Capítulo 5. La mía

1068 Words
―Lleva cinco años prometiéndose a otros hombres. Y lleva cinco años enterrándolos. Ninguno de ellos entendió nunca la razón. Yo sí. Porque la razón soy yo.— Saulo Di Marzo. PALERMO — PRESENTE... —Aquí estará Lorenzo hoy. La fotografía aterrizó sobre la mesa con la precisión quirúrgica que caracterizaba todo lo que hacía Francesca. Saulo la tomó. La estudió de nuevo. Lorenzo Caetano. Era un hombre de unos treinta años con esa sonrisa fácil de quien nunca ha tenido que ganarse nada a golpes porque el mundo siempre se lo puso delante sin pedirlo. Bien vestido, mandíbula limpia, ojos claros. El tipo de hombre que nació con todo lo que a Saulo le arrancaron a los siete años. Saulo lo miró exactamente cinco segundos. Sintió lo que siempre sentía frente a hombres así — algo entre el desprecio y una rabia más vieja y más profunda que no tenía nombre pero que conocía bien. Hombres con caras sin cicatrices y sonrisas sin historia. Hombres que Hosanna elegía una y otra vez. Hombres que no eran él. —Como odio a este maldito con su... cara de marica. Francesca no perdió el tiempo en diplomacias. —Sí. —Cruzó los brazos sobre el pecho— El típico hombre que le gusta a Hossana Benedetti. Bien vestidos, caras de niño bueno. Parece que esos son sus gustos. Saulo dejó la fotografía sobre la mesa. Apretó los dientes, ese movimiento mínimo en la mandíbula que Francesca había aprendido a leer. Celos de Saulo. —Gustos... de mierda. —Bueno. — Francesca no alteró el tono. — ¿Qué le hacemos? ¿Lo explotamos, fabricamos un accidente, o...? —No. Lo dijo sin elaborar. Nunca elaboraba cuando ya había decidido. Francesca esperó. —Ya yo sé cómo. —¿Ya tienes algo en mente? — preguntó ella. —Sí. El silencio que siguió no era vacío, era el tipo de silencio que Saulo usaba como puntuación. Francesca lo conocía suficiente para no llenarlo. Entonces su celular vibró. Lo revisó. Escribió algo. — Yago me informa que Hosanna estará en el hipódromo esta tarde. — Levantó los ojos del celular. — Con sus damas de honor. Celebrando la pedida, al parecer. Saulo extendió la mano hacia el florero de cristal en el centro de la mesa y tomó la rosa n3gra con una calma que era casi contemplativa.. — Allí estaré. — Una pausa larga, del tipo que precede a las cosas importantes. —Me encanta… cuando ella sale de día al hipódromo. Francesca miró la rosa. Luego lo miró a él. ―Si, ya veo. ¿No irás a la reunión con Tortorella hoy? ―No. Hoy sale Hosanna―dijo mirando la Rosa. — Bien. — Recogió su libreta. — ¿Necesitas algo más? Saulo ya había vuelto a mirar el horizonte de Palermo por la ventana. — No. HORAS MÁS TARDE… Palermo brillaba con esa luz dorada que solo tiene en las tardes de primavera, cuando el sol decide ser generoso antes de irse y lo tiñe todo de naranja y oro como si la ciudad fuera otra cosa, como si fuera el tipo de lugar donde no pasan las cosas que pasan. Hosanna Benedetti reía. Era una de esas risas que no se planean. Llevaba un vestido n3gro con detalles morados — sus colores, siempre sus colores — con un sombrero de ala ancha que le daba un aire de mujer que sabe exactamente cómo moverse en cualquier lugar sin que nadie se lo haya enseñado. Estaba hermosa. Y lo ignoraba completamente, que era precisamente lo que la hacía más hermosa. — ¡Miren lo que me regaló Lorenzo, chicas! — Extendió la mano. Un anillo perfecto. Del tipo que Lorenzo Caetano elegiría — clásico, sin sorpresas, correcto. Las damas de honor explotaron. Gritos, saltos, abrazos que casi le tiraron el sombrero, alguien derramó un poco de champán y a nadie le importó. — ¡Ay, qué hermoso! — ¡Hosanna, finalmente! — ¡Sabía que Lorenzo era el indicado, lo sabía! Hosanna reía con ellas. Pero no sabía que a menos de treinta metros, detrás del cristal tintado del palco VIP del hipódromo, en la penumbra quieta de una habitación donde nadie lo había visto entrar y nadie lo vería salir, había un hombre que la miraba. Saulo Di Marzo estaba de pie en la oscuridad del palco. Solo. Con la rosa n3gra entre los dedos y los ojos fijos en ella, solo en ella, con esa concentración absoluta de quien ha esperado tanto tiempo que ya no sabe mirar otra cosa. El ruido del hipódromo, los caballos en la pista, la multitud en las gradas, el anunciador por los altavoces — todo eso existía en algún lugar fuera de su atención. Dentro de ella solo había una mujer de n3gro y morado con un sombrero y una risa que llegaba hasta él amortiguada por el cristal. La vio mostrar el anillo. La vio saltar con sus amigas. La vio ser feliz, con esa felicidad específica que no le pertenecía a ese hombre de la fotografía, que nunca le había pertenecido a ninguno de los seis anteriores, que Saulo había decidido hace cinco años que no le iba a pertenecer a nadie que no fuera él aunque todavía no supiera cómo hacer que eso ocurriera sin destruirla en el proceso. Ese último pensamiento lo guardó antes de que terminara de formarse. Sus dedos apretaron el tallo de la rosa un poco más. El cristal entre ellos no era suficiente distancia. Nunca lo había sido. Podía estar en el otro extremo de Italia — lo había comprobado — y la distancia seguía sin ser suficiente. Hosanna dijo algo que hizo reír a todas sus amigas al mismo tiempo. Una de ellas le acomodó el sombrero que se había torcido con los abrazos. Hosanna la dejó hacerlo con esa paciencia afectuosa que tenía para las personas que quería. Saulo la observó. Observó cada detalle con meticulosidad silenciosa como siempre. Esto era otra cosa que no tenía nombre en ninguno de los idiomas que hablaba. Encendió el cigarro sin apartar los ojos de ella. El humo subió lento en la oscuridad del palco. — Ya es hora. — Lo dijo en voz baja, para nadie, para el cristal, para Palermo que brillaba ahí afuera sin saber nada de nada. — Ya es hora de que seas mi esposa. CONTINUARÁ...
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