La sangre del rostro estaba seca, al igual que la sangre de la herida del brazo. Había dejado huellas rojas con su paso. Sobre todo con el pie que había pisoteado la cabeza de la primera criatura. Juliet continuaba con la mente en blanco. A veces tambaleaba, pero sin llegar a caerse. Respiraba con tranquilidad, a pesar que tenía en cuenta que cualquier criatura podía salir o emerger del sitio. Su mente dio vueltas como si estuviera borracha, y la pared blanca se tiñó de colores y una sucesión de imágenes la siguió tal cual un proyector. Había estado en el hogar de la mujer-planta, el rey, la torre y, ahora, una cárcel. Pero, en realidad, la cárcel existía, era una prisión ubicada en la zona oeste de Celis. Allí había sido transferido su padre cuando Arion procedió a denunciarlo. En el j

