―La primera vez que estuvo cerca de mí no dijo nada. Solo me dejó una rosa y se fue. Y yo, que no sabía quién era, la guardé de todas formas. Como si algo en mí ya lo supiera. ― Hosanna Benedetti.
*
*
HIPÓDROMO DE PALERMO MINUTOS MÁS TARDE...
Las amigas gritaban.
Era ese tipo de grito colectivo que solo ocurre cuando un caballo que nadie esperaba empieza a ganar y el dinero apostado de repente deja de ser una broma. Carmela se había subido literalmente al borde de la silla.
―¡Vaaamooos gana caballo, gana!
Donatella agitaba el programa impreso como si eso fuera a hacer correr más rápido al animal.
―¡Corre!―exclamó Donatella.
Giulia derramó lo que quedaba de su copa y no se dio cuenta.
Hosanna las miraba con una sonrisa pequeña.
Las quería. Las quería mucho. Todas estaban alegres con su boda. Carmela ya estaba planeando la decoración de la iglesia en voz alta aunque nadie se lo había pedido, y Donatella había preguntado cuatro veces si el vestido tenía cola larga porque a ella le parecía que toda novia debería tener cola larga, y todo eso era amor, Hosanna lo sabía. Sin embargo, la hermosa pelinegra sintió ganas de ir al baño y también de fumarse un cigarrillo.
―Chicas, ya vengo. Voy al tocador y también a fumar.
―¿Te acompaño?―dijo Giulia incorporándose de inmediato.
―No, tranquila. Quédate, que tu caballo todavía puede ganar.
―Está bien. Pero no tardes.
Dejó la copa sobre la repisa con suavidad y se deslizó hacia el pasillo lateral mientras el grito de la multitud tapaba cualquier cosa.
Nadie la vio irse.
Bueno…casi nadie.
Desde el palco VIP, detrás del cristal tintado, Saulo Di Marzo la vio moverse.
La vio dejar la copa. La vio decirle algo a sus amigas. La vio alejarse por el pasillo lateral con esa manera suya de caminar que no buscaba atención y por eso la conseguía de todas formas, la espalda recta, el sombrero ligeramente inclinado, el vestido n3gro con violeta moviéndose con ella como si también estuviera vivo.
«¿A dónde vas mi niña?»―pensó Saulo con su corazón latiéndole de un modo que había aprendido a ignorar hace años y que con ella nunca terminaba de obedecer.
―Seguro va al baño―dijo Francesca a su lado―¿La sigo?
―No.
Una pausa.
―Yo iré.
La enorme rubia Francesca abrió sus ojos azules. Los mantuvo abiertos un segundo más de lo habitual, que en ella equivalía a un grito.
―¿Jefe?¿La va a seguir usted?
―Sí.
Y Saulo tomó el saco que se había quitado y se lo puso con esa calma suya de siempre, como si acabara de decidir algo completamente ordinario. Francesca no dijo nada más. Llevaba diez años a su lado y sabía perfectamente cuándo las palabras no iban a cambiar nada.
Mientras tanto, Hosanna caminaba por el pasillo con el teléfono en la mano y una sonrisa que no había planeado.
Antes de entrar al baño se detuvo un segundo, se acomodó un mechón que se le había escapado del recogido, extendió la mano izquierda y le buscó el ángulo al anillo ese donde la luz lo hacía brillar de verdad y se tomó la foto.
La mandó sin pensarlo mucho.
"Te extraño. Ya quiero verte esta noche en la cena de ensayo."
El mensaje quedó en enviado. Luego en visto. Luego llegó la respuesta un corazón rojo, rápido, de alguien que tenía el teléfono en la mano y Hosanna sonrió de esa manera que no sabe que es bonita.
Entró al baño. Hizo sus necesidades.
Cuando salió, se retocó el maquillaje frente al espejo con la concentración específica de quien disfruta el ritual sin admitirlo. Un poco de labial. Las pestañas. Luego se miró entera y sin poder evitarlo empezó a moverse, apenas, solo un balanceo, imaginando el vals de esta noche con Lorenzo, el momento en que la música empiece y él le extienda la mano y ella...
―Ay. ―se rio sola, un poco avergonzada de sí misma. ―Ya párate.
Pero siguió moviéndose tres segundos más antes de salir.
―Fumaré por acá.―dijo caminando hacia la terraza.
Era pequeña. Era un espacio estrecho con una baranda de hierro n3gro y la luz de la tarde entrando de lado, dorada y un poco cansada. El ruido de la multitud llegaba transformado, amortiguado, convertido en algo parecido al mar visto desde lejos.
De su pequeño bolso, Hosanna sacó el estuche de oro, un regalo de su padre de cuando tenía diecinueve años y encendió el cigarrillo con el mechero que hacía juego. Le dio la primera bocanada con una naturalidad que no correspondía con la imagen de chica Benedetti que Palermo tenía de ella.
Le daba igual.
Apoyó los antebrazos en la baranda y exhaló despacio.
