Madiel paro de hablar y se cubrió el rostro con ambas manos... había comenzado a llorar.
Valentína volteó a mirar a la Doctora Francis, esperaba verla levantándose de la silla a detener todo, pero ella seguía concentrada en su cuaderno, escribiendo muy rápido. Levantó la cabeza, casi como si sintiese que estaba siendo observada, y su mirada se cruzó con la de Valentina. Francis solo elevó su mano derecha, unos centímetros en el aire, y la abrió pidiéndole a Valentina que esperara.
El llanto de Madiel paso a ser un leve sollozo, cuando retiro las manos de su rostro, sus ojos se habían hinchado un poco, se limpió las lágrimas con la manga de su camisa y tomó nuevamente el envase de agua.
—Disculpa, —dijo Madiel débilmente, mientras llenaba su vaso.
—Madiel, si lo necesitas podemos parar por un...
—No —interrumpió Madiel a Valentina. —Vamos a continuar.
Valentina esperó que Madiel terminara de beber agua tranquilamente.
—Madiel, necesito que me aclares muchas cosas, primero... Me dices que si llenas todos los datos que pide la aplicación, y esta no te descarta como un USUARIO INVÁLIDO... ¿Alguien va a llamarte?
Madiel solo asintió con la cabeza.
—Ok, entonces —continuó Valentina. —Esta mujer, me dices que te habló en perfecto español, ¿cierto? ¿Notaste algún acento?, ¿Alguna pronunciación extraña? Sabes, la tecnología ha avanzado tanto, que es probable que usen algún tipo de inteligencia Artificial, capaz de recrear la voz humana.
—Valentina —dijo seriamente Madiel mirándola a los ojos —Sé todo lo que intentaras decirme. Todo fue real; La llamada, la voz de mi hermano y por supuesto la mujer saliendo del baño.
Valentina tenía en su mente un torbellino de preguntas y suposiciones sobre lo que había experimento Madiel, o por lo menos de lo que creía ella que había experimentado esa noche.
En su canal jamás había hablado sobre un tema que se acercara siquiera a lo paranormal. Y aunque, obviamente, todo lo relacionado con la aplicación ABNF se catalogaba cono una "Aplicación Maldita". Valentina siempre se arriesgó a pensar que era un tipo de tecnología desconocida. Alguna clase de frecuencia, o imágenes que podían alterar las percepciones del usuario e inducir al suicidio.
Pero ahí estaba en aquella habitación, entrevistando a la única Sobreviviente conocida de ABNF en toda Venezuela, y estaba confirmándole que todo el secreto de la aplicación si tenía que ver con aquello qué tanto valentina quería negar.
—Madiel perdona —dijo Valentina. —Solo trato de entender como funciona ABNF. Al ser una aplicación Maliciosa, obviamente puede entrar en tu información personal; Contactos, fotos, y tus conversaciones. Sin necesitar tu consentimiento ¿Quizás en tiempo récord creo? Debió encontrar el tema de tu hermano en alguna conversación con él, ¿o con cualquier otro familiar?.
—Antes de esa noche amas había hablado del tema con nadie —dijo Madiel muy seria. —Jamás en mí vida le había contado sobré Royer a otra persona, nunca lo escribí, ni lo compartí. Lo había enterrado tan hondo en mí pasado qué ni yo recordaba qué habia sucedido...
Hasta ésa noche.
Javier sufría de convulsiones, y en esa época, las medicinas para su tratamiento no eran tan avanzadas como hoy.
Había que estar vigilando a mi hermano constantemente, por si comenzaba a convulsionar, y teníamos que evitar que se hiciera algún daño. No recuerdo quien fue el que aconsejo a mi mamá, pero a todos nos encantó la idea de tener en casa un perro entrenado.
Mi hermanito y yo saltamos como cabras, cuando mamá nos dijo que iríamos a esta escuela especial donde entrenaban perros. Yo tenía 12 años y Javier 7.
Cuando llegamos, ya tenían a Royer esperando por nosotros. Era un Golden Retriever hermoso, de abundante pelo y con unos ojos adorables. Nos enamoramos de ese animal al instante. Javier y yo comenzamos a acariciarlo del cuello, y él nos devolvía todo ese cariño con lamidas en nuestras manos. Estábamos demasiados emocionados.
