El lunes por la mañana Zenda antes de ir a la escuela, se acercó al dormitorio de la señorita Smith. Ella estaba sentada sobre su cama, con la misma ropa del día anterior, por el rostro que llevaba, Zenda denoto que la señorita Smith había pasado otra noche en vela. Tratando de encontrar las palabras adecuadas, Zenda se dirigió a su madre adoptiva: -Ya desayune, estoy de salida para la escuela. La señorita Smith asintió con la cabeza, Zenda pensó en retirarse pero dio media vuelta, para acercarse a la señorita Smith y sorpresivamente darle un beso en la mejilla, luego agregó: -Te quiero mamá. Al regresar de la escuela quiero conversar contigo, sobre algo muy importante que me está pasando. La señorita Smith tomo su mano y sonrió.
Luego de la clase de algebra, Zenda se encontró en el pasillo de la escuela con Enrique, tomados de la mano se fueron hacia el jardín para descansar sobre el césped, Enrique jugaba con el cabello de Zenda mientras ella comía unas galletas de avena. –Sabes, hoy después de la escuela le voy a decir todo a la señorita Smith. Antes de venir para acá, le dije que por la tarde me dé un tiempo para conversar. Tengo miedo Enrique, no sé si estemos preparados para criar a un bebé. Enrique abrazo por detrás a Zenda para recostarla contra su pecho y le dijo: -Todo saldrá bien, estoy seguro. Zenda lo besó, al tiempo que se puso de pie, el timbre de la escuela había sonado y debían regresar a clases. Zenda estaba entusiasmada con la clase de ciencias, pues hablarían sobre el cosmos y sus teorías. Enrique no le veía el gusto pero debía asistir de igual forma.
-Existen diversas teorías respecto al universo y el cosmos. Antiguas civilizaciones y culturas basaban su destino en relación a las creencias que tenían de estos. Siendo incluso protagonistas de rituales y tradiciones que aún se conservan en algunas comunidades. La creencia de mayor arraigo es la del equilibrio cósmico, que consiste básicamente en que si el universo te da algo, tú debes devolvérselo para mantener el equilibrio de la vida. La profesora explicaba la clase presentando algunas imágenes proyectadas. La atención casi hipnótica de Zenda, se vio resquebrajada cuando observó la figura de un poblador de la Europa antigua realizando una ceremonia a Ostara, instantáneamente sintió un vaivén. Vinieron a su mente los recuerdos del día de su cumpleaños al soplar la vela y la imagen del último mensaje de Samantha diciendo que no volvería. Zenda sintió la necesidad de salir del aula, quería llorar. Pensó que ella había provocado que su hermana se aleje de casa, por el deseo de tener la atención de Enrique solo para ella. Era la última clase, quería regresar a casa pronto, se sentía intranquila. La clase la había perturbado.
Enrique debía quedarse para una reunión con los representantes de la universidad local y el equipo de baloncesto, para gestionar su beca. Zenda insistió en que no se preocupara, ella podía ir sola a casa, se sentía cansada, además no quería dilatar más el tiempo y poder conversar con su madre no solo del embarazo, sino de ese sentimiento de culpa que la había embargado. Cuando Zenda llegó a casa, encontró una nota de la señorita Smith sobre la mesa de la cocina. Le indicaba que tuvo que salir por un poco de fruta, pues había notado que últimamente Zenda pasaba comiendo fruta toda la tarde. Cuando regresara conversarían. Zenda se recostó sobre el sillón, quedándose dormida. En sus sueños se veía soplando aquella vela de cumpleaños, pidiéndole a Ostara que Samantha se alejara para poder estar con Enrique. El sonido de su celular la despertó, era un número desconocido.
-¡Zenda, soy Samantha¡ ¡Escucha bien lo que voy a decirte, estoy en un hostal a las afueras de Miramar, es uno que sus paredes son enladrilladas y el techo marrón¡ ¡Por favor ven ayúdame, me van a vender…¡ …. Samantha había empezado a gritar desde el momento que Zenda dijo un tímido aló, y de un momento a otro se irrumpió la comunicación dejando un silencio profundo en el auricular y un terror inimaginable en Zenda. Nerviosa, con la respiración entre cortada y con lágrimas que le corrían sin cesar, llamó inmediatamente a su madre. La señorita Smith fue de inmediato donde la abogada y la policía de menores. Zenda caminaba de un lado a otro, sus presentimientos no habían sido fallidos, Samantha nunca debió irse, ahora su vida corría peligro y todo por su culpa, por ese deseo por hacerla desaparecer. Se sentía mal, la culpa en su conciencia, pesaba mucho más de lo que podía cargar. Llamó a Enrique pero este no le contestó, lo más probable es que siguiera en conversaciones por la beca universitaria, pero necesitaba desahogarse, así que apenas sonó la grabadora le dejó un mensaje: - Enrique, Samantha me llamó. Está en peligro…. Y todo por mi culpa, ella se fue por mi culpa, porque yo desee que ella no esté cerca para que tú puedas fijarte en mí… Lo siento tanto.
A los pocos minutos, llegó la señorita Smith con unos agentes policiales. La madre adoptiva de Zenda, entre gritos solicitó que le diera su celular. La policía intervendría el celular, intentarían rastrear la llamada, mientras que otros agentes iban camino a las afueras de Miramar.
Zenda quiso hablar pero la señorita Smith, ni siquiera volteo para dirigirle la mirada, estaba con la cabeza en otro lado. Zenda por primera vez sintió que no pertenecía al lugar donde estaba. Salió al jardín, tomó asiento junto a los rosales, seguía sintiendo las lágrimas caer, era imposible detenerlas. Entonces decidió ir a buscar una solución donde todo inició: Fue a la biblioteca.
Estando en una de las salas de la biblioteca, Zenda comenzó su búsqueda entre libros de civilizaciones antiguas y ceremonias ancestrales. Intentó indagar sobre algún ritual que permitiera contrarrestar el poder invocado de Ostara. Encontró un gran libro de tapa oscura, escrito por una mujer llamada Alexa, titulado “Magia Celta”. En una de sus páginas leyó: “Cuando Ostara te concede un deseo, para que el universo guarde su ecuanimidad deberás otorgarle una ofrenda de igual valor…” Zenda comprendió que la única forma para que Samantha regrese sana y salva, era renunciando a algo importante para ella. Barahúnda, caminó hacia el acantilado del lago, necesitaba más que nunca desahogarse. Se posó en el filo del barranco, gritando con los ojos cerrados, sintiendo el viento sobre su piel.
Los agentes policiales rodearon el pequeño hostal encontrado en una de las localidades externas de Miramar. Dos de ellos se aproximaron a la puerta de la habitación siete, habitación que según la recepcionista se habían registrados dos adultos y una adolescente. Un fuerte golpe con el pie y uno de los policías abrió de par en par la puerta del cuarto. Los padres de Samantha quisieron huir, y no ser atrapados por vender a su hija a cambio de droga, pero su intento fue en vano, siendo detenidos raudamente. El hombre que había “comprado” a Samantha, al ver ingresar a los policías, cogió por el cuello a Samantha amedrentándola con un revolver. Cuando los policías intentaron aprisionarlo, éste no reparo en dispararle a Samantha, hiriéndola a un lado del estómago. Rápidamente aprisionaron al hombre para luego trasladar en una ambulancia hacia el hospital central de Miramar, a una Samantha agonizante.