✦ Capítulo 3: Mi premio

1785 Words
La noche ahora es más oscura que nunca y el amanecer se hará presente en tan sólo unos pocos minutos. Las calles siguen mojadas, aún así, la lluvia no se hizo presente otra vez. En el estrecho callejón escondido por los demás edificios de la ciudad hay sólo dos casas pequeñas y difíciles de distinguir, por lo que, ambos habían optado por hacer de una de ellas su lugar lleno de cualquier cantidad de diversión. Una inimaginable y peligrosa. Y es que, para ser un sitio tan de mal augurio en Seúl, con tanta soledad y de extrema mala fama, parecía tener todo lo necesario para que sus acciones se mantuvieran al encubierto. Como si su persona cambiara una vez pisaban el lugar otra vez, como si sus verdaderos deseos y personalidad se dieran a relucir en aquel basurero. El ambiente encajaba perfectamente con el momento y eso los mantenía en el lugar, aunque tengan que hacer cosas bastante molestas para permanecer a las plagas alejadas. Apenas llegan a la puerta entran y aspiran la turbiosidad del lugar mientras están las luces apagadas. Tan silencioso como en un entierro. La extensa jornada de diversión parece estar llegando a su fin ya que, lamentablemente habían perdido su tiempo buscando un poco más adrenalina de la que ya tenían, algo un poco entendible. Al ser tan poco usual el ver gente rondando por ese callejón, a Seongki se le disparó su deseo de caos y sin tomar muchas médidas preventivas se vió envuelto con la mujer y la polícia. Ahora el amo guía a su mascota a la sala, sosteniéndolo de los hombros Kyu no tiene idea de qué pasará. Su cuerpo ya no duele en lo absoluto, las pastillas que había tomado por la noche ya habían hecho un efecto de analgésico en él pero su corazón latía anormalmente rápido. Tenía una fea taquicardia por la poca cuidadosa mezcla de pastillas. —Siéntate en el sofá, imbécil.—soltó Seongki, mientras él se quedaba al frente de el contrario, dejando la vista de Kyu al frente de sus caderas. El ambiente está tan calmado que asusta y la voz de Seongki es bastante baja comparada a la usual. —Sí, papi. —responde con su mente pérdida en su pantalón rasgado. —Dime, ¿qué piensas hacer ahora? —pregunta, esperando una respuesta que le convenga. —Amo...Creo que eso depende de ti, y-yo...—Kyu busca terminar la frase. —Dime, maldito infeliz, ¿qué es lo que quieres ahora?, los perros buenos contestan sin objecciones. Sonaba tremendamente tosco pero su tono permanece tan bajo y profundo que para Kyu, era más caliente todavía. —Y-yo —pausó. —¿Puedo bajar su pantalón? quiero servirle. —pide Kyu casi susurrando. Qué más peligroso que alguien inofensivo pero enfermo totalmente. —Vamos, haz lo que quieras, creo que mereces tu premio por el día de hoy —le halaga Seong, dándole el paso a que se permita cumplir un deseo que –él sabía– se estaba guardando toda la noche. Su mascota empieza a tocar su pantalón, ya con una gran erección debajo de éste. Sonríe feliz y a Seong, quien sólo lo mira en silencio muestra desagrado al ver alegría en su rostro. Le pegó una repentina cachetada que hizo a Kyu borrar su sonrisa no más que un segundo. Se había emocionado de más, restregando frenéticamente su rostro en el pantalón de ajeno hasta retirar el cinturón n***o de cuero, uno bastante fuerte para dejarle unas significantes marcas que podrían durar semanas. —Papi, ¿puedo? —cuestiona Kyu mirando hacia arriba Una expresión deseosa, mezclada por la lujuria y la ternura. El menor parecía bastante inofensivo e inocente hasta el momento pero en realidad tenía un poder impresionante, era una máquina de lujuria, un perverso juguetito que, de lejos parece precioso pero una vez se toca, era adictivo. Un don ambivalente; lujuria y ternura. —Muevéte, te he dicho que sí ¿O acaso esperas que te deje aquí sin tu premio? Conocía su juego. Lo estaba haciendo apropósito, tentándolo, desesperándolo. —Perdóname, papi, no quise enfadarte —dijo, susurrando sin quitar sus pequeñas manos de la tela que cubría su deseado premio. Era su turno de cazar, ansiaba alimentarse. Después de haber esperado tanto por atragantarse, el pequeño y frágil juguetito de Seongki se convertió lentamente en un mounstro insaciable, capaz de controlarlo todo. Sin importar cuán cansado estaba o si sus heridas seguían abiertas, él jamás se había saciado. Sediento por su grande y venoso regalo. Y decidiendo acabar con la breve tortura de Seongi, bajó sus pantalones lentamente y puso su rostro directamente en su bóxer, chupando su gran premio desde el envoltorio, presionando desde fuera, llenando la tela de presemen y saliva. —¿Te gusta, amo?, ¿me dejarías bajar tu bóxer y jugar con él? —pregunta, sonriendo. —Sabes que si sigues tentándome así te voy a dejar sin manos—amenazó. —Hazlo ya, antes de que te ahogue con él por mi cuenta —Es lo que quiero. Finalizó la desesperante charla sacando su venoso pene del bóxer del pelinegro, metiéndolo tan dentro como pudo en su boca de golpe. —Vamos, vuélvete loco con tu premio —demanda, y eso sólo provoca más al menor. —Eres el mejor perrito. Dos bestias se habían encontrado con la otra