Juliet andaba por un sendero estrecho. Alrededor no había nada. Solo era ella y el alabeado trayecto. «Padre, madre, hermano», pensó. Al final, su familia la esperaba. Estaban los tres miembros reunidos como si se prepararan para una fotografía familiar. Sabía que eran falsos, imágenes superpuestas en el fondo blanco del lugar. Pero no podía dejar de percibir el calor que sus cuerpos con vida transmitían. Corrió en vano, pues no se acercaban. Respiró, miró la nada absoluta. «Así que esto es la muerte, el vacío». El silencio era completo. No había ruido. Sus pies descalzos sobre las piedrecillas de la tierra no emitían sonido alguno. Sus pensamientos podía oírlos, sus palabras al ser invocadas en la mente. La familia seguía en el fondo, como una pintura que se queda colgada para

