calor dentro de la camioneta, por el toqueteo que erizaba el vello de Sierra. Los gemidos eran apagados por la boca de Styx, y sus cuerpos se fusionaron en uno; ella empapada de excitación, y él tan duro como sus manos aferradas a sus nalgas. —Te tomas muchas libertades con tu secuestrador —bromeó él. Sierra sonrió en su boca y arrastró sus manos hasta su cuello. —¿Y tú siempre traes condones a un secuestro? —replicó ella. Styx se sintió ofendido y la empujó más contra su erección. —La protección es import

