Ni bien había terminado de amanecer cuando emprendimos nuestro camino de regreso, bajamos tan rápido como pudimos la montaña hasta encontrar a nuestros caballos donde los habíamos dejado atados el día anterior. Los montamos rápidamente y comenzamos a galopar. Al salir al claro del bosque no podía dejar de rogar en mis adentros “por favor dioses, protéjanos”, en ningún momento quise voltear a ver el cielo, en verdad tenia tanto de mirar arriba y verlo volando sobre nosotros, así que me limite a aferrarme con fuerza del caballo y dejarlo correr tan rápido como podía. Mis acompañantes si miraban al cielo y hacia atrás de manera ocasional, solo para asegurarse que nadie nos siguiera, pasado el medio día llegamos a la cueva donde nos habíamos refugiado anteriormente, por consejo del guía y el