—Mi amor —dijo la instructora que nos entregaba a Royer. —¿Por qué no haces correr a Royer tras esta pelota?
Le entregó a mi hermano una hermosa pelota de tela color morado.
Yo Sonreí de la emoción. En ese momento, jugar a la pelota con Royer me parecía la mejor idea en toda la vida, pero sentí la mano de mi mamá apretándome el hombro. Volteé a mirarla y mi sonrisa desapareció al ver su expresión. Obviamente, yo no formaba parte de ese plan, yo tenía que quedarme.
Escuché como mi hermanó reía como loco de tanta alegría, lanzando aquella pelota lo más lejos que podía. La entrenadora se agachó hasta quedar a mi altura, para así poder hablarme directamente a los ojos.
—Madiel —dijo dulcemente. —Royer está entrenado para estar atento de tu hermanito, ¿lo sabes verdad?
Yo solo asentía enmudecida, claro que lo sabía, mi Mamá nos lo había repetido muchas veces.
—Bien. —Continuó diciendo la entrenadora. —Royer debe estar en todo momento posible pegado a tu hermano. Si él llegara a tener una convulsión, y cayera al suelo, Royer está preparado para ladrar fuertemente y buscar ayuda de la persona más cercana en ese momento. Él hará tanto ruido como pueda, para atraer a quien este cerca.
Yo solo la miraba fijamente y seguía asintiendo. Ella hizo una pequeña mueca antes de continuar hablando.
—Pero, para que eso pase, Royer debe crear un lazo muy fuerte con tu hermano —cerró un puño y lo cubrió con la otra mano mientras decía aquello. —Debe generar una unión con él y solo con él ¿entiendes?.
Yo solo asentía, pero no entendía, o no quería entender lo que me estaban diciendo.
—No puedes jugar con Royer, Madiel, no puedes sacarlo a pasear y si es posible, debes evitar acariciarlo y hacer el menor contactó visual con él.
No lloré, no en ese momento, solo bajé la mirada y seguí asintiendo. La instructora continuaba hablándome, pero solo eran palabras lejanas que no quería escuchar.
Yo ya tenia doce años, me gustaba maquillarme y hablar con mis amigas sobre qué chicos nos parecían más guapos en el colegio. Aún no había dado mi primer beso, pero ya fantaseaba sobre ¿como sería? ¿donde sería? y ¿con quien?. Y aun así, en ese momento me sentí como una niña pequeña de nuevo, una niña que acababan de decirle que la magia no existía, o por lo menos no para ella.
Seguía sin decir nada dentro de el carro, mientras volvíamos a casa. Yo iba en el asiento del copiloto, con mi frente pegada al vidrio. Mi hermanito gozaba en el asiento trasero jugando con Royer, el perro le lamía la oreja y le hacía tantas cosquillas que se reía como un bebé. Mi mamá puso su mano en mi rodilla y la apretó con delicadeza, no me dijo nada, pero estoy segura de que sabía como me sentía.
Apenas mi mamá abrió la puerta de la casa, entré disparada sin mirar atrás, escuche de fondo a Javier gritar sobre que quería darle algo de comer a Royer. Abrí la puerta de mi cuarto y la cerré con tanta fuerza que los estantes en la pared vibraron. Me acosté boca abajo en la cama, presionando fuertemente mi cabeza contra la almohada, y ahí si comencé a llorar.
Los días siguientes no fueron mejores. Mi hermano menor se olvidó completamente de mí, y ahora todo su mundo giraba en torno a Royer. Mi mamá nunca fue buena para las conversaciones, así que no me sorprendió el que no me buscará en ningún momento, para tratar de hablar conmigo sobre el tema. Esos días que pasaron de verdad me sentí muy sola en la casa.
Antes del colegio, evitaba en todo momento encontrarme con Javier y su perro, cuando llegaba del clases me encerraba en mi habitación. Sabes, es horrible esa sensación de no encajar en tu propio hogar, de pensar que allí yo no hacía falta. Los días hubieran continuado así de no ser por aquel accidente.
