La mente de Styx estaba en blanco cuando el brujo de Slava lo usó. El cascarón vacío, sin un alma que elevar a los cielos cuando muriese, fue usado. Los tatuajes en su espalda ardían, e incluso podían brillar a medida que el brujo movía las runas en sus manos. Sus ojos rojos no se apartaron de Styx, y Styx, como un soldado infernal, se mantuvo al borde del foso, con la mirada perdida. La cadera de Sierra zumbaba de dolor y las serpientes comenzaron a ascender por sus piernas. Un grito rasgó su garganta y una pitón cruzó sobre su oreja hacia su cuello. Su boca estaba abierta, sus dientes brillando. Sierra se cubrió el rostro con las manos, y sentía el movimiento de los cuerpos sobre sus piernas. —¿Ahora comprendes quién es el verdadero enemigo? —preguntó Slava al pasar el dedo por la meji

