Después de acabar los estudios, volví al departamento de policía, donde hacia las practicas, pero ahora como inspector, allí un oficial de servicios secretos me fichó, quería tenerme a su servicio. Me ofrecía un dinero, que nunca ganaría como inspector, la carrera perfecta y posibilidad en dos años recibir un rango más alto. Pero cuando le preguntaba, no me respondía de que trabajo se trataba. Comprendí todo, no era un niño, sabía que no me lo diría hasta el final, cuando firmara el contrato. Y tanto secretismo no me daba buena espina. Aunque el servicio de la policía tampoco era un cuento de hadas, a veces no salíamos del Departamento durante unos días, o corríamos detrás de los delincuentes como lobos, pero allí todo estaba claro: quiénes eran buenos y quiénes eran malos. No iría a la se