Desayunamos juntos, como siempre. Royer estaba bajo la mesa, comiendo de lo que mi hermano le lanzaba. Mientras yo estaba en mi mundo, ignorando, y bueno siendo también ignorada.
Recuerdo que mamá estaba contándome sobre que iba a faltar al trabajo, para llevar a Javier a hacerle exámenes y lo más seguro eso les llevaría toda la tarde. Yo solo respondía con «Ajam» y «Ujum» mientras miraba mi comida.
Llegué esa tarde después del colegió, y tal como mi mamá había dicho, en la casa no estaban ellos... Solo Royer.
Entré y me detuve al tener al perro frente a mí, me miró con esos ojos de sorpresa y giro la cabeza hacia un lado, bajando las orejas. Solo le di una mirada de desprecio y lo rodeé, lanzando mi bolso en el mueble de la sala. Ahora entendía que era lo que mi mamá me estaba tratando de decir en esa mañana, mientras yo vagaba en mi mente ignorándola. Seguro algo así como "Tendremos que dejar a Royer" o "Pendiente con Royer" "ábrele la puerta del patio para que salga y no termine cagándose en la sala"
Teníamos un patio, pero mi mamá no dejaba que Royer estuviera allí, "demasiados peroles" decía ella, y era verdad. El patio no era más que un terreno de tierra con pedazos de escombros, bloques y arena, que sobró de cuando construyeron las casa. Además de latones viejos, pedazos de hierro y repuestos del carro que mi mamá acumulaba.
Este "patio" quedaba en la parte trasera de la casa y no estaba conectado con la calle. Pero para llegar, había que bajar por una escalera de bloque sin barandas. Mi mamá no nos dejaba estar casi en el patio por miedo de caernos. Ese terreno era bajo con respecto a la casa y mi mamá siempre nos decía que si nos resbalamos la caída sería de 5 a 6 metros.
Me acosté sin siquiera quitarme los zapatos, en el mueble de la sala, y saque mi celular. En ese tiempo tenía uno que a penas servía para mandar mensajes de texto y fotos por Infra Rojo. Le escribí a Yoselin, mi mejor amiga del colegio. Cuando sentí algo que se recostaba en mi pierna. Era Royer apoyando su cabeza en mí.
—¡Quítate! —le dije enojada mientras lo pateaba en el hocico. Royer solo se alejó unos cuantos pasos y se tumbó en el suelo viéndome fijo. Me habían respondido el mensaje, así que volví a distraerme en la conversación. Cuando escuche un pequeño llanto al frente. Era Royer, triste, sollozando o por lo menos haciendo el sonido típico de un perro cuando quiere decir que está triste.
—¿Qué? —dije secamente, él solo seguía Mirándome con aquellos ojos vidriosos, y yo seguía ignorándolo como toda una adolescente malcriada.
Royer continuó con sus lamentos mientras yo fingía que no lo escuchaba. —¡Cállate Royer!— grité antipática, cansada de aquel ruido. Entonces él se levantó a respuesta de mi grito y me ladró. No fue un ladrido en son de ataque, por lo menos yo no lo sentí así, era más como diciéndome: «deja de ignorarme, necesitó que me prestes atención».
Me levanté enojada "¿cómo se le ocurría a ese estúpido perro ladrarme?"
Caminé hasta la puerta que daba al patio y sentí como me seguía. —¡Fuera! —grité más enojada que antes, señalando a la escalera sin barandilla. Royer solo se detuvo en el marco de la puerta y levanto la cabeza para verme, "¿que le pasaba a ese perro estúpido?" Pensaba "¿acaso no tienes ganas de salir a hacer tus necesidades?"
—¡Fuera Royer! —volví a decir con fuerza, pero el seguía inmóvil, sin obedecer.
Fue entonces que decidí pasar a la acción. Tomé a Royer por el cuello y lo saqué agresivamente hasta la escalera. No me importaba si se insolaba, si ensuciaba su hermoso pelaje con tierra, o si se cundía de piojos y garrapatas. Estaba decidida a sacarlo, cerrar la puerta, trancarla y dejarlo allí hasta que mi mamá volviera.