Los caballos pasaron por debajo en una ráfaga de polvo y músculo y velocidad que duró tres segundos y luego desapareció en la curva. Bonitos. Poderosos. Hosanna los siguió con los ojos sin apostar nada, sin torcer para ninguno, y entonces, sin que lo invitara, sin que lo buscara, el eterno miedo que tenía…apareció.
El de siempre.
Le dio otra bocanada al cigarrillo y miró el anillo.
―Espero que… Lorenzo no muera.
Lo dijo en voz baja, casi sin voz, como si decirlo muy quedito fuera una forma de que el universo no lo escuchara. Seis novios. Seis veces que Palermo la había mirado con esa mezcla de lástima y superstición que ella había aprendido a ignorar en público y que en privado todavía le pesaba. Lorenzo era diferente. Lorenzo se había atrevido a pesar de todo. Pero el miedo no preguntaba si el novio era diferente, el miedo simplemente llegaba, como siempre, a recordarle que la felicidad en ella tenía historial de no durar.
Dio otra bocanada.
―Ya, no pienses más en eso.―tragó profundo―A… Lorenzo no le pasará nada.
Aplastó ese pensamiento.
Miró la pista.
No escuchó nada.
Estaba ida en sus pensamientos mirando los caballos cuando entre ellos, escuchó unos pasos lentos. Seguros. El tipo de pasos que no tienen apuro porque no necesitan tenerlo.
Asumió que era Giulia. Siempre era Giulia la que la encontraba cuando se escapaba a fumar.
«Giulia no me deja nunca sola.»
No volteó.
Y entonces algo apareció en su campo de visión.
Una mano.
Grande. De nudillos marcados y llenos de cicatrices, la mano de alguien que había usado las suyas para cosas que no eran suaves. Que depositó sobre la baranda de hierro, con una calma casi absurda, una rosa n3gra y desapareció antes de que Hosanna pudiera procesar lo que estaba viendo.
Se quedó quieta un segundo.
Solo un segundo.
―¿Que?―se dijo cuando captó.
Volteó de golpe.
Y vio un hombre enorme. De espaldas. Cabello oscuro hasta la nuca, traje n3gro que le sentaba como si hubiera nacido con él puesto, hombros anchos que ocupaban el pasillo de una manera que no era agresiva pero tampoco dejaba espacio para la duda. Caminando sin apresurarse, como alguien que acaba de hacer algo completamente ordinario y ahora simplemente sigue con su tarde.
—Oiga señor.
No se detuvo.
—¡Oiga! — Su voz salió más fuerte de lo que pretendía porque aquello lo sorprendió — ¿Quién es usted?
Nada.
Solo la espalda ancha se desapareció en la oscuridad del pasillo. Los pasos que no cambiaron de ritmo ni un milímetro, ni se aceleraron ni dudaron, como si sus palabras simplemente no hubieran llegado a ningún lugar que a ese hombre le importara.
Hosanna intentó seguirlo dio dos pasos hacia el pasillo pero ya era demasiado tarde. La oscuridad se lo había tragado como si nunca hubiera estado ahí.
Se detuvo en el borde de la terraza.
El pasillo vacío la devolvió su propio silencio.
―¿Qué...?
Miró la rosa.
N3gra. Perfecta. Con los pétalos tan oscuros que casi parecían de otro material, de algo que no crecía en jardines normales sino en algún lugar donde la luz entraba diferente. El tallo sin espinas, o con las espinas quitadas, no supo distinguir, envuelto en papel de seda doblado con más cuidado del que una rosa cortada necesita. Con mucho más cuidado.
La tomó despacio.
El corazón le latía de un modo que no terminaba de identificar. No era miedo exactamente. Era algo anterior al miedo, ese segundo específico donde el cuerpo sabe que algo acaba de cambiar pero la cabeza todavía no recibió el memo.
Miró el pasillo vacío.
Miró la rosa.
Pensó en dejarla en la baranda.
No la dejó.
―¿Una… rosa n3gra?
El cigarrillo se le había olvidado entre los dedos. Lo miró un segundo como si fuera de otra persona, lo apastó en el borde de la baranda y siguió mirando la rosa con esa expresión que no tenía nombre todavía.
PARTE ALTA DE LA TERRAZA — AL MISMO TIEMPO...
Francesca estaba apoyada en la pared con los brazos cruzados cuando Saulo apareció por el pasillo sin apresurarse, como siempre, como si el tiempo le perteneciera y él simplemente decidiera cuánto usaba de él.
Lo miró.
―Te arriesgaste, jefe.
Saulo no respondió.
Se acercó a la baranda de la parte alta y se detuvo ahí, mirando a Hosanna abajo todavía en la terraza con la rosa n3gra en la mano, mirando el pasillo vacío donde él había desaparecido.
Sacó el cigarro. Lo encendió despacio.
Exhaló el primer humo.
Abajo, Hosanna giraba la rosa entre los dedos. Una vez. Luego otra.
―Ya sabe que existo. ―Lo dijo en voz baja. Para nadie. Para Palermo.
Exhaló el humo despacio.
― Por hoy... es suficiente.
Pero sus ojos no se movieron de ella.
CONTINUARÁ...