PRÓLOGO

1055 Words
"Los que siembran dolor, cosechan condenas" Azura Nunca imaginé que llegaría este momento. No porque no lo soñara, no porque no lo deseara con cada latido desesperado de mi pecho, sino porque había partes de mí que murieron tantas veces que dejé de creer que algo justo pudiera sobrevivirme. Me rompieron, me moldearon con miedo, me enseñaron a arrodillarme antes de aprender a caminar erguida, y durante años pensé que ese sería mi único destino. Ser la herida, ser el sacrificio, ser la hembra que aguanta. Pero la luna tiene memoria. Y esta noche ha venido a cobrar. Aquí estoy y soy la Reina. El poder corre por mis venas como fuego antiguo, denso, inevitable, y cada respiración llena mis pulmones con una vida que creí perdida para siempre. Mi lobo ya no se esconde. Ya no tiembla. Hoy camina conmigo, orgulloso, inmenso, hambriento de justicia. Y Kael… Kael está de rodillas. El círculo de piedra vibra bajo los pies de las manadas reunidas. Hay cientos de ojos observándolo, algunos con incredulidad, otros con rencor, otros con un miedo nuevo, el miedo que nace cuando un tirano cae y el mundo comprende que nadie era intocable. El gran Alfa. El invencible. El elegido de la luna. Reducido a una sombra encadenada. Tal como él hizo conmigo. El viento nocturno sacude mi capa negra, la tela golpea mis piernas como alas impacientes, pero yo permanezco firme en el centro del círculo. No necesito adornos ni joyas, mi corona es invisible y aun así todos la sienten, pesa en el aire, en la tierra, en la sangre que palpita alrededor. Mi presencia es la sentencia. A mi lado está Grayson. Silencioso. Fuerte. Inquebrantable. No invade mi espacio, no reclama mi gloria, no necesita aplastarme para sostenerse. Su poder no es una jaula, es un refugio. Cuando roza mi mano, no me somete, me recuerda que puedo elegir. Y esa simple verdad vale más que cualquier trono. Levanto el mentón. Mi mirada encuentra a Kael. Tiene el rostro hinchado, los labios partidos, la arrogancia sostenida a duras penas por los restos de lo que fue. Aún intenta mirarme desde arriba incluso estando de rodillas. Aún cree que puede quebrarme. Qué poco me conoció. —Te ves pequeño, Kael —mi voz se expande, profunda, cargada con la autoridad de la luna llena—. Exactamente como yo me sentí todos esos años. Un murmullo atraviesa a las manadas. El pasado pesa. Muchos sabían. Muchos callaron. Kael escupe sangre al suelo, pero sonríe. —Yo era un Alfa —gruñe—. ¡Yo era tu destino! Camino hacia él. Cada paso resuena como un golpe de martillo contra su reino muerto. No tiemblo. No dudo. Cuando me detengo frente a él, lo obligo a alzar la cabeza. Lo miro a los ojos. Y descubro algo que nunca pensé posible. No duele. No hay miedo, no hay cadenas invisibles tirando de mi garganta, no hay aquella necesidad desesperada de sobrevivirle. Lo único que encuentro es libertad, amplia, luminosa, interminable. —No —respondo con calma—. Tú eras mi cruz. Y aprendí a cargarla, a romperla… y a enterrarte con ella. Sus músculos se tensan. Su lobo araña desde dentro, furioso, salvaje, acostumbrado a obtener lo que quiere. Pero las cadenas de plata brillan bajo la luna y lo mantienen inmóvil. La ironía casi me hace sonreír. Ese mismo metal. El mismo con el que marcó, castigó y humilló.Ahora besa su piel como un amo. Me giro hacia las manadas. Hacia los ancianos. Los guerreros. Las hembras que bajaban la mirada. Los cachorros que crecieron creyendo que el miedo era ley. —Los crímenes de Kael han sido expuestos —declaro, y mi voz no tiembla, es firme, irrevocable—. Tráfico de miembros de su propia manada. Golpes. Tortura. Asesinatos silenciados. Y el peor de todos… traicionar el vínculo sagrado que juró proteger. El silencio se vuelve espeso. Vivo. Kael ríe, una risa rota. —¿Y qué vas a hacer, Azura? —me desafía—. ¿Matarme? Lo observo largo rato. Podría hacerlo. Bastaría una orden. Un gesto. Sería rápido, limpio, incluso misericordioso. Pero la muerte es descanso. Y él nunca me permitió descansar. Sonrío. Fría y definitiva. —No. Eso sería un regalo. El viento ruge cuando me vuelvo hacia el consejo. Siento a la luna sobre mi piel, testigo y juez. —Por mi autoridad como Reina Lican —proclamo—, condeno a Kael al exilio eterno. Será despojado de su rango, degradado a Omega, marcado como desterrado. Ninguna manada podrá darle refugio. Ningún lobo podrá pronunciar su nombre. Caminará sin luna, sin hogar, sin historia. Vivirá… pero no pertenecerá a nada. El rugido que estalla alrededor sacude el bosque. Es el sonido de un mundo cambiando. Kael forcejea, maldice, grita promesas de sangre, pero ya no puede alcanzarme. Ya no puede tocar nada que me pertenezca. —¡Sella su marca! —ordeno. Los guerreros avanzan. El hierro incandescente, con forma de luna rota, brilla como un fragmento del cielo arrancado. Cuando se hunde en su piel, el olor a carne quemada invade el aire. Su alarido parte la noche. No me vuelvo. Yo también grité una vez. Y nadie vino. Ahora la luna escucha a otra. Grayson se acerca, sus dedos encuentran los míos, cálidos, reales. —¿Estás segura? —susurra. Lo miro, y en mis ojos no hay duda. —Estoy viva —respondo—. Por primera vez… estoy viva. Los guerreros liberan las cadenas. Kael cae, marcado, destruido, temblando, y comienza a arrastrarse fuera del círculo mientras las manadas se abren para dejar pasar la vergüenza que alguna vez gobernó sus vidas. Sin gloria. Sin nombre. Sin trono. Solo con su odio. La luna permanece alta, brillante, satisfecha. Debería sentir paz. Debería sentir que todo terminó. Pero mientras observo su silueta perderse entre los árboles, algo oscuro se mueve en mi pecho, una sombra diminuta, una advertencia que intenta abrirse paso entre el triunfo. Porque los hombres como Kael no desaparecen. Se pudren. Se transforman. Y a veces regresan convertidos en algo peor. Aprieto la mano de mi compañero y levanto el rostro hacia la luna, decidida a creer que esta vez el futuro me pertenece. Sin saber… que acabo de dejar viva a mi guerra.
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