Royer volvió a meter medio cuerpo en la casa, dejando las patas traseras apoyadas en la escalera. —¡Que Te Quedes Afuera Perro Idiota! —grité mientras lo pateaba en el cuello. Royer se tambaleó un poco, pero logró mantenerse firme en su posición.
Volvió a levantar la cabeza y viéndome fijo me ladro nuevamente, pero con más fuerza, esta vez. Aquello ya era el colmo para mí, me estaba retando. Obedecía en todo a mi hermano, pero a mí solo me ofrecía sus insoportables ladridos. Decidí en ese momento que le iba a enseñar que no me podía tratar de esa forma.
Puse ambas manos en el marco de la puerta, sujetándome fuerte para no desequilibrarme. Levanté mi pierna derecha y la contraje lo más que pude a mi cuerpo, para así agarrar más fuerza y también impulso. Royer adivinó al instante que se acercaba una nueva patada. Él solo tuvo oportunidad de cerrar los ojos y girar levemente cuando recibió mi súperpatada en todo el lomo. Esta vez si chilló al impacto, y al retroceder una de sus patas traseras quedó en el aire. La segunda pata le siguió y en menos de un segundo la mitad de su cuerpo estuvo colgando por el peso. La otra mitad delantera de su cuerpo cedió. Royer movió las patas de adelante, como si tratara de sujetarse inútilmente de algo en el último momento. Pude ver el miedo en su mirada, esa fracción de minuto que duro su caída.
Si Royer hubiera rodado por las escaleras, en vez de caer recto al vacío, estoy segura de que hubiera sobrevivido. Incluso si no hubiera estado aquellos bloques apilados esperándolo abajo, quizás no hubiera pasado mas de una pata rota y una visita al veterinario. Pero el pobre perro cayó con todo su peso y a gran velocidad al piso de tierra que lo esperaba abajo. Con tan mala suerte, que su cabeza y cuello impactaron con los malditos bloques que se encontraban allí.
El chillido fue horrible, acompañado del sonido seco de su cuerpo al impactar. —¡ROYEEER! —grité con fuerza, moviendo mis manos al frente como si hubiera tenido alguna oportunidad de sujetarlo en el aire.
—¡No! ¡No nono! —decía angustiada, bajando tan rápido cada escalón que casi me caigo yo también. Llegué hasta Royer y me arrodillé en el suelo, justo enfrente de él. Seguía vivo, pero de su boca salía tanta sangre, que en apenas pocos segundos tenía un enorme charco alrededor. En su nariz se formaban burbujas mezcladas de sangre y baba. Cada vez que trataba de respirar lo hacía con mucha dificultad. Su cuello mostraba ahora un sobresaliente bulto hinchado. Imagino que era el hueso que amenazaba con salir de su cuerpo. Todo mientras el pobre animal temblaba agonizando del dolor.
—Perdón Royer, yo no quería... Perdón —decía, hecha ahora un mar de lágrimas. Mis pantalones se mancharon de aquella sangre que no paraba de brotar, pero ni siquiera lo note en ese momento. Traté de sujetarle la cabeza, y él se sacudió con fuerza, como si al tocarlo le hubiera causado más dolor.
—No te mueras Royer, por favor, no te mueras —decía observándolo y llorando como nunca había llorado antes. Royer siguió temblando de aquella manera tan horrible por unos momentos más, y luego los movimientos se fueron ralentizando, poco a poco, hasta ser no más que leves contracciones. Royer volvió a mirarme con aquellos ojos tristes y Vidriosos —Perdón Royer, perdón —dije entre sollozos, mientras tocaba su hocico. Mis manos se llenaron de sangre, pero aquello no me importó. Acaricié su cabeza y nos quedamos fijo mirándonos el uno al otro. Hasta que Royer cerró sus ojos y lanzó un último aliento con las fuerzas que le quedaban. Su hocico se abrió y de este salió su lengua, que ahora colgaba hasta afuera. Por fin había dejado de temblar y noté que ya no respiraba —No, no, nooooo —dije llorando, y recostando mi cabeza contra su lomo.
—¿PERO QUÉ CARAJO PASO MADIEL? —gritó mi mamá, desde el marco de la puerta.
Levanté la cabeza y la vi, observándome desde allí arriba. Al lado de ella, sujetándole la mano y con los ojos abiertos como dos platos, estaba Javier totalmente horrorizado.
—Royer sé... Él sé... Royer sé cayó, ¡mamá Roger se murió! —dije llorando mientras seguía sujetándolo por el hocico.
—¡Noooo!— escuche gritar a mi hermano mientras bajaba por la escalera, dándole un gran jalón a mi mamá del brazo. De no ser porque ella lo tenía agarrado fuertemente, seguro se hubiera resbalado escaleras abajo.
Al llegar abajo, logro soltarse y corrió directo donde nosotros. Arrodillándose también sobre aquella sangre espesa, y abrazando con fuerza el cuerpo muerto de Royer.
—Royer párate, por favor Royer párate —decía mi hermanito, agitando su cuerpo, como tratando de reanimarlo.
—¿Madiel que paso? —volvió a preguntar mi mamá. Me levanté y ahora si noté mis pantalones pegajosos por toda la sangre que habían absorbido.
—Mamá, mamá yo —dije nerviosa mientras la veía. —Llegué del colegio y Royer.
"tu lo pateaste recuerdas" Aquel pensamiento frenó mis palabras al instante.
Javier volteó a verme también, buscando una explicación. Recuerdo que tenía su cara roja por todo el llanto, los mocos transparentes salían de su pequeña nariz mientras se mordía su labio inferior. Me miraba con aquellos ojos llenos de dolor y tristeza. Me sentí lo peor del mundo en ese momento.
—¿Y entonces que Madiel? Pregunto mi mamá agitada, haciéndome volver. —¿Qué pasó?— me sujetó por los hombros y me agitó.
—Mamá, yo.
"No puedes decirle, no puedes decirle" pensé
—Mamá Royer sé.
"Si le dices tu hermano te odiará toda su vida"
—Yo estaba— mi hermano seguía mirándome con esa carita triste y sin parar de llorar.
—Mamá, yo llegué, y Royer estaba muy agitado, no paraba de ladrarme, y se levantaba en dos patas en la puerta del patio, Arañándola con sus pezuñas —yo hablaba demasiado rápido, trate de calmarme, mientras analizaba que palabras debía decir.
—Yo abrí la puerta, y Royer salió muy rápido, no entendí. Él solo salió y resbaló, y vi— recordé su rostro lleno de miedo, al tratar de sostenerse, justo antes de caer. —Y vi como se caía... Mamá Royer cayó y se murió. —comencé a llorar de nuevo, mientras presionaba mi rostro en su pecho.
Javier comenzó también a llorar , seguía agitando el cuerpo desesperadamente, pidiéndole a Royer que se levantará.
—Tranquila mi amor, cálmate, no fue tu culpa —me decía mi mamá Mientras acariciaba con una mano mi cabello y me abrazaba. —El perro aguantó mucho tiempo las ganas de hacer sus necesidades, no fue tu culpa Madi.
Con sus manos limpió las lágrimas de mi rostro.
—Llévate a tu hermano sí. Quítense toda esa ropa y échala en una bolsa de basura. Báñense bien y quédate con él, mientras yo me encargo de esto.
Yo asentí sollozando y levanté a Javier, él continuaba pidiéndole a Royer que se levantara, entre lagrimas y lamentos que hubieran quebrado hasta al mas insensible.
Los siguientes minutos fueron una tortura para mí. Mi hermano no paraba de llorar, mientras yo le quitaba su ropa. Lo metí en la bañera y le de dejaba caer el agua sobre su cabeza con un envase pequeño.
—Royer... Royer —repetía entre sollozos en todo momento, Había ratos dónde se calmaba un poco, pero luego comenzaba a llorar otra vez.
Mi mamá tuvo que llamar a unos vecinos para que se llevaran el cuerpo del perro y lo botarán lejos, no sé donde. Todo mientras yo estaba con mi hermano dentro del baño.
