Slav me trajo a un hotel de poca monta a las afueras de la ciudad. - Número diecisiete, debe estar allí. Este es el último lugar, que conozco. Si no está allí, no puedo ayudarte en nada más. - dijo y comprendí, que no mentía. - Si no vuelvo en cinco minutos, vete junto a tu esposa. Te llamaré después, - respondí. Entré rápidamente y sin encontrar a nadie en mi camino, me acerqué a la puerta con el numero diecisiete y llamé. No tuve ninguna respuesta. Pero puse la oreja en la ranura de la llave y escuché que había alguien dentro. - ¡Iván! ¡Abre! ¡Por favor, ábreme! Un minuto después, la puerta se abrió y vi a aquel, quien me valía más que nada. Cambió mucho en este año. Tenía mal aspecto, perdió peso y envejeció. En sus ojos, vi tal cansancio y dolor, como en Vladimir. En este momento