en aquella fría noche. Fue imposible que simplemente caminaran lejos de la otra. Ya no podían escapar y, a largo plazo eso sólo podría terminar en una cosa; un desastre. Qué bien se sentía el sadismo. Las lágrimas empiezan a caer por las teñidas mejillas de Kyu mientras chupaba enloquecidamente el pene de su amo ya a punto de explotar, lo besa, sonríe y Seong puede sentir como su ser se prende fuego. —Pareces una zorra experta haciendo mamadas. El perrito parece querer ahogarse dando con tal extensión en su garganta, no obstante, siquiera se da tiempo de sentir las arcadas. No tenía tiempo para eso. Seongki intenta mantenerse fuerte, limitándose a mover ligeramente las caderas, deseando ir más profundo, lo que ya era imposible. Gruñe gravemente y lucha interamente. Le gustaba permanecer al margen y en esa situación flaqueaba por la realidad de ser controlado. —Lo quiero, dámelo, lo quiero todo, dámelo ahora. ¿Quién tenía el control ahora? Sus ojos se prenden fuego y el pálido se altera, controlado por la ira. No iba a permitir que su maldito perro le ordenara, mas, en un momento como este no podía oponerse. Ya no había marcha atrás, el pequeño, –ahora gran- mounstro ya había tomado posesión de él y su pene. Un rubiecito malherido y un pelinegro hijo de puta, la escena perfecta para satánas. Acabó dentro de la boca de su mascota, quien lo tragó todo su esencia, buscando saciarse pese que estaba muy lejos de ello. Sin tiempo a reaccionar, el mayor se recompone y ya habiendo recuperado el aliento tironeó del pelo a Kyu, furioso lo estampó contra el suelo, lo pateándolo varias veces en el estómago, provocando que Kyu tociera. —Perdóname, amo, en serio no quise decir eso —exclamó, pretendiendo estar arrepentido. Ambos sabían que sus palabras eran tan falsas como su cordura. —La próxima vez que vuelvas a actuar de esa forma no lo permitiré como lo hice esta vez. Y no serán sólo unas golpes, ¿me escuchaste? —cuestiona Seong y Kyu se remueve en el suelo. —¿Intentas levantarte?, déjame ayudarte... Con una pequeña sonrisa lo tomó del cuello, empujándolo hacia arriba, lo que lo obligó a levantarse. El menor no emitió un sonido y sólo se limitó a mantener el contacto visual Lo había estado esperando, deseaba más, pero Seong lo soltó. —Vete, se está haciendo de día, debo volver al trabajo ahora —dice y ahora es él quien sube a bañarse. —No me llames —Está bien, amo, gracias por mi regalo. Aunque solía agradecerle después de sus sesiones de juego siempre se le hacía vergonzoso y trataba de hacerlo no muy directamente, aún sabiendo cuanto le agradaba a Seong que lo hiciera. —Qué humillante que salgas con la cara llena de semen, zorra. Siguió subiendo las escaleras sin siquiera darle una mierda de vuelta, sólo escuchando la puerta cerrarse. Eran ya las 6 am y ahora Kyu iba de camino a su casa, su "verdadera". Podrían haber unos 12° grados y es que, habían escogido uno de los lugares más fríos para pasar sus horas de juego. Una de las primeras reglas impuestas por Seong fue nunca decirle a nadie de la ubicación y cercanías, permanecer lo más oculto posible en el lugar, por lo que siempre salía del callejón a primera hora del día, mejor si fuese de madrugada, con su rostro cubierto y no era hasta que estuviera considerablemente lejos que llamaba un taxi o un amigo, lo segundo era más en caso de una emergencia. Kyu llegó agotado al lugar que residía desde hace poco tiempo. Vivía en un lugar boscoso en una pequeña zona acompañada por otras casas. No era muy grande pero era suficiente para él y su poco frecuente estadía. Muchos vecinos lo conocían y para ellos era un muchacho muy agradable que misteriosamente siempre había vivido solo, sin familia, sin ninguna compañía. Muchos intentaban sacarle conversaciones claramente atraídos por él pero seguía evadiéndolos como un profesional, pues sospechaba que algunos pudieran conocerlo gracias al insistente comportamiento. Claramente ambos compartían un delirio de persecusión, bastante justificado. Buscó sus llaves y abrió la puerta, topándose con el olor a madera que amena del lugar. Para él, era una casa bastante hogareña y agradable, mas no tanto como aquel oscuro lugar en el callejón, no estaba acostumbrado a lugares como ese en los que la naturaleza, la luz y la calma abundan, por lo que cada vez que cruzaba la puerta se siente como en unas vacaciones del mundo real, viviendo unas cuantas horas en una mentira. Eran las 8:00 am y el sol ya entraba por las ventanas, el frío comienza a desvanecerse rápidamente. Se quitó el abrigo y con él, su suéter, tirándolos desinteresadamente en el sillón, quedando sólo una camiseta delgada cubriendo su torso, respiró por unos segundos en un intento de llenar sus pulmones con la calma del lugar. El efecto de tantos analgésicos tomados en un impulso de la necesidad que tenía por ellos ya no era suficiente para él, como nada lo era, sin embargo, Kyu estando en un tan mal estado principalmente por el desintéres por sí mismo, siquiera le importaba limitarse cuando de sus deseos se tratara.
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