Cuando salimos, ya ella se encontraba limpiando el piso, imagino que se había derramado gotas de sangre, cuando sacaron al perro envuelto en bolsas de basura. De Royer solamente quedó un círculo de cal en el patio.
Esa noche la cena fue muy triste, ya Javier no lloraba, solo miraba fijamente hacía el vacío, mientras masticaba muy lento su comida. Mamá nos preparó salchichas con espaguetis, Dios como adorábamos comer salchichas con espagueti, pero esa noche mi hermano y yo apenas probamos la comida.
Antes de acostarme, en mi habitación escuché a través de las paredes a mi hermanito, había comenzado a llorar otra vez. Esperaba que mi mamá fuera a su cuarto a consolarlo, pero ella nunca salió. Seguramente ya había tomado sus pastillas para dormir y no había nada que la sacara de la cama hasta la mañana siguiente.
Retiré mis cobijas y salté del colchón, sintiendo el piso frío en mis pies descalzos. Apenas entré a su cuarto lo vi, acostado de costado, abrazando su almohada. No dije nada, solo me acosté tras el y lo cubrí con mi brazo.
Javier se dio la vuelta y me abrazo fuerte, mientras recostaba su cabeza en mi estómago.
—Madi ¿Crees que Royer esté el cielo? —dijo entre sollozos, la imagen de Royer temblando y botando sangre por la boca, volvió a mí en ese momento.
—Sí, claro que sí, tranquilo Javi, Royer está en el cielo junto a Papá Dios.
Lo abracé con más fuerza y acaricié su cabello una y otra vez. Le di una mirada a su habitación; correas y cinturones para perro colgaban de un closet. En el suelo, había pelotas de gomas de todos los tamaños y colores, con los que ellos jugaban a cada rato. En la pared habían dibujos de las siluetas de Royer y él juntos. Era imposible no pensar en ese perro dentro de aquella habitación. Tendría que deshacerme de todo, cuando él estuviera más calmado.
—Te Amo Madi —me dijo mientras seguía abrazándome.
—Yo te amo más Javi —le respondí.
Lo besé en la frente, y el siguió llorando hasta que se quedó dormido, abrazado a mí. Yo no pude dormir en toda la noche, sintiéndome culpable. Revivía en mi mente la caída de Royer, una y otra vez.
—Madiel —dijo Valentina dulcemente, luego del largo silencio que guardó Madiel al culminar su relato. —Lo que me acabas de contar, me ayuda a comprender muchas cosas. Veo que fue una experiencia difícil para ti y tu hermano, de verdad lo lamento mucho.
Una lágrima salió del ojo derecho de Madiel, rodó por su mejilla hasta que ella misma la detuvo y limpio con su pulgar.
—La muerte de Royer —dijo Madiel. —Es algo que había guardado para mí, nunca se lo comente a nadie, jamás, y esa noche, sea lo que fuese que estuviera hablando conmigo, no solo sabia lo que había ocurrido con Royer, pudo de alguna manera imitar exactamente la voz de mi hermano menor. Todo fue real, la llamada fue real, y la mujer horrenda saliendo del baño de mi casa, también lo fue.
—Sé que todo lo que estoy contándote, todo lo que debo continuar contando va a sonar como una locura —continuó diciendo Madiel. —Pero debes creerme Valentina, que no te miento en nada de lo que te digo. Es necesario que tanto tú, como quienes vean esta entrevista, conozcan los hechos exactos sobre lo que paso, por más imposible que suene todo lo que les voy a contar.
Madiel mantenía aquella firmeza y seriedad en sus palabras. Valentina buscó a la doctora Francis con su mirada y se sorprendió al ver que está solo asentía viéndola a los ojos.
—Bien Madiel —dijo Valentina. —Como te comenté al inicio. Estoy aquí para conocer y dar a conocer tu historia. Prometo no tratar de buscar ninguna explicación ni tratar de refutar tus palabras. Cuéntanos que ocurrió luego esa noche.
Entonces antes aquellas palabras, Madiel cerró sus ojos... Y volvió a Hablar.