POV Kattie
El ruido del motor de la 4x4 llenaba el aire, pero en mi cabeza solo había silencio. Cada latido de mi corazón resonaba en mis oídos, un recordatorio constante de mi miedo y mi frustración. Me quedé mirando por la ventana, evitando cualquier contacto visual con el Alfa Samuel. Sabía que cualquier muestra de debilidad sería aprovechada por él.
La primera vez que decidió "acompañarme", supe que algo en nuestra dinámica había cambiado. En algún momento, su interés se volvió más personal, más cruel. Cada encuentro con él era una prueba de resistencia, un desafío constante para mantener mi compostura.
— Lo siento, Alfa, no volverá a suceder
Había dicho. Pero ¿qué más podía hacer? Estaba atrapada en un juego que no había elegido jugar.
El viaje se hizo eterno. Sentía su mirada ocasional sobre mí, una mezcla de curiosidad y desafío. ¿Qué quería de mí? ¿Por qué no podía simplemente dejarme en paz?.
Había momentos en que deseaba gritarle, enfrentarlo, pero sabía que eso solo lo animaría más. Lo único que yo quería
era paz.
— ¿Por qué lo hace, Alfa Samuel? ¿Por qué no me deja en paz? - susurré, sin mirarlo. Eran preguntas que llevaba años acumulando en mi corazón.
Él no respondió de inmediato. Podía sentir la tensión en el aire, como si mis palabras hubieran tocado una fibra sensible.
Finalmente, su respuesta llegó, cargada de una sinceridad que no esperaba.
— Quizás porque eres fuerte, y me gusta ver cómo luchas, cómo te defiendes — Dijo.
— Me gusta ver tu verdadero yo, no el que la manada te ha obligado a ser.
Sus palabras me dejaron helada. ¿Así que esto era un juego para él? Un experimento para sacar a relucir mi supuesta fuerza interior. La ira burbujeaba en mi interior, pero la reprimí. No quería darle la satisfacción de ver cuánto me afectaban sus palabras.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero esta vez no era un vacío. Era un campo de batalla, donde cada uno de nosotros estaba considerando las próximas palabras con cuidado. Cuando finalmente llegamos a la escuela, respiré aliviada al ver la entrada.
Sabía que esto no era el final, solo un respiro antes del próximo enfrentamiento. Pero hoy, al menos por unos momentos, había logrado salir victoriosa.
Me encontraba en la clase de matematicas mientras el profesor repartía los últimos exámenes. Estaba segura de que había ido bien, siempre fui buena en la materia, se me daba naturalmente. Sin embargo, no parecía ser el caso de mis compañeras Lara y Emma, que se sentaban delante de mí.
- Lo lamento, chicas, pero si siguen con estas calificaciones no podrán seguir en el equipo de porristas — les dijo el profesor Severino.
- No, por favor, profesor, denos una oportunidad más — suplicaron ambas al unísono, como si fueran una sola persona.
— Lo siento — dijo él, serio, pero al ver las lágrimas en sus ojos, agregó — Hagamos lo siguiente. Puedo darles un trabajo práctico para que realicen ambas. Les advierto que no será fácil y no habrá otra oportunidad. — Con una última mirada tajante, continuó repartiendo los exámenes.
Las vi mirarse con angustia y desesperación. Lara, con su cabello lacio y castaño oscuro que caía en cascada hasta la mitad de su espalda, tenía una presencia vibrante. Sus grandes ojos marrones, llenos de curiosidad y vivacidad, brillaban mientras hablaba con Emma, preocupada por la posibilidad de no poder seguir siendo porrista. Su piel morena y saludable complementaba su estatura alta y esbelta. Las facciones finas y la sonrisa natural de Lara la hacían parecer accesible, y aunque estaba en el equipo de porristas, no mostraba arrogancia. Amaba la moda y siempre estaba a la vanguardia de las últimas tendencias.
A su lado, Emma irradiaba una dulzura innegable. Con su cabello rubio, dorado, a veces recogido en una cola alta y otras veces suelto en ondas naturales, y sus ojos azules llenos de chispa traviesa, su rostro angelical era difícil de ignorar. Su piel clara y el ligero rubor en sus mejillas le daban una apariencia etérea. De estatura media y figura tonificada, Emma tenía una sonrisa amable que invitaba a la amistad.
Aunque compartían la pasión por la moda, su verdadera pasión era la fotografía. A menudo llevaba su cámara, capturando momentos especiales con un ojo artístico.
Al ver sus miradas afligidas, decidí hablarles. A pesar de su popularidad, nunca me despreciaron ni humillaron. Aunque no éramos amigas, a veces giraban y me dedicaban sonrisas amables.
— Puedo ayudarlas — dije apoyándome ligeramente sobre el escritorio para que pudieran escucharme.
Ambas se voltearon, confusas, lanzándome miradas interrogativas.
— Con el trabajo de matemáticas, puedo ayudarlas. Después de todo, se me da fácil — aclaré.
Fue automático. Sus rostros decaídos se iluminaron con sonrisas hermosas mientras saltaban de sus asientos y se abalanzaban sobre mí en un gesto de felicidad. Luego de un momento, pasada la euforia, me soltaron, mirándome con escepticismo.
— ¿Por qué lo harías? — preguntó Lara.
— Sí, ¿a cambio de qué? — añadió Emma.
— Por nada en especial. Simplemente se me ocurrió que podía ayudarlas. Si no quieren, no hay problema — dije sentándome.
Las vi mirarse, aún un poco escépticas, comunicándose sin palabras. Decidí dejarlas ser. Al terminar la jornada escolar, era medio día y debía regresar a la casa de la manada para preparar todo para el día siguiente.
Caminaba hacia la parada del autobús cuando escuché que me llamaban.