La luz del alba atravesaba las rendijas de la puerta de hierro. Las tuberías se veían en el exterior y se ocultaban interior del techo. Así daban paso a las bombillas, rectas y blancas, que, de vez en cuando, titilaban. Las paredes estaban carcomidas por la humedad y las cucarachas huían de los roedores que correteaban de un lado a otro. En las afueras del lóbrego interior, la niebla era densa y ominosa. Juliet despertó en medio de un camposanto que estaba rodeado de verjas negras, las cuales formaban un camino, recto, que llegaba hasta la silueta de una torre devorada por la niebla. —El mundo es cruel sin un padre y una madre —susurró Juliet. Su mirada adoptó una expresión siniestra pero determinada. El temor estaba siendo transformado en ganas de despertar. «Tú decides si